El nuevo orden mundial llegó sin fanfarria ni discurso inaugural. No hubo bombos y platillos ni ceremonia solemne: apenas un zumbido persistente, como el de una heladera vieja en una cocina mal iluminada. Y sin embargo, ahí está, ocupando todo el espacio. No se presenta como ideología, sino como hecho consumado. No se anuncia ni da explicaciones. Simplemente funciona.
Durante décadas se nos prometió que el mundo avanzaba hacia una arquitectura racional, sostenida por normas, consensos, organismos multilaterales, cierto pudor retórico y buenos modales. Se hablaba de reglas. De derechos. De comunidad internacional. Hoy ese vocabulario suena arqueológico, como si perteneciera a un manual escolar encontrado en una biblioteca abandonada. El nuevo orden no se molesta en refutarlo: simplemente lo ignora.
La ley que rige ahora es antigua y brutal, pero se presenta con ropajes tecnológicos y diplomáticos. Es la ley del más fuerte. No como consigna, sino como método. El que puede, hace. El que no, da explicaciones. O protesta. O tuitea. O sale a la calle. Da lo mismo. La fuerza ya no necesita justificarse: se limita a ejercer su gramática elemental, que consiste en imponer condiciones y llamar a eso realidad.
Lo interesante es que esta ley no siempre se expresa con tanques. A veces se manifiesta como bloqueo económico, como presión financiera, como control del relato. Otras veces es un silencio estratégico, una retirada selectiva, un “no es nuestro problema”. La fuerza aprendió a sofisticarse, pero no a moderarse. Cambió el envase, no el contenido.
Hay algo casi obsceno en la naturalidad con la que se acepta este estado de cosas. Como si todos supiéramos –pero nadie quisiera decirlo en voz alta– que el contrato social global fue rescindido sin aviso. Que el árbitro abandonó el partido y que ahora gana el que pega más fuerte o el que tiene el mejor abogado. O ambas cosas.
Los discursos oficiales siguen hablando de paz, cooperación y valores compartidos, pero lo hacen con la misma convicción con la que un vendedor cansado vagabundea por una playa repitiendo bondades de un producto en el que ni él mismo cree. El decorado permanece, pero detrás del telón el mecanismo es otro. No hay contradicción: hay cinismo operativo. Se declama una cosa mientras se ejecuta la contraria, y se espera que el público aplauda.
Tal vez lo más inquietante no sea la existencia de esta ley del más fuerte, sino su aceptación pasiva. Se la presenta como inevitabilidad histórica, como si fuera una fuerza de la naturaleza y no una decisión política sostenida por intereses concretos. Se nos dice: “El mundo es así”. Y esa frase funciona como anestesia. Anula la pregunta por la responsabilidad.
En este nuevo orden, la moral es un lujo narrativo. Sirve para consumo interno, para campañas publicitarias, para tranquilizar conciencias. Pero no regula la acción. La regula la capacidad de daño, de presión, de resistencia. El poder ya no se disfraza de virtud: se limita a administrar su ventaja.
Quizás lo más honesto sería dejar de hablar de orden. Porque el orden supone reglas compartidas, cierta previsibilidad, un marco y una lengua común. Lo que hay ahora se parece más a una intemperie administrada, donde cada actor calcula hasta dónde puede avanzar sin provocar una respuesta que no pueda controlar. Un equilibrio precario, sostenido por la amenaza permanente.
No es que la ley del más fuerte haya vuelto. Nunca se fue. Lo nuevo es que dejó de fingir lo contrario. Y en ese abandono del disimulo hay una pedagogía involuntaria: nos muestra el mundo tal como es cuando se corre el velo. La pregunta –incómoda, inevitable– es qué hacemos con ese conocimiento. Porque seguir llamando “orden” a la ley del más fuerte no la vuelve más justa. Solo la vuelve costumbre.