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"Lo podrían haber salvado": el masajista de Maradona hundió a Luque y reveló el abandono que sufrió el Diez

Nicolás Taffarel declaró en los tribunales de San Isidro y prendió fuego al equipo médico. Reveló que el ídolo estaba completamente hinchado, que le habían sacado los diuréticos y que el neurocirujano minimizó las alarmas. "Podrían haberlo salvado", sentenció en un testimonio cargado de impotencia.

Nicolás Taffarel, ex masajista de Maradona 06082026
Nicolás Taffarel, ex masajista de Maradona. | Captura de pantalla

El juicio por la muerte de Diego Armando Maradona sumó un capítulo de pura angustia y acusaciones letales. En los tribunales de San Isidro, Nicolás Taffarel, el masajista personal que acompañó al Diez durante su agonía en el country San Andrés de Tigre, se sentó frente a los jueces y no se guardó absolutamente nada. Con una mezcla de dolor e impotencia, el testigo prendió fuego al equipo médico que lideraba el neurocirujano Leopoldo Luque y soltó una frase que resonó con fuerza en la sala: "Podrían haberlo salvado".

El vínculo entre Taffarel y Maradona venía de larga data, desde antes que el astro armara las valijas para dirigir en México. Sin embargo, su relato se concentró en la etapa más oscura: la internación domiciliaria. El masajista relató que, recién operado, Diego estaba "reseteado" de la cabeza y había recuperado la chispa. Pero la ilusión duró poco. En cuestión de días, el cuadro se derrumbó por completo. El Diez dejó de comer, se negaba a bañarse y pasaba hasta 26 horas seguidas hundido en la cama.

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Lo que más encendió las alarmas del testigo fue el deterioro físico evidente. El paciente empezó a retener líquidos a niveles peligrosos, algo que lo llevó a exigir respuestas inmediatas. La sorpresa fue total cuando la enfermera de turno le confirmó que le sacaron los diuréticos. Desesperado ante la inacción profesional, el masajista se puso a investigar por su cuenta en internet sobre edemas pulmonares y llegó a advertirle del riesgo a Verónica Ojeda.

Las alertas constantes chocaron de frente contra un muro de soberbia. El declarante, que también es cuñado del abogado Víctor Stinfale, expuso los mensajes directos que le mandaba a Luque para rogarle que interviniera. "Estaba muy hinchado, Leito, los ojos hinchados como una teta, boludo. Lo vi hinchado con la luz apagada", le escribió con urgencia. ¿La insólita respuesta del médico de cabecera? Luque minimizó el cuadro argumentando que el ídolo lucía así simplemente porque "estaba acostado todo el día".

Lejos de encontrar contención, Taffarel se topó con un entorno que miraba para otro lado. Según su testimonio, los profesionales a cargo le pedían que se quedara tranquilo y le aseguraban que los síntomas iban a pasar solos. "Yo manifestaba situaciones que veía en él y no veía un accionar concreto o una resolución rápida", reclamó en la audiencia, blanqueando la bronca que le quedó contra el principal imputado por no mover un dedo mientras el exfutbolista colapsaba a la vista de todos.

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El último tereré y una despedida silenciosa

Pero el golpe de nocaut de la jornada llegó cuando el testigo tuvo que rebobinar hasta el 24 de noviembre de 2020, apenas un día antes del desenlace fatal. Aquella tarde, Taffarel entró a la habitación de la casa en Tigre con la intención de levantarle el ánimo, sacarlo un rato del encierro y compartir unos mates fríos para cortar con tanta oscuridad.

"Hola Diez, vamos a movernos un poco, a tomar unos tererés", le propuso, buscando reactivar al amigo de siempre. Sin embargo, la respuesta que recibió del otro lado lo dejó helado y marcó el principio del fin. Con el cuerpo agotado y el alma vencida, Maradona lo frenó en seco: "No quiero nada, Taffita, ya está".

Descolocado por la resignación en la voz del astro, el masajista intentó buscar una explicación y le preguntó a qué se refería. "Nada, ya está", fue la última sentencia de Diego. Veinticuatro horas después, el corazón del ídolo popular dejó de latir, cerrando de la peor manera una internación que, según este testimonio clave, estuvo plagada de negligencias y de gritos de auxilio que nadie quiso escuchar.

TC/MSS