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¿Por qué nunca es suficiente? La exigencia de estar siempre a la altura

Alcanzar un objetivo o conseguir aquello que queríamos no garantiza la satisfacción esperada. Cada logro puede convertirse en el punto de partida de una nueva exigencia. ¿Qué nos lleva a vivir con la sensación de que nada alcanza?

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Es frecuente escuchar en consulta a personas que cargan con la sensación permanente de estar en deuda. Trabajan, estudian, cumplen con sus responsabilidades, alcanzan objetivos y, sin embargo, sienten que podrían haber hecho más. Algo parece quedar pendiente, tanto frente a las propias exigencias como frente a lo que esperan los demás. Incluso el descanso se convierte en motivo de culpa por aquello que quedó sin hacer.

Esta exigencia no disminuye necesariamente cuando consiguen lo que se proponen. Aquello que parecía una conquista importante pierde rápidamente su valor frente a una nueva meta por alcanzar.

El psicoanálisis ofrece una perspectiva para pensar esta paradoja. Freud llamó superyó a una instancia psíquica que ejerce una vigilancia crítica sobre el yo y participa en la producción del sentimiento de culpa. En El malestar en la cultura (1930), advierte que la renuncia pulsional no necesariamente apacigua la conciencia moral: puede contribuir a volverla más severa. Traduzco: cuanto más intentamos responder a esas exigencias, más severas pueden volverse. Obedecer al superyó no garantiza que deje de exigir.

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Lacan introduce otra dimensión de esta paradoja al situar el carácter imperativo del superyó: «¡Goza!». El mandato no se expresa solamente como prohibición, sino también como exigencia de satisfacción. Esta perspectiva permite interrogar ciertos imperativos contemporáneos: disfrutar, ser productivos, ser felices, aprovechar cada experiencia y alcanzar permanentemente una versión mejorada de nosotros mismos. Incluso el bienestar puede convertirse en una obligación frente a la cual el sujeto vuelve a sentirse insuficiente.

El goce al que se refiere Lacan no equivale simplemente al placer. La exigencia puede volverse mortificante incluso cuando promete satisfacción.

El trabajo analítico permite interrogar esos mandatos, reconocer cómo se han vuelto propios y abrir la posibilidad de no responder siempre desde el lugar de la obligación.

Existe una diferencia fundamental entre perseguir aquello que deseamos y vivir intentando responder a una exigencia que nunca termina de darse por satisfecha.

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Victoria Azpelicueta | Licenciada en Psicología

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