Las teorías —todas— son intentos humanos de darle sentido a lo que no alcanza con las palabras. Y si hay un territorio donde las palabras quedan cortas, ese territorio es el cuerpo. Eso es algo que se ve en terapia, pero también en el día a día: en la cotidianeidad y en cómo llevamos, cargamos, lidiamos o andamos con nuestro cuerpo.
Registrar cómo habitamos nuestro propio cuerpo importa. Y mucho. Los gestos, la postura, la respiración, la tensión acumulada… Todo eso habla tanto como el discurso. A veces más.
En un tratamiento psicológico, no solo llega un paciente con su historia: llega un cuerpo que trae marcas, recuerdos y modos de haberse defendido. En el cuerpo está el recorrido que esa persona hizo para sobrevivir: cómo aprendió a cuidarse, cómo se vinculó, qué pudo disfrutar y qué no, y de qué manera fue regulando emociones cuando la trama se volvió dolorosa. Hay también registros de amor, de cuidados, de frases positivas, de pequeños y grandes logros, de amores, de deseos.

En quienes atravesaron trauma, esa diferencia se hace más visible. El cuerpo suele decir lo que la palabra no encuentra. A veces entran en cortocircuito: la persona intenta explicar algo mientras su respiración se acelera o se quiebra sin entender por qué. Una vez, después de una angustia intensa, una paciente me dijo, cuando volvió a la calma:
“Es la primera vez que alguien se queda conmigo en mi dolor”.
Eso también es cuerpo: alguien que, por fin, puede sentir sin estar sola.
Pero el cuerpo no es solo lugar de la herida. También puede ser puerta de entrada a la recuperación. Cuando un paciente empieza a sentirse fuerte, a sostener límites, a cumplir pequeñas metas, aparece una sensación de bienestar que no es solo discursiva: es física. Es recuperar movimiento, flexibilidad, un modo más amable de habitarse.
A veces lo primero es simplemente poder decir: “No doy más”. Y animarse a escuchar qué necesita ese cuerpo que un día tuvo que adaptarse de formas que ya no le sirven.

Hay otros cuerpos que hacen lo contrario: se mueven demasiado. No paran. No sienten el cansancio hasta que el cuerpo grita por otro lado. Son esos cuerpos que se sobreexigen, que rinden, que producen, que aguantan. Cuerpos que aprendieron que pedir ayuda era peligroso o inútil. A esos también hay que acompañarlos: enseñarles a registrarse, a quedarse quietos en una emoción, a escuchar el agotamiento antes del derrumbe.
Todo esto se aprende muy temprano, en épocas donde la palabra todavía no existía. Primero estuvo el cuerpo.
Por eso, muchas veces, en terapia conviene empezar por ahí: por ese territorio que guardó memoria cuando la mente no podía.
No se trata de una mirada espiritual ni metafórica: es la clínica misma. El cuerpo es vía de regulación, de anclaje y de presencia. Es donde el trauma se alojó y donde empieza, de a poco, la posibilidad de reparar.
Lic. María Cristina Baiardi
Psicóloga egresada de la Universidad de Buenos Aires.
Formación en psicoanálisis y terapia EMDR. Atención clínica de adultos y adolescentes, con enfoque en trauma y salud emocional.
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