A un cuarto de siglo de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos se enfrenta a una realidad paradójica: la conmemoración, que en su momento consolidó la cohesión social más intensa de su historia reciente, mostró ayer una profunda polarización política y cultural en la primera potencia mundial.
Las autoridades se dividieron en dos actos centrales, en medio de internas y grietas ideológicas. Nueva York realizó la ceremonia de los peores atentados jamás perpetrados en suelo estadounidense sin el presidente Donald Trump, y en medio del rechazo de conservadores a la presencia en la ceremonia del primer alcalde musulmán de la ciudad, Zohran Mamdani.
“Nunca jamás olvidaremos. Por eso eso luchamos hoy”, dijo Donald Trump
Trump optó por asistir a otra ceremonia, en el Pentágono, sede del Departamento de Defensa y también blanco del ataque de 2001, en lugar de estar presente en la denominada Zona Cero de Nueva York, donde se encontraban las Torres Gemelas derribadas por dos aviones comerciales secuestrados por la organización yihadista Al Qaeda.

A la ceremonia en el sur de Manhattan asistieron el vicepresidente JD Vance y cuatro exmandatarios estadounidenses: Joe Biden, Barack Obama, Bill Clinton –los tres demócratas–, y el republicano George W. Bush, quien gobernaba el día en que los ataques causaron la muerte de casi 3.000 personas. Junto a ellos ocupó un lugar destacado Mamdani, perteneciente al ala izquierda del Partido Demócrata.
En el otro evento, Trump pedía recordar a las víctimas. “Hoy renovamos el juramento sagrado que hicimos por primera vez en sus nombres hace un cuarto de siglo. Nunca, jamás olvidaremos. Por eso luchamos hoy. Solo puede haber victoria. Luchamos con fuerza; luchamos para ganar”, apuntó. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, haciéndose eco de Trump, aseguró que la batalla contra el yihadismo continúa ahora con Irán.
División. Inmediatamente después de los ataques perpetrados por Al Qaeda contra las Torres Gemelas y el Pentágono, Estados Unidos experimentó un fenómeno conocido como el rally ‘roundtheflageffect (aglutinarse en torno a la bandera). En aquel entonces, demócratas y republicanos dejaron sus diferencias de lado, los ciudadanos mostraron un inusual sentido de comunidad y el duelo colectivo trascendió cualquier línea partidista. Sin embargo, veinticinco años después, ese capital simbólico se esfumó por completo.
Las tensiones partidistas se colaron incluso en los preparativos de los actos solemnes, convirtiendo una fecha sagrada en un escenario más de la guerra cultural y política que vive el país. Figuras históricas asociadas a la gestión inicial del trauma, como el exalcalde de Nueva York Rudolph Giuliani –convertido posteriormente en un destacado aliado de Trump–, protagonizaron episodios de confrontación pública, exigiendo la exclusión de políticos como Mamdani en los actos oficiales.

Giuliani se declaró ofendido por la presencia del joven alcalde musulmán en la Zona Cero. Mamdani es un militante comprometido con la causa palestina y muy crítico con Israel, al que acusa de haber perpetrado un “genocidio” en Gaza.
Esta semana anunció la publicación de decenas de miles de documentos que revelan que la ciudad ocultó información sobre la toxicidad del aire tras los atentados contra el World Trade Center. Esto llevó a que miles murieran posteriormente a causa de enfermedades vinculadas con la exposición a sustancias tóxicas. “La gente enfermó porque los dirigentes en quienes confiaba le mintieron al asegurarle que podía respirar sin peligro un aire tóxico”, dijo Mamdani. Apuntaba, particularmente, contrea Giuliani y Michael Bloomberg, elegido alcalde en noviembre de 2001.

También la ausencia del presidente Trump en el acto central tiene un peso simbólico de los desplantes institucionales, lo que demuestra que ni siquiera la memoria de las víctimas logra unificar a la cúpula del poder político en Washington.
Durante las dos últimas décadas y media, el trauma del 11-S fue instrumentalizado geopolíticamente para justificar guerras exteriores (Afganistán e Irak) y recortes drásticos de libertades civiles (a través de la Patriot Act). Con el paso de los años, ese consenso militar y de seguridad inicial se erosionó, dando paso a una profunda desconfianza hacia las instituciones federales.
Si en 2001 existía un “enemigo exterior” claro que unificaba a la nación, en 2026 el enemigo es percibido, por amplios sectores de ambos extremos ideológicos, dentro de sus propias fronteras: el partido opuesto.
A 25 años vista, el 11-S ya no simboliza la resiliencia de un país unificado ante la adversidad, sino el recordatorio de una democracia en tensión permanente.