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La armadura de Catalina

Hay personas que llevan décadas viviendo en un lugar y aun así sienten que nunca llegaron del todo. Catalina es una de ellas. Lo que parecía un problema de trabajo escondía algo mucho más antiguo: el duelo de una adolescente a la que nadie le dio permiso de llorar una mudanza. | Por Dalina De Cicco, Lic. en Psicologia.

La armadura de Catalina
La armadura de Catalina | CONTENT PERFIL

Catalina llega al consultorio con paso firme. Tendrá cincuenta y tantos. Su vestimenta es elegante, su perfume anuncia su presencia antes de que abra la puerta. En el ascensor me dice que viene corriendo del trabajo, que está agotada. Lo dice sin queja, casi como una credencial.

Se sienta frente a mí con la espalda recta, los hombros tensos.

—¿Qué te trae por acá?

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—Problemas en el trabajo.

Cuenta que en su empresa “cortan cabezas sin piedad”, que no se puede confiar en nadie.

—Viste cómo son acá…

Ese “acá” suena lejos.

—¿Y vos, de dónde sos?

Hace una pausa breve.

—De otro lado.

Me cuenta que hace más de cuarenta años sus padres decidieron mudarse en busca de oportunidades. Que a sus trece la arrancaron de sus amigos, de su casa, de su vida. Que no había celulares. Que pasó de tener un grupo de amigos enorme a sentir una soledad enorme.

"Me arrancaron." La elección de esa palabra duele solo de escucharla. El enojo aparece nítido, intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Pasó más años en esta ciudad que en la que nació, pero en cada frase marca distancia, como quien nunca terminará de deshacer la valija del todo. Quizá porque aprendió que echar raíces nuevas solo facilita que vuelvan a arrancarte.

—¿Volviste a ver a tus amigos?

—Sí… pero todo siguió sin mí. Creo que ningún lugar me hizo sentir bien del todo.

Le pregunto si alguna vez pudo hablar de esto con sus padres.

—Eran otras épocas. Se reían… decían que era una maricona.

Mientras habla, ya no tengo delante a una ejecutiva de cincuenta y tantos. Tengo a una adolescente sosteniendo el llanto con los dientes. Su postura rígida empieza a ceder. Toma un almohadón beige y lo aprieta contra el pecho.

A veces, un objeto contiene lo que nadie supo abrazar.

Catalina aprendió que llorar era debilidad y que enojarse era fortaleza. La tristeza no tenía permiso; la ira, sí. Construyó una armadura impecable para que nada volviera a doler igual. Lo que nadie le dijo es que ese dolor seguía ahí, encapsulado, esperando.

Ese día pudo ponerle nombre a algo que durante años había llamado “mi carácter”: era un duelo. Un duelo que nunca tuvo permiso ni palabras. Un duelo por los amigos, por las calles, por la versión de sí misma que pudo haber sido y quedó suspendida en otra ciudad, en otro tiempo, en otra vida.

La identidad de Catalina se partió en dos a los trece años. Una mitad siguió caminando. La otra se quedó ahí, esperando que alguien volviera a buscarla.

El pasado no desaparece cuando se lo ignora. Espera. Y cuando por fin encuentra espacio, deja de ser enojo para convertirse en un eslabón más de nuestra historia. En algo que, por primera vez, puede nombrarse.

Dalina De Cicco | Lic. en Psicologia (MN 79148)
Instagram: depsico.logia