Juan José Campanella habla de pertenencia, de emoción y de oficio como si fueran partes inseparables de una misma tarea. A los 45 años de haber comenzado a trabajar en cine, su presente creativo se despliega en simultáneo entre el teatro porteño, la animación internacional y la televisión de Hollywood. Pero el eje sigue siendo el mismo: contar historias que establezcan un vínculo directo con el público. La charla avanza entre recuerdos, proyectos en marcha y una certeza que se repite: el relato no es un fin en sí mismo, sino un medio para provocar una reacción emocional. Esa convicción atraviesa tanto su comedia teatral Empieza con D, siete letras, recientemente declarada de interés cultural, como el desarrollo de la serie animada de Mafalda y la vigencia de películas que ya forman parte del imaginario argentino.
—Siempre te hago la misma pregunta para empezar, pero ¿qué te sigue enamorando de contar?
—El público. El público, la reacción del público. Llega un momento en que el ensayo es como el noveno mes de embarazo, ¿viste? Se necesita que venga el público. De tu parte ya no hay nada nuevo para ver. Lo único que estás esperando es que venga lo nuevo, y es el público. La verdad es que es todo para mí. Me doy cuenta de que con esto de la caída del cine todo me hizo recordar eso: que me gusta contar. Por eso el teatro toma tanta importancia. Me hablabas de cómo el cine se llena, la gente quiere el cine, la sala… perdón, el teatro. El teatro se llena, se llena. Ahora cada vez más. Me acuerdo mucho de cuando vi Qué bello es vivir. En ese momento yo decía: “Yo quiero hacer sentir esto al público”. Treinta años después de que se hizo la película, y ahora son ya 75 años después. Si no está esto, no me interesa. El cine, para mí, es un medio, no un fin en sí mismo. Me gusta la artesanía. Entonces, el fin es contar: comunicarme con el público y ver su reacción. Pero vos te comunicás a partir del relato siempre. Del relato. Por eso el cine, la tele, el teatro me da lo mismo. Allá donde hay un público, ahí estoy. No sé escribir literatura; la prosa no es lo mío. Yo escribo diálogo y acción. Siempre tiene que haber un actor representando, pero el medio es eso: el público, siempre ellos.
—Cuando hablás del público, ¿lo sentís como una adicción o como una misión?
—Es todo. Un poco de todo. La verdad es que es todo. Porque sigue siendo una tarea noble contar, digo. Pero también es egoísta. Es una adicción. Siempre digo: yo soy fan de las risas, porque tener una risa... para mí no hay placer más grande. Estamos siempre con otro obsesivo de la comedia como es Eduardo Blanco analizando cómo se produce el chiste, especialmente en el teatro. Porque en el cine lo filmás sin público. Y es siempre el mismo idioma: escuchás la risa, medís el momento de tirar el chiste, el tono, la bajada de la risa. Somos estudiosos de la risa. Y me encanta eso, es lo que más me gusta. Pero también la emoción, ¿viste? Lograr una reacción que involucra el alma de la persona. Donde se involucra el alma, es todo más fácil. Estar acá y ver cartón pintado y pensar que están en un parque o que están siguiendo una historia… es una maravilla. Por eso me gusta más el teatro que el cine.
—¿El pacto del teatro te gusta más que el del cine?
—Sí, sí, sí. Ver teatro en televisión es algo que no soporto. Nosotros grabamos las obras en varias tomas, pero para nosotros. Es distinto. Pero el teatro filmado parece cartón pintado. Ahora, el teatro tiene esta cuestión crucial: estamos todos juntos acá. Nadie está viendo otra cosa. Una hora y media. Los actores también están escuchando. Nosotros marcamos el ritmo de la obra en la comedia, donde se escucha la respuesta del público.
—¿Qué descubriste en esta obra, al menos en las puestas anteriores, y qué incorporaste en esta nueva?
—Eso lo veremos con el público. Nosotros trabajamos con la misma obra, pero por supuesto que algo descubrís viendo a otra actriz, por ejemplo. No puedo hacer comparaciones, pero es como un equipo de fútbol: cambiás al guitarrista y hay algo distinto, un solo distinto, un ritmo distinto, una energía distinta, pero la canción es la misma. Las diferencias las ven los entendidos, los que saben saborear esas cosas.
—¿Qué sentís que aprendiste del relato en todo este tiempo de contar?
—Hay una cosa que he dicho mucho en clases: se habla del tipo que “cuenta bien”. Yo me doy cuenta de que cualquier capítulo de Star Wars está bien contado. Contar bien es lo mínimo indispensable. El trabajo es que la audiencia sienta, no solo entienda, lo que estás contando. Que sienta lo que está viviendo el protagonista. Eso fue lo que me pasó con Qué bello es vivir: yo estaba ahí, en el puente, tirándome con el tipo, y lo viví. El renacimiento es mío también. Sentir cuando uno se emociona con algo es porque lo está viviendo. Ese es el desafío. Los que encuentran bellas imágenes me encantan, pero en un cuadro. En cine, si además estoy metido en la historia.
—¿Qué te pasa con el cine de Hollywood hoy, especialmente estas películas de superhéroes?
—Mirá, a mí me gusta. El Hombre Araña fue de mis superhéroes de infancia. Superman, de DC, no me gustaba. El Hombre Araña de Marvel incorporó humor en la historieta. Sam Raimi me encanta, un directorazo. Después, con Andrew Garfield, ya no las vi. El multiverso con los tres actores me pareció un curro. Trabajé en una serie con muchos efectos, filmando contra una pantalla. Se pierde la artesanía, como armar una silla. Las tomas se deciden por comité: productores, efectos, todo eso. Puede ser divertido, pero cuando hacen diez por año, se mata la gallina de los huevos de oro. Las historias se vuelven ridículas.
—¿Qué te gustaría que pase con las salas de cine?
—Me gustaría que resistan. Tengo esperanza de que volverá la presencialidad. El hartazgo del online, de las redes, del conocer a tu pareja por una app… eso va a pasar. Hay signos de resistencia al “wokismo”. Yo les pediría a las salas de cine que resistan con lo que puedan: Lilo y Stitch, lo que sea. Porque la experiencia del cine, la presencialidad, es insustituible.
—¿Qué es lo que sentís que es tu misión como contador de historias?
—Es fuerte. En cine es más fácil programar, pero acá hay que producir la obra. Todo es más difícil, pero también más satisfactorio. Mi misión es que el espectador sienta lo que le pasa al protagonista. Eso es la clave.
—Se cumple un aniversario clave de una de tus películas más queridas ¿qué te sigue pasando con “El hijo de la novia”?
—Para mí es la película más personal que hice. No solo por la historia original mía y de Fernando, sino por mis viejos. Es arte y es mi papá, y mi mamá en el papel de Norma, tal cual. Me emociona muchísimo, es simple, pero me encanta.
—¿Qué te pasa con tus relatos, tus historias?
—Busco esa comunicación, que el público viva lo que yo viví cuando vi Qué bello es vivir. Ahí supe que quería ser cinéfilo. Estudié cine, me mandaron a ver a Capra porque no lo conocía. Esa película fue un antes y un después en mi vida.
—¿Lograste eso que buscabas o lo seguís buscando?
—En muchos casos, sí. Con El secreto de sus ojos me sorprendió la emoción que produce. Fue algo que no planeamos, pero funcionó. Y la música también: la hicimos varias veces para encontrar el tiempo justo, la emoción justa.
—Un mensaje sobre “Mafalda” y tu vínculo con Quino…
—Mafalda es un símbolo de nuestra cultura. Cada capítulo busca reflejar su espíritu crítico y tierno a la vez. Es un homenaje a Quino y a la infancia argentina, pero también una ventana para que nuevas generaciones se enamoren de estos personajes, como yo me enamoré de ellos de chico.