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La nueva manera de tomar vino que está naciendo en Mendoza

Una sommelier en Mendoza propone salir de los rituales de siempre para convertir el vino en una forma de viajar: gastronomías del mundo, pequeños productores, variedades poco conocidas y una idea que atraviesa cada encuentro: la hospitalidad como protagonista. Galería de fotos

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¿Y si compartir una mesa pudiera ser mucho más que comer y tomar algo rico?

Después de diez años trabajando en gastronomía y vino, esa pregunta terminó convirtiéndose en un proyecto.

Durante este tiempo pasé por cocinas, salones, barras, hoteles de lujo, restaurantes de alta gastronomía, vinotecas y eventos. Fui cocinera, moza, bartender, vendedora, guía de turismo y sommelier. También trabajé en marketing, comunicación y redes dentro del mundo del vino.

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La nueva manera de tomar vino que está naciendo en Mendoza

Fueron trabajos muy diferentes, pero cada uno me enseñó algo.

La cocina, el oficio. La sala, a mirar al otro. La barra, a conversar. El vino, a contar historias. El servicio, a entender que los detalles importan. Hoy busco reunir todo eso alrededor de una misma mesa.

No para hacer una clase de vinos. Tampoco una cena más. Busco la experiencia única.

Quiero crear encuentros donde se pueda descubrir, aprender y viajar sin necesidad de tomar un avión. Donde el vino sea una puerta de entrada a una historia y la gastronomía, una manera de conocer otras culturas.

Cada encuentro comienza mucho antes de abrir una botella. Comienza con una cultura, una gastronomía y un territorio.

Investigar de dónde viene un plato, qué ingredientes lo definen, qué tradiciones lo atraviesan y cómo esa historia llegó hasta nosotros.

Y entonces aparece el vino.

Variedades poco conocidas, pequeños productores, viñedos familiares, regiones que todavía no forman parte del imaginario habitual y uvas con siglos de historia que merecen volver a ocupar un lugar en la conversación.

No se trata de buscar vinos raros porque sí. Se trata de encontrar botellas que tengan algo para decir.

Quién las hizo, donde, con qué uva, que historia hay detrás, por qué esa variedad sobrevivió allí, qué decisiones tomó ese productor.

Y después, poner ese vino a dialogar con una gastronomía que quizás tampoco conocemos.

No busco el maridaje obvio. Me interesa el inesperado: el que sorprende, genera conversación y puede hacer que alguien descubra un vino que jamás habría elegido por sí mismo.

Porque una copa puede ser mucho más que una copa. Puede ser territorio, memoria, cultura e identidad.

Pero hay algo que está por encima de todo: la hospitalidad.

Quiero que quienes se sienten a la mesa se sientan recibidos, no atendidos. Que podamos conversar, reírnos, preguntar y descubrir juntos. Que durante unas horas esa mesa se sienta propia. Como si alguien hubiera abierto las puertas de su casa para agasajarlos.

Detrás de esa espontaneidad hay mucho trabajo: investigación de distintas culturas y geografías, recetas, productos, vinos, productores, maridajes y horas de búsqueda. Todo para construir una noche que tenga identidad propia.

Porque no quiero repetir experiencias. Quiero crear momentos únicos.

Tal vez esa sea una nueva manera de acercarnos al vino: sin solemnidad, pero con profundidad. Sin reglas rígidas, pero con criterio. Sin necesidad de saber, pero con ganas de descubrir.

Después de tantos años recorriendo distintos lugares de la gastronomía y el vino, hoy no quiero elegir entre ellos. Quiero ponerlos todos en una misma mesa.

Y hacer de esa mesa un lugar donde la gente pueda descubrir algo nuevo, sentirse parte y, por unas horas, sentir que recibió la mejor atención de su vida.

Porque quizás el verdadero lujo no sea tomar la botella más famosa ni sentarse en la mesa más exclusiva.

Quizás sea algo mucho más simple:

sentarse a una mesa, probar algo que nunca habíamos probado y aprender de los desconocidos que nos rodean en ese momento.

Ese es el viaje que quiero proponer desde Mendoza.

Un viaje que empieza con una copa y termina con un ¿Para cuando el próximo?.

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