Victoria Hladilo habló en +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil, sobre el proceso detrás de Siete estaciones para hablar de amor, una obra nacida de su deseo de trabajar teatralmente con la literatura de Antón Chéjov. La dramaturga contó que antes de comenzar el proyecto se sumergió especialmente en los cuentos del escritor ruso.
“En realidad es una adaptación de uno de sus cuentos, pero que toma también de varios otros”, explicó Hladilo. Esa lectura amplia le permitió detectar un elemento que se repetía en muchos relatos: “Todos tienen esta imposibilidad de lo que no se da, de lo que es pero no es, está y es prohibido”.
Las características más atrayentes de Chéjov
La dramaturga señaló que una de las características que más la atraen de Chéjov es su particular mirada sobre los vínculos y la existencia. La definió, con ciertos reparos, como una especie de pesimismo en el que los personajes aceptan una vida que no necesariamente coincide con aquello que desean.
“Nosotros ya estamos un poco condenados a esta vida, y después por ahí vendrá algo mejor”, sostuvo Hladilo. Esa imposibilidad de alcanzar plenamente lo deseado se convirtió en uno de los núcleos emocionales de su adaptación.
El amor aparece entonces menos como resolución que como tensión. Lo que podría ocurrir, lo que está prohibido y aquello que nunca termina de concretarse construyen el movimiento de los personajes.
“Sabía que no iba a ser en Rusia a finales de 1800”
Desde el comienzo, Hladilo decidió alejar la historia de su contexto original. “Sabía que no iba a ser en Rusia a finales de 1800”, explicó al contar cómo comenzó a imaginar una versión vinculada con la Argentina.
En esa búsqueda apareció también su propia historia familiar. Sus antepasados llegaron desde Rusia y se instalaron en el campo, mientras que posteriormente su bisabuelo comenzó a enviar a sus hijos a la ciudad para estudiar.
“Laburaban en el campo para ganar plata para estudiar”, recordó. Esa memoria familiar terminó ofreciendo una estructura posible para trasladar el universo de Chéjov a personajes argentinos atravesados por la tensión entre el campo, la ciudad, la educación y las expectativas de una vida diferente.
Un triángulo que empezó a pertenecerle a la obra
Durante la conversación, Osvaldo Quiroga destacó una violencia contenida y una dinámica triangular entre los protagonistas. Hladilo reconoció esos elementos, aunque aclaró que fueron creciendo durante la propia escritura y no estaban completamente contenidos en el material original.
“Eso que vos decís que sí está, para mí le pertenece a algo que fue tomando la obra en su escritura y que ya no le pertenece al cuento”, afirmó. La adaptación comenzó así a separarse progresivamente de Chéjov y a construir sus propias reglas.
El interés de Hladilo se concentró especialmente en el lugar del marido dentro del triángulo. La relación deja de ser solamente una historia de deseo prohibido para convertirse también en una disputa sobre quién habilita, controla o pierde el control de aquello que sucede.
“El marido es el que lo invita”
Uno de los elementos que sí proviene directamente del cuento original es la participación del marido en el inicio de esa relación. “Sí está en el cuento, que es que el marido es el que lo invita y después a partir de ahí se le empieza a ir de las manos”, explicó Hladilo.
La paradoja se vuelve uno de los motores dramáticos de la obra: quien abre la puerta al encuentro es también quien luego debe afrontar sus consecuencias. Desde ese punto, el deseo y los límites entre los tres personajes comienzan a volverse cada vez más inestables.
Siete estaciones para hablar de amor terminó convirtiéndose así en algo más que una adaptación. Chéjov funciona como punto de partida, pero la historia familiar de Hladilo, el traslado a la Argentina y la evolución del triángulo amoroso construyen una obra que empieza en el escritor ruso y termina encontrando una identidad propia.