La obra de Manuel Puig recuperada teatralmente por Claudia Piñeiro y Marcelo Moncarz coloca en el centro una experiencia marcada por el exilio, el trauma y la pérdida de identidad. Durante una entrevista con Osvaldo Quiroga en +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil, Moncarz explicó que la memoria funciona como uno de los grandes motores de la historia.
“Esta es una obra que habla de huellas, y en este momento más que nunca”, sostuvo el director. Esas huellas aparecen a través de dos personajes enfrentados a situaciones opuestas: mientras uno intenta escapar de aquello que vivió, el otro necesita desesperadamente reconstruir un pasado que ya no logra recordar.
“De la noche a la mañana termina en Estados Unidos”
Moncarz explicó que uno de los protagonistas es un exiliado político que llega abruptamente a Estados Unidos después de atravesar una experiencia traumática. “De la noche a la mañana termina en Estados Unidos”, resumió.
El personaje es trasladado en avión, permanece internado y finalmente aparece en un geriátrico sin poder reconstruir con claridad qué ocurrió. Su pasado se convirtió en una serie de fragmentos y la propia identidad quedó atravesada por esa ausencia de recuerdos.
A partir de allí, otro joven comienza a acompañarlo e intenta ayudarlo a reconstruir su historia. Moncarz adelantó que esa búsqueda termina siendo “absolutamente fatídica”, no necesariamente porque la obra conduzca hacia una muerte, sino por las consecuencias que tiene volver sobre aquello que había quedado oculto.
Cuando se pierde hasta el significado de las palabras
La pérdida de memoria adquiere una dimensión todavía más profunda porque el protagonista tampoco logra comprender algunos conceptos básicos. No se trata únicamente de olvidar personas o acontecimientos: también desaparece parte del lenguaje con el que podría explicar lo que siente.
“No entiende qué es el alma, qué es el dolor en el alma, qué es el dolor en el pecho, cómo se describe, qué se siente cuando se habla de amor”, explicó Moncarz. La frase muestra hasta qué punto la experiencia traumática alteró su relación con el mundo.
La recuperación de las palabras funciona entonces como parte de la reconstrucción de la identidad. Recordar qué significa amar, sufrir o sentir dolor implica también volver a reconocer quién se era antes de que esa historia quedara interrumpida.
Una obra que habla de huellas
Para Moncarz, esa búsqueda explica por qué el texto conserva vigencia décadas después de haber sido escrito. “Esta es una obra que habla de huellas”, insistió al referirse a las marcas que dejan el exilio y las experiencias traumáticas.
La historia también plantea una tensión entre recordar y olvidar. Uno de los personajes parece necesitar desprenderse de determinadas experiencias, mientras el otro depende de la memoria para reconstruirse y encontrar nuevamente un lugar desde el cual comprender su propia vida.
Puig y su propia experiencia del exilio
Durante la conversación, Quiroga recordó además que Manuel Puig vivió en Nueva York durante parte de su exilio y planteó la posible cercanía entre aquella experiencia personal y el universo narrativo de la obra. Ese contexto permite leer el texto también desde la preocupación del escritor por el desplazamiento, la identidad y quienes deben reconstruir su vida lejos de su lugar de origen.
La adaptación de Piñeiro y Moncarz recupera así una historia en la que la memoria no aparece solamente como recuerdo, sino como condición para poder reconocerse. Como sintetizó el director, se trata de una obra sobre “huellas”, pero también sobre aquello que ocurre cuando esas huellas comienzan a borrarse.