Los secuestradores que perpetraron los atentados del 11 de septiembre de 2001 eran en su gran mayoría operativos de la red yihadista Al Qaeda, liderada por Osama bin Laden. En cuanto a sus orígenes geográficos, 15 de ellos provenían de Arabia Saudita, dos de los Emiratos Árabes Unidos, uno del Líbano y otro de Egipto.
Esta composición reflejaba una sólida base en el Golfo Pérsico, complementada por perfiles de apoyo técnico y logístico de otros países de Oriente Medio.
Su proceso de entrenamiento fue meticuloso y se estructuró en varias fases a lo largo de años. Inicialmente, los reclutas eran seleccionados en mezquitas, universidades o círculos radicales de sus países de origen y trasladados a campos de entrenamiento paramilitar en Afganistán, controlados por los talibanes y Al Qaeda. Allí recibían adoctrinamiento ideológico, entrenamiento físico riguroso, manejo de armas y nociones básicas de explosivos.
Una vez superada esta selección inicial debido a su perfil, disciplina y capacidad de adaptación (frecuentemente evaluados por los altos mandos como Jalid Sheij Mohamed, cerebro operativo de los ataques), los futuros pilotos y jefes de célula fueron enviados a Occidente. Entre 2000 y 2001, varios de ellos ingresaron a EE.UU. con visados legales. Allí se inscribieron en escuelas de aviación privadas para aprender los fundamentos del pilotaje de aeronaves comerciales, estudiar los manuales de vuelo de Boeing y practicar en simuladores, enfocándose en el control en vuelo de crucero más que en los despegues y aterrizajes.
Paralelamente, el proceso incluyó una intensa preparación psicológica para asumir una misión suicida, aislamiento de sus familias y el perfeccionamiento de habilidades de discreción y asimilación cultural para no levantar sospechas en territorio estadounidense.
El entrenamiento combinó así el fanatismo ideológico radical, la instrucción militar avanzada en zonas de conflicto y la capacitación técnica occidental precisa.