El testimonio de Analía Kalinek no es solo el relato de una fractura familiar; es el reflejo vivo de las heridas aún abiertas en la sociedad argentina. Hija de Eduardo Kalinec, excomisario de la Policía Federal condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en el circuito clandestino Atlético-Banco-Olimpo, Analía tomó un camino desgarrador y valiente: romper con la lealtad ciega, interrogar el silencio de su entorno y asumir la verdad. Esa decisión le valió el repudio de su propia familia y una demanda judicial por parte de su padre y hermanas para desheredarla por "indignidad".
Fundadora del colectivo Historias Desobedientes, que agrupa a hijos y familiares de genocidas que rechazan el negacionismo y exigen justicia, Kalinek repasa en esta entrevista en Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), el impacto emocional de su búsqueda, la condena a su padre y la imperiosa necesidad de transformar el dolor transgeneracional en memoria colectiva. Sin embargo, el diálogo toma un giro insospechado y profundamente conmovedor cuando la memoria personal del entrevistador se cruza en vivo con el pasado del represor, dejando al descubierto la magnitud del trauma y los límites de la reconciliación.
Analía Kalinec es psicóloga, docente, escritora y activista de derechos humanos, fundadora del colectivo Historias Desobedientes, una agrupación integrada por hijas, hijos y familiares de represores y genocidas de la última dictadura militar argentina que repudian los crímenes de sus padres y militan activamente por las políticas de memoria, verdad y justicia.
Analía, un gusto tenerte acá personalmente, ya habíamos hablado telefónicamente. Me gustaría que compartieras con la audiencia tu historia: cuando descubriste que tu padre, Eduardo Kalinec, no era simplemente un policía retirado, sino que era el represor apodado «Doctor K» en los centros clandestinos de detención. Queremos tener tu voz y que nos cuentes la historia en primera persona.
Bueno, gracias Jorge por este espacio. Mi nombre es Analía Kalinec. Nací en el año 1979 en el marco de una familia tipo: mamá ama de casa, papá que trabajaba mucho, cuatro hermanas mujeres —las cuatro nacimos en años de dictadura—. Tenía una imagen de padre muy presente, muy querido. Me casé jovencita, a los 22 años —fui la que más tardó en casarse de mis hermanas—. Siendo una mujer joven, recién casada, habiendo nacido Gino, mi primer hijo —que hoy tiene 22 años y te respeta mucho como periodista, estaba contento de que viniera acá—. Gino tenía un año y medio en ese momento, era el año 2005, y recibo un llamado telefónico de mi mamá diciéndome: «No te asustes, papá está preso». Yo no entendía nada. Crecí en años de impunidad, en un círculo muy endogámico: escuelas católicas privadas, el círculo de la Policía Federal —mi papá era policía federal—, muy ajena siempre al ámbito social y político. Mi vida íntima muy circunscripta al ámbito familiar. No podía linkear nada de esto con mi historia personal, con haber nacido en ese contexto. Fueron muchos años en los que me costó recuperar mi propia historia, por decirlo de alguna manera. Lo fuimos a visitar a mi papá en ese momento, año 2005. Mi papá nos dice a mis hermanas y a mí: «Ustedes no tienen que creer nada de lo que se va a decir, esto es un gobierno de zurdos revanchistas» —fue el término que él usó en referencia al entonces gobierno de Néstor Kirchner—. «Yo no tengo nada de qué arrepentirme, voy a salir». Yo lloré con mi papá, lo abracé, me quedé ahí con él entendiendo que había un error, que no podía ser. A medida que fue pasando el tiempo también me fui formando. En ese momento ya estudiaba Psicología en la Universidad de Buenos Aires y era maestra, soy maestra. Estaba dando mis primeros pasos como docente en escuelas públicas, mis hijos empezaron a ir al jardín y después nació Bruno. Empecé a leer un poco las causas y algunos testimonios de sobrevivientes. A medida que iba avanzando, se volvía cada vez más doloroso y más farragoso todo, hasta que en algún momento tuve que asumir la condición de responsable de crímenes de lesa humanidad de mi papá, quien finalmente en el año 2010 fue condenado a cadena perpetua por su participación en el circuito Atlético-Banco-Olimpo, dentro de la causa del Primer Cuerpo del Ejército.
¿Cómo se traslada esto a la historia familiar posterior? ¿Tu hijo, por ejemplo? ¿Tus sobrinos? ¿Cómo sigue?
Es triste. El costo emocional es muy alto. Bruno nace en el 2008 y no llegó a conocer a mi papá. Gino tenía tres años cuando se desvincula del abuelo y también de mi mamá, que muere unos años después siendo muy joven. De repente ellos dejan de tener abuelos, tíos y primos. Yo también pasé de tener una vida familiar de domingos y reuniones cotidianas a ser prácticamente excluida de la familia por empezar a hacer estos cuestionamientos y estas preguntas que al interior de la casa no se hacían. Nosotros íbamos todos los domingos a visitar a mi papá que estaba preso y se hablaba de cualquier cosa menos de eso. Cuando empecé a formular esas preguntas, comenzaron a incomodar. Yo necesitaba hacerlo y ahí me ayudó mucho la escritura. Al principio fue a modo de diario íntimo: empecé a escribir para mis hijos, a contarles lo que me pasaba y lo que sentía. Eso después se convirtió en un libro que publicó Editorial Marea y que fue el legado para que mis hijos entendieran en tiempo real lo que me iba sucediendo. Hoy Gino tiene 22 años y Bruno 18; ellos tienen sus propias reflexiones y sacan sus conclusiones respecto de esta historia. Tengo dos sobrinos que no conozco. Mis hermanas más chicas, que son personal civil de la Policía Federal, junto con mi papá —que fue condenado a cadena perpetua—, me iniciaron una demanda para declararme indigna y que no pudiera heredar a mi mamá. Ese juicio duró varios años y lo perdieron, pero en esa demanda aparece reflejado el pensamiento de esa parte de la familia: literalmente mi papá dice en primera persona que fui «cooptada por grupos activistas en la Facultad de Psicología» y que me convertí en una persona que él desconoce. Es la misma lógica de pensamiento que se reproduce de eliminar al que piensa diferente, trasladada a lo íntimo del hogar: eliminarme a mí de la familia por no pensar como ellos. Pensar como ellos tendría que haber sido para mí algo muy difícil, porque implicaba convalidar los crímenes o mirar para otro lado, cosa que no pude hacer.
Dictadura 1976-1983: la negación de la Constitución
¿Sentís que en tu historia, en esa familia partida, hay de alguna manera una representación de la división de la Argentina que se viene perpetuando desde hace tiempo y que es nuestro principal problema? Es decir, que estás viviendo a escala familiar lo que la sociedad en otra dimensión también vive.
Creo que el surgimiento posterior de Historias Desobedientes —a partir de vincularme con otros, de necesitar poner palabras y de los juicios orales y públicos a lo largo y a lo ancho del país que nos permitieron tomar conciencia a muchos descendientes biológicos de genocidas— visibiliza qué pasa dentro de las Fuerzas Armadas y de seguridad, y cómo se reproducen estas lógicas ideológicas. También expone qué responsabilidad tenemos los familiares de los genocidas en la construcción de la memoria colectiva, porque hay un costo emocional, hay lealtades invisibles y hay mucho de psicología transgeneracional. El documental al que hacías referencia, que narra la historia de este movimiento, viene a recuperar algo que, más allá del contexto argentino —que es ejemplo en el mundo en cuanto al tratamiento que se le dio a estos crímenes—, nos vincula también con descendientes de nazis. El 24 de marzo estuvimos marchando con una bisnieta de un nazi que se contactó con nosotros para decirnos: «En mi casa necesito poner palabras, porque soy la cuarta generación y nunca se habló de mi bisabuelo». En Chile también existe Historias Desobedientes Chile para poner palabras; en España, Loreto Urraca cuenta su historia a partir de la vinculación de su abuelo con los crímenes del franquismo. Me parece que hay algo de lo humano que trasciende la cuestión política netamente partidaria y los mandatos. Tiene que ver con lealtades que convalidan el silencio y el negacionismo, y creo que estamos despertando para decir que esto no.
Analía, me quedo pensando que a lo mejor yo estuve en el Olimpo...
¿Visitando el sitio de memoria?
No, no. Yo estuve detenido en el Olimpo.
¿En qué año, Jorge?
En 1979. A mí siempre me quedó una sensación de cerrar la herida. Al mismo tiempo, agradecer estar vivo en un lugar donde había 750 personas y murieron 700. Me preguntaba si a lo mejor yo conocí a tu padre. No sé, porque estaba todo el tiempo tabicado, no sabía quiénes eran. Quizás conocí a tu padre. ¿Y cómo procesar alguna forma de reconciliación entre lo que me contás de tu familia desgarrada con tus hermanas? Encuentro allí una metáfora de la sociedad argentina en su conjunto. Parto de la base de que el gran problema de la Argentina es eso que hoy se llama «la grieta», la polarización, la idea de que el otro no merece existir en discurso, en símbolo o en carne. Me conmueve, me quedo pensando... Queríamos darle voz a tu testimonio y comprender lo que te pasa. Muy agradecido, Analía, por tu presencia acá, muchísimas gracias.
No, gracias a vos, Jorge. No sé qué decirte ahora con esto que acaba de pasar. Quiero poner en valor trabajos como los de Fede Coringrato y Martín Vergara con este documental, Desobediente. Ojalá lo puedas ver; ahora le escribo a tu producción para que puedas venir o te lo hacemos llegar, porque recupera algo de la dignidad humana: decir que más allá de los discursos de odio y de toda esta crueldad vigente... Y lo veo en mi papá con todo el dolor del mundo: mi papá no se arrepiente de lo que hizo, piensa que defendió a la patria y guarda información sensible acerca de lo que pasó en esos años que podría aportar a un montón de familiares y no la dice. Creo que es un deber de los hijos y de los familiares trabajar para romper con estas lógicas de silencio que tanto mal nos hacen. Así que gracias, Jorge, por este espacio.
Ojalá lo puedas perdonar. Ojalá algún día. Yo, en mi caso en particular, si fue uno de los que conocí, yo lo perdono.
Él no se arrepiente, Jorge. O sea, ¿de qué sirve el perdón si no hay arrepentimiento? ¿No? Y tampoco es una persona que esté pensando...
No es unilateral. No es necesaria la disculpa del otro para que el otro la acepte, ¿no? Pero me parece que tu testimonio muestra la llaga que hay, que nos divide probablemente de manera exacerbada, pero que atraviesa a todas las familias de la Argentina en algún sentido. Bueno, nuevamente, Analía, muchas gracias.
Gracias a vos, Jorge.