Una imagen inquietante fue el punto de partida de Cuando nadie nos nombre, la novela de la periodista y escritora Luciana Sousa: una persona anciana que decide que ya no quiere vivir y recurre a la narradora para pedirle ayuda para morir. A partir de esa escena inicial, la autora construye una historia atravesada por los vínculos familiares, la memoria, la identidad y el regreso a un pasado que parecía haber quedado atrás.
En diálogo con Ronda de Escritores, por +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil, Sousa contó cómo nació el libro y explicó la importancia que tuvo el pueblo de Miró, en el norte de La Pampa, en la construcción de la trama. La entrevista fue conducida por Osvaldo Quiroga. Miró existió a principios del siglo XX y su historia comenzó a reconstruirse después de que una docente rural encontrara restos de aquel asentamiento.
Una anciana, una narradora y el regreso al pasado
Sousa explicó que la novela surgió de una imagen que la impactó profundamente y que se convirtió en el motor de la escritura.
"Cuando nadie nos nombre surge de una imagen, que es la imagen de una persona anciana que decide que no quiere vivir más. Es una imagen que para mí fue muy fuerte, fue muy convocante y a partir de eso empecé a indagar un poco en esta historia", relató.
Ese planteo inicial abre una trama en la que una narradora regresa, después de mucho tiempo, a un pueblo que había abandonado voluntariamente. El retorno la enfrenta con situaciones inquietantes y la obliga a revisar tanto su historia personal como los vínculos que dejó atrás.
El contraste entre el pasado y el presente también se manifiesta en los cambios que experimentó el entorno familiar. La protagonista vuelve a una casa que había sido construida y sostenida por hombres, pero que, al momento de su regreso, encuentra bajo el cuidado de mujeres.
La novela explora así las transformaciones de los vínculos y de los espacios, mientras el pasado reaparece como una presencia que condiciona la mirada de la protagonista sobre su propia historia.
Mara y la historia de un pueblo que casi desapareció
Uno de los personajes importantes de la novela es Mara, la pareja de la protagonista, a quien conoce durante un viaje a Bariloche. Para Sousa, ese vínculo cumple una función fundamental dentro de la narración.
"Mara es su pareja y van a poder hablar, es como su cable a tierra y va a poder hablar de lo que le va pasando con su familia y con su historia", explicó.
A través de esas conversaciones, la protagonista también reconstruye la historia de Miró, el pueblo donde transcurre buena parte de la novela. Aunque Quiroga relacionó su desaparición con los cierres de ramales ferroviarios y los cambios económicos de la década de 1990, la escritora aclaró que la historia del lugar es anterior.
"Miró fue un pueblo que tuvo una vida muy cortita", precisó.
Según relató, el asentamiento existió a principios del siglo pasado y tuvo una duración aproximada de entre diez y quince años. Su historia volvió a despertar interés cuando una docente de una escuela rural encontró restos del antiguo pueblo, lo que impulsó una investigación sobre los habitantes y las características de aquella zona.
La narradora de la novela es hija de una familia vinculada con una de las chacras que sobrevivieron a la desaparición del asentamiento. Sin embargo, los cambios en la propiedad de las tierras y su posterior venta contribuyeron a que se perdiera parte de la identidad del lugar.
El viaje a Miró y la importancia de conocer el territorio
Para escribir la novela, Sousa no se limitó a investigar la historia de Miró desde la distancia: viajó hasta allí y conoció personalmente el lugar que terminaría formando parte central de su ficción.
La autora destacó el acompañamiento de Alicia, la docente que le abrió las puertas de su casa y la recibió durante la visita. Ese contacto directo le permitió comprender mejor el territorio y revisar algunas decisiones narrativas.
"Y te cambia la perspectiva. Además, porque yo no soy de Miró, ni soy pampeana", sostuvo.
La experiencia también le permitió reconocer algo que ya le había ocurrido con una novela anterior, Luro, ambientada en Pedro Luro, una localidad bonaerense. En ambos casos, el contacto con el espacio real fue decisivo para definir dónde debía transcurrir la historia.
"Yo tenía un desarrollo de la historia, tenía dudas acerca de dónde ocurría esa historia. Y cuando fui entendí que era ahí, ¿no? Que ese era el lugar de mi historia", recordó.
El viaje, por lo tanto, no funcionó solamente como una instancia de documentación, sino también como una forma de comprobar cómo el paisaje y las características del territorio podían modificar la escritura.
Un lugar que volvió a aparecer en los mapas
Aunque Miró volvió a figurar en los mapas, su realidad actual dista de la de un pueblo en funcionamiento. Sousa describió un espacio en el que prácticamente no quedan construcciones ni rastros de la antigua vida comunitaria.
"Hay una estación de tren donde vive una pareja que cuida la estación y hay campos que están sembrados", detalló.
La escritora también señaló que grandes empresas administran actualmente esas tierras de una manera más despersonalizada, en contraste con la historia de las familias y las chacras que habían dado forma a la identidad del lugar.
Esa realidad constituye uno de los elementos que atraviesan Cuando nadie nos nombre: la desaparición de un pueblo, la transformación de los vínculos con la tierra y la dificultad de preservar una memoria cuando los espacios que la sostenían dejan de existir.
A partir de una historia íntima y familiar, Sousa construye una novela en la que el pasado individual se entrelaza con el de una comunidad casi borrada del paisaje. La visita a Miró le permitió encontrar en ese territorio las huellas necesarias para darle forma a una ficción sobre la memoria, la identidad y aquello que permanece incluso cuando un lugar parece haber desaparecido.