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Santiago Mitre: “Me encantó poder jugar”

El director de El estudiante y La patota vuelve a las salas porteñas con Pequeña Flor, una comedia absurda, salvaje y encantadora que muestra la potencia autoral del creador. Habla sobre cruzar géneros. Anticipa su esperada Argentina, 1985.

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El director de cine acaba de estrenar Pequeña flor, su comedia absurda con ganas de libertad. | Gentileza Prensa Cris Zurutuza

Hace unos días se estrenó la que seguramente estará entre las mejores películas argentinas de 2022: Pequeña flor, de Santiago Mitre. Tiene encanto, misterio, humor, amor, sangre, lágrimas e incluso algunas jugarretas con las trampas que nos suele tender el inconsciente. Adaptación de una novela corta y sugestiva de Iosi Havilio, la película tiene como protagonista al uruguayo Daniel Hendler en el papel de un dibujante argentino que debe capear lejos de su país una tormenta perfecta: casi al mismo tiempo, se queda sin trabajo y su pareja entra en crisis. Pero ese es apenas el punto de partida que imaginaron Mitre y Mariano Llinás, autores del guión. Pasan muchas más cosas en la singular historia que cuenta esta coproducción que involucró a cuatro países -Argentina, Francia, Bélgica y España- y contó con un elenco de primer nivel: Vimala Pons, Melvile Poupaud (actor francés que trabajó con Eric Rohmer y Raoul Ruiz), Sergi López y Francoise Lebrun. 

La elección de una ciudad no especialmente glamorosa de Francia para ambientar el relato tiene una explicación: cuando Mitre viajó para el estreno en Francia de El estudiante (2011), su celebrada ópera prima, el primer lugar donde tuvo que presentar la película fue Clermont-Ferrand. Mitre: “Fue raro. Porque cuando pensaba que iba a estrenar en Francia yo soñaba con la arquitectura fabulosa de París, con esa elegancia. Pero también fue un shock divertido, en algún sentido. Le conté esto a Mariano y decidimos filmar en esa ciudad, donde está la sede central de Michelin, la famosa fábrica de neumáticos. Y ahí fuimos atando cabos: pensamos en la tradición de grandes dibujantes que tienen Francia y Bélgica, unimos esa idea con la de esta gran empresa que es un símbolo de esa ciudad y después fuimos sumándole un toque francés que tiene que ver más con un país imaginario, el que imaginamos nosotros, de hecho. Buscamos deliberadamente alejarnos de la Francia de la postal, eso sí. Clermont-Ferrand es una ciudad del interior, fabril, bastante gris. Y también nos dimos el gusto de incluir música de algunos cantantes melódicos franceses que tuvieron mucho éxito en los 80: hay una escena con Hervé Vilard, un artista que escuchaba mi vieja cuando yo era chico. Lógicamente, hacer una película en Francia nos hizo pensar en Truffaut y en todos esos directores de la nouvelle vague que trabajaban la hibridación de géneros de una manera tan lúdica. Con todas esas ideas armamos la historia”. 

Pequeña flor se estrenó primero en Francia, donde tuvo un buen rendimiento en la taquilla (la primera semana la vieron cerca de 30 mil espectadores), y ahora llegó a la Argentina con una distribución razonable para el volumen de producción que tiene: cerca de treinta salas en todo el país. En un contexto dominado por las grandes apuestas de Hollywood (una tendencia que se reafirmó con la llegada de los tanques basados en clásicos del cómic), esa distribución es un privilegio, pero obviamente no asegura ningún resultado: “Estamos en un contexto de incertidumbre. Películas que fueron postergadas por la pandemia y que se suponía que romperían la taquilla, no la rompen. Y las salas están cada vez más copadas por producciones de Marvel o tanques como Top Gun: Maverick, así que hay cada vez menos espacio para películas argentinas o películas medianas de otros países, eso está claro. En ese marco, uno debe pensar cómo será el circuito de exhibición de su película antes de filmarla. Y Pequeña flor estaba pensada para el contexto previo a la pandemia, que era un poco mejor que el actual. La pensamos como una película independiente que, con un lanzamiento bien planificado, sin inundar las ciudades de publicidad como las grandes producciones, igual podría funcionar bien. Pero la pandemia cambió el escenario y abrió nuevos interrogantes. Entonces resolvimos estrenar en las salas del circuito argentino en las que pensamos que esta película puede tener un público más afín para que dure un tiempo en cartel, en lugar de salir con el triple de salas, que era lo que te recomendaban antes de la pandemia”.

“Hay cada vez menos espacio para películas argentinas en salas”

—¿Por qué elegiste adaptar esta novela?

—Soy un admirador de Iosi Havilio, me gusta mucho todo lo que escribe. Y Pequeña Flor me atrapó no sólo por la calidad de la escritura, sino también por el universo que plantea. Desde el primer momento detecté en el libro un gran potencial cinematográfico. Es una novela muy singular, que se puede asociar a esa tradición literaria tan rica del fantástico argentino, una tradición que se puede remontar a Bioy Casares, Borges y Cortázar, pero también a la obra de escritores que hoy siguen en actividad como César Aira. 

—¿Desde el inicio estaba claro que iban a incorporar al humor?

—Queríamos hacer una película divertida, que jugara con las propuestas de la novela pero manteniendo ese espíritu de diversión y libertad. La novela tiene un tono que permite imaginar una comedia a la hora de llevarla al cine, y nosotros enfatizamos ese aspecto cuando escribimos el guión con Mariano. También alenté al elenco a que juegue en cada escena. Si ellos se divertían haciéndola, eso seguro se iba a notar en la película. Por suerte entraron en ese juego que les propuse y salió todo muy bien.

—Hiciste una primera película producida de manera artesanal, una remake de un clásico del cine argentino (La patota),  y así la lista ¿Es una diversidad planificada?       

—Fue un poco por azar. No es que dije “después de una película de gran envergadura como La cordillera quiero hacer una más ligera”. Se dio así, no tomo decisiones programáticas en ese sentido. Pequeña flor, efectivamente, no se parece a nada de lo que hice antes, y eso es lo que me motivó a filmarla. Me encantó poder jugar con el género fantástico y con el tono surrealista de esta película. De alguna manera fue como una nueva ópera prima para mí. Me abrió caminos nuevos, caminos que no había recorrido. Pero insisto: trato de no planear nada y de hacer todo lo que se presenta con la misma pasión y el mismo entusiasmo. 

—¿Es más difícil producir hoy una película en Argentina que hace unos años? 

—Yo creo que se le pide mucho al INCAA, como si los apoyos estatales fueran la única manera de producir cine. Es verdad que para hacer una película sin plata tenés que ser joven, tener amigos que puedan darte una mano desinteresadamente, pero creo que uno debe tratar de generar los recursos necesarios sin esperar que el INCAA resuelva la financiación de su película. He visto naufragar muchos proyectos de amigos que para mí estaban buenísimos por esperar la decisión de un comité que no llega o el resultado de un concurso que se dilata infinitamente. Y cuando te dan el dinero, si te lo dan, no alcanza porque se devaluó la moneda… A veces ese camino no es el mejor para una película, sobre todo para una ópera prima. Hay que salir a filmar cuanto antes, con lo que se pueda y luego generar el contexto de producción que sea posible, Eso no quiere decir que haya que reclamarle mejores políticas de fomento al INCAA. Pero una cosa no excluye a la otra.

Detrás de  ‘Argentina, 1985’

Santiago Mitre ya tiene otra película en carpeta. Se llama Argentina, 1985, es un thriller basado en hechos reales que contará las claves del histórico juicio a las Juntas Militares por los delitos cometidos durante la última dictadura y tiene como protagonistas a Ricardo Darín (en el papel del fiscal Julio César Strassera) y Peter Lanzani (como Luis Moreno Ocampo, otro de los fiscales del juicio). Escribió el guión otra vez con Mariano Llinás y ya sabe que se estrenará en cines en septiembre de este año y que luego se sumará a la oferta de streaming de Prime Video. “El hecho histórico del Juicio a las Juntas y la tradición que nació ahí mismo, con la justicia involucrada de lleno en la defensa de los derechos humanos, son motivaciones suficientes para una película como esta. Los argentinos tenemos que estar orgullosos de ese momento de la democracia nacional. Es una película de juicio, que es un género con mucha tradición, así que estoy muy contento con el proyecto”, explica el director. Hoy vivimos un gran auge de las series. ¿Pensó Mitre en algún momento en llevar la misma historia a ese formato? “La verdad que no -responde rápido-. Ya escuché mil veces lo de la ‘película larga’, pero esa es una verdad a medias: las series se filman a toda velocidad, con dos unidades, hay que tener varias historias en paralelo… Todos esos condicionantes conspiran contra la teoría de la ‘película larga’. El cine es otra cosa”.