La llegada de Juan Bautista Mahiques al Ministerio de Justicia expone algo más profundo que un simple cambio de gabinete: marca el inicio de una nueva etapa del mileísmo, donde la rosca política empieza a imponerse sobre la épica libertaria original. A lo largo de su carrera, Javier Milei repitió el mismo patrón: primero relegó a sus militantes y comunicadores iniciales para apoyarse en operadores como Carlos Kikuchi; luego desplazó al núcleo digital de Santiago Caputo en favor de armadores territoriales como Sebastián Pareja en las listas para las elecciones de medio término; y ahora opta por la “familia judicial” antes que por su propio aparato comunicacional.
El presidente mantiene el discurso incendiario contra “los kukas” para su base mientras negocia acuerdos en el Parlamento. Esa ambivalencia, gritar contra “la casta” mientras pacta con ella, es la que le permitió acumular poder, pero también la que podría erosionar su credibilidad entre el núcleo duro libertario. Si esa contradicción se vuelve demasiado evidente, el riesgo es que el mileísmo descubra que su mayor enemigo no era el kirchnerismo, sino la distancia entre su relato y su práctica, y la falta de resultados concretos en la economía.
Con la designación de Mahiques al frente del Ministerio de Justicia, la nueva geometría del poder dentro del gobierno parece haberse reorganizado alrededor de un esquema más reducido. Karina Milei ocupa ahora el vértice principal de esa estructura política. A su lado operan los Menem y algunos funcionarios cercanos al núcleo presidencial, como Manuel Adorni. Caputo ha quedado reducido. El desplazamiento de fuerzas al interior del llamado “triángulo de hierro” marca el final de una etapa dentro del mileísmo. Comienza la etapa K.
La designación de Mahiques al mando del Ministerio de Justicia, convocado por Santiago Viola, abogado personal de Karina Milei, se da en detrimento de Mariano Cúneo Libarona y de quien era su segundo en el ministerio, Sebastián Amerio, considerado dentro del esquema informal de poder del gobierno como el operador judicial de Caputo.
Amerio se enteró de que lo echaban en vivo, mientras presidía por Zoom una reunión de la Comisión de Administración y Financiera del Consejo de la Magistratura. A este destrato al sector Caputo se suma otro más. Durante las transmisiones de la apertura de sesiones ordinarias de la Cámara de Diputados, la edición audiovisual en vivo, dirigida por gente de Karina, evitó ponchar el palco desde el que observaban la sesión Santiago Caputo y el Gordo Dan.
Contradictoriamente, muchos analistas leyeron en la confrontación de Milei con el kirchnerismo una vuelta a la estrategia Caputo. Sin embargo, ambas cosas no son contradictorias. El Gobierno parece haber aprendido a jugar a dos puntas: galvanizar a su núcleo duro con un discurso incendiario y polarizante, mientras confía en la rosca política y las negociaciones para avanzar en el ejercicio efectivo del poder.
Fue esa rosca la que le permitió avanzar en el Parlamento con la reforma laboral y la Ley Penal Juvenil, por ejemplo. Y necesitará seguir por ese camino si quiere reformar la ley electoral, que considera clave para despojar a la oposición de las PASO, dificultando su unificación.
La jura del nuevo ministro mostró señales visibles de esa reconfiguración del poder. El saludo frío entre Karina y Caputo reflejó la tensión existente entre ambos sectores. La escena fue interpretada dentro del oficialismo como la confirmación de una derrota política para el asesor. En contraste, Milei saludó a su asesor con un abrazo prolongado. Aunque, si lo observamos en detalle, se puede ver algo más frío y forzado que en otras ocasiones.
Pero, yendo al análisis de la estrategia, la dinámica del poder mileísta siempre estuvo atravesada por una ambivalencia estructural. Por un lado, está el Milei de la confrontación permanente, el de la batalla cultural, el que entiende la política como un conflicto ideológico total contra el kirchnerismo, el socialismo y lo que denomina “la casta”. Ese costado encuentra su expresión más nítida en el dispositivo comunicacional que encabeza Caputo, en la lógica de la polarización constante y en el ecosistema de militancia digital que actúa como amplificador del conflicto. Es el Milei que habla para su núcleo duro y que construye identidad política a partir del antagonismo.
Pero junto a esa dimensión convive otra más clásica y pragmática del poder. Allí aparecen Karina, Martín y Eduardo “Lule” Menem y los armadores territoriales que se dedican a construir acuerdos, ordenar listas, negociar con gobernadores y consolidar una estructura política que le permita al oficialismo sostenerse en el tiempo. Ese Milei acepta la lógica de la rosca, la acumulación gradual de poder y las transacciones inevitables de la política real. La tensión entre ambos registros, la confrontación ideológica permanente y la negociación pragmática, atraviesa toda la experiencia del gobierno libertario y explica muchas de sus decisiones recientes.
Esta lógica pendular entre dos “almas” del Gobierno ya tuvo varios ciclos en la carrera política del Presidente. Milei llegó a la política rodeado por un núcleo pequeño de militantes digitales, economistas libertarios y activistas antiestablishment que lo acompañaron desde sus primeras apariciones televisivas. Sin embargo, cuando el proyecto empezó a transformarse en una estructura electoral competitiva, eligió apoyarse en operadores políticos con experiencia territorial y los dejó completamente afuera del armado.
En esa etapa emergió la figura de Kikuchi, quien se convirtió en el principal armador de La Libertad Avanza en 2021 y 2022. Esa decisión implicó relegar a varios de los primeros militantes libertarios que habían acompañado a Milei desde el activismo mediático y las redes. También le dio espacio a Santiago Caputo y a nuevas figuras en ascenso, como el Gordo Dan y el canal de streaming “Carajo”.
Tras llegar al gobierno, la lógica se repitió con otra disputa interna. El armado territorial del oficialismo pasó a girar alrededor de Pareja, quien fue consolidando poder dentro del partido y, en particular, en la provincia de Buenos Aires. Su ascenso se produjo en tensión con el sector más comunicacional y digital del mileísmo, vinculado al estratega Caputo y a figuras mediáticas del ecosistema libertario como el streamer Daniel Parisini, conocido como el Gordo Dan.
Esto se cristalizó en las elecciones de medio término. Mientras el núcleo de Caputo pretendía que las listas electorales reflejaran la identidad original del movimiento, Pareja avanzó con acuerdos con dirigentes territoriales y estructuras políticas tradicionales. La disputa evidenció una tensión entre el mileísmo militante de redes y el pragmatismo del armado electoral.
La misma lógica aparece ahora en el reciente cambio dentro del Ministerio de Justicia. La designación de Mahiques, ligado a sectores de la llamada “familia judicial” y con vínculos históricos con operadores del sistema, se interpretó como un nuevo gesto hacia la política tradicional. El movimiento implicó desplazar del área a funcionarios cercanos al sector de Caputo, como el viceministro Amerio, que representaban la influencia del núcleo estratégico del mileísmo.
En un momento en el que el Gobierno enfrenta conflictos judiciales y disputas institucionales, el Presidente volvió a apostar por un perfil con capacidad de interlocución en los tribunales. Así, en cada etapa de su recorrido político (la construcción electoral, el armado territorial y ahora la gestión judicial), Milei ha demostrado que, cuando el poder está en juego, su decisión tiende a favorecer la rosca política antes que la lealtad al núcleo duro que lo impulsó al escenario público.
La influencia sobre ese organismo tiene un impacto directo en el funcionamiento del sistema judicial. El representante del Poder Ejecutivo en el Consejo de la Magistratura participa en decisiones clave sobre jueces y recursos del Poder Judicial. Controlar ese espacio significa disponer de una herramienta central en la relación entre política y justicia. La nueva conducción del ministerio asumirá ese rol en un momento particularmente sensible, por el avance de la investigación por la criptoestafa $Libra y el escándalo en ANDIS, que involucra a Karina.
Según reveló la periodista Irina Hauser, un peritaje sobre dispositivos del trader Mauricio Novelli encontró un acuerdo confidencial que habría firmado Javier Milei con el empresario Hayden Davis para recibir asesoramiento en blockchain, criptomonedas e inteligencia artificial. Este documento contradice la versión del presidente, quien sostiene que no tenía vínculos con el proyecto $Libra ni conocimiento de la maniobra. Para la periodista, estos elementos refuerzan la hipótesis de que el presidente estaba “muy empapado” en el tema y que el vínculo entre las partes es difícil de negar, lo cual complica la situación del mandatario en la criptoestafa.
La idea de que la designación de Mahiques pueda servir como mecanismo de blindaje político se apoya en su inserción profunda dentro del sistema judicial argentino. Mahiques no es un outsider: proviene de una familia con múltiples cargos dentro del Poder Judicial y con vínculos de décadas en los tribunales federales y provinciales.
Su padre, Carlos Mahiques, es juez de la Cámara Federal de Casación Penal, uno de los tribunales más influyentes del país, y además fue ministro de Justicia bonaerense durante el gobierno de María Eugenia Vidal. A ese entramado se suman otros miembros del clan, como su hermano Ignacio Mahiques, fiscal federal que participó en causas de alto impacto político, lo que configura una red familiar con presencia en distintos niveles del sistema judicial.
En ese contexto, su llegada al Ministerio de Justicia podría resultar eficaz para el Gobierno porque combina dos elementos clave: conocimiento interno del funcionamiento judicial y relaciones personales dentro de ese mismo sistema. Antes de ser ministro, Mahiques fue representante del Poder Ejecutivo ante el Consejo de la Magistratura y luego fiscal general de la Ciudad de Buenos Aires, cargos que le permitieron construir vínculos con jueces, fiscales y operadores del mundo judicial.
Además, su carrera siempre estuvo asociada a espacios políticos con capacidad de incidencia institucional, primero durante el gobierno de Mauricio Macri y luego en estructuras vinculadas al poder judicial y al Ministerio Público. Ese recorrido lo convierte en una figura capaz de interpretar los tiempos y las lógicas de Comodoro Py, algo que, para un gobierno que enfrenta potenciales conflictos judiciales o que necesita gestionar nombramientos y vacantes en tribunales, puede resultar particularmente valioso.
El Ministerio de Justicia tendrá además la responsabilidad de impulsar la designación de cerca de doscientos jueces federales y nacionales. La cobertura de esas vacantes constituye una de las decisiones institucionales más relevantes de los próximos años. Esos nombramientos pueden definir el funcionamiento del sistema judicial durante décadas. La administración de Javier Milei, hasta ahora, no había avanzado en ese proceso.
Sin embargo, el nuevo ministro no está exento de escándalos. Su designación volvió a poner en agenda el viaje a Lago Escondido, uno de los episodios más polémicos asociados a su trayectoria. El caso involucró a jueces, empresarios y funcionarios que viajaron a la estancia del magnate británico Joe Lewis, presuntamente invitados por directivos del Grupo Clarín. El hecho generó cuestionamientos porque algunos de esos magistrados habían tomado decisiones judiciales que beneficiaban a empresas o actores vinculados a ese entorno.
La polémica se amplificó cuando se filtraron chats de un grupo de Telegram integrado por jueces, funcionarios y empresarios que habían participado del viaje. En esas conversaciones, los involucrados discutían cómo responder públicamente a la revelación del encuentro y evaluaban estrategias para justificar los gastos del vuelo privado y la estadía. En la conversación, uno de los mensajes era un audio de Mahiques en el que sugería “hacer una facturita” para justificar la visita a Lago Escondido.
Viola, segundo de Mahiques y abogado personal de Karina, también tiene antecedentes bastante delicados. Durante la investigación a Cristina Fernández de Kirchner en la causa de Sebastián Casanello, conocida como la Ruta del Dinero K, presentó dos testigos que dijeron haber visto a Casanello visitar la Quinta de Olivos, con el objetivo de correr al juez de la causa. Luego se corroboró que se trataba de una burda operación contra el magistrado.
Otro signo del giro hacia una estrategia más política, orientada a reducir los frentes de conflicto, es que apenas asumió Mahiques pidió la renuncia de varios funcionarios políticos que formaban parte del equipo de Cúneo Libarona. Entre los cambios más relevantes figura la salida de Daniel Vítolo, titular de la Inspección General de Justicia (IGJ), quien había ganado visibilidad por la ofensiva del Gobierno contra la AFA y por impulsar el envío de veedores a la entidad que preside Claudio “Chiqui” Tapia.
Aunque desde la Casa Rosada aseguraron que la postura oficial hacia la asociación del fútbol no cambiará, la designación de Mahiques generó interrogantes debido a sus vínculos previos con dirigentes del fútbol, entre ellos Tapia y Pablo Toviggino, a quienes dijo conocer “socialmente”, aunque negó mantener una relación de amistad. En paralelo, el nuevo ministro anticipó que revisará el expediente que solicitaba el envío de veedores a la AFA antes de tomar una decisión definitiva.
Esto representa una descompresión del conflicto con “Chiqui” Tapia, quien además ganó terreno tras gestionar la vuelta al país del gendarme Nahuel Gallo, que se encontraba preso del chavismo en Venezuela.
El modelo Caputo representa la pureza ideológica y el ataque permanente, mientras que el ala política, representada por los Menem y Karina Milei, encarna la negociación y el consenso. El Gobierno se definió por una estrategia ambivalente: mantener el discurso incendiario mientras se fortalecen las vías de negociación. La crítica del caputismo puro a esta estrategia es que reincide en un problema clásico de la política: la hipocresía.
Si se empieza a percibir que Milei “habla para la tribuna” mientras “negocia con la casta política”, podría comenzar una etapa de desmoralización entre las filas de su núcleo duro. A la vez, la polarización ya es interpretada por los aliados políticos como un rasgo particular de Milei que, en definitiva, no resulta definitorio.
Los insultos y la denostación pública a los “kukas” durante la apertura de sesiones tuvieron dos lecturas diferentes. Por un lado, algunos señalaron que fueron gritos de impotencia frente a las crecientes dificultades en la economía. Por otra parte, otros lo interpretaron como una estrategia para construir un terreno político, eligiendo como enemiga central a Cristina. De esta manera, Milei recuerda a sus aliados que él es, por el momento, el principal adversario del kirchnerismo, y amplía su base de sustentación, ubicándose al frente del antikirchnerismo, que hoy parece ser hegemónico en el país.
Ayer, durante una entrevista en La Nación+, Luis Majul le preguntó por la confrontación en el Parlamento, y esta fue la respuesta del presidente: “El kirchnerismo es lo peor que le pasó a la Argentina en su historia” Resulta llamativa una respuesta tan categórica, teniendo en cuenta que, aunque alguien pueda ser opositor al kirchnerismo, la dictadura de Jorge Rafael Videla fue sin dudas peor. Durante ese período se empleó el terrorismo de Estado, se violaron derechos humanos de forma sistemática y desaparecieron 30.000 personas.
Algunas versiones sostienen que Milei, en su afán refundacional, estaría preparando indultos para genocidas. Se trataría de algo extremadamente sensible para la historia política argentina, y más aún en el 50° aniversario del golpe militar. La ambivalencia de Milei también responde a la inestabilidad de los puntos de apoyo del Gobierno.
El mileísmo atraviesa un momento de gran fortaleza política, al tiempo que enfrenta crecientes dificultades económicas. Esas dificultades impactan en su imagen, que ya muestra signos de desgaste en las encuestas, y probablemente hayan debilitado el liderazgo de Caputo, al mando de la comunicación dentro del llamado “triángulo de hierro”.
Por ahora, el Gobierno mantiene el control del dólar, logró abastecerse de reservas y cuenta con el respaldo explícito de Donald Trump. A eso se suma la capacidad del oficialismo para instalar temas en la agenda pública. Sin dudas, el Gobierno mantiene la iniciativa política.
Sin embargo, la economía real no muestra resultados equivalentes. En una reciente columna en Cenital, Ernesto Tenembaum y Alfredo Zaiat señalan que la historia argentina ya registró momentos similares de aparente hegemonía que luego se diluyeron, con gobiernos como los de Carlos Menem, Cristina o Macri, que en distintos momentos parecían invencibles. El problema no es la concentración de poder en sí misma, sino cuánto tiempo logra sostenerse.
Pero los indicadores económicos empiezan a mostrar tensiones en el programa oficial después de más de dos años de gestión. En ese período se perdieron cerca de 300.000 empleos privados registrados, mientras la masa salarial real cayó y la inflación mensual se estancó más cerca del 3 que del 2 por ciento. El esquema antiinflacionario descansó en gran medida sobre el salario como ancla, al tiempo que el tipo de cambio fue mutando entre crawling peg, bandas cambiarias impulsadas por el FMI y ajustes ligados a la inflación pasada, cada uno generando nuevas expectativas en el mercado.
El dilema es evidente: si el Gobierno afloja esas anclas, la inflación puede acelerarse; pero si las aprieta aún más, profundiza la recesión, en una economía donde la morosidad crece, el crédito no despega y la rentabilidad financiera parece seguir siendo más atractiva que la inversión productiva. El apoyo parlamentario que le dio sus triunfos recientes parece haberse convertido en su nueva base de sustentación.
En este contexto de inestabilidad económica, como en un mar embravecido, el Gobierno se aferra a la balsa que representa la hegemonía lograda en el Parlamento mediante la negociación política. No solo la afinidad une; también lo hace el espanto. La posibilidad de una nueva crisis en el país funciona como pegamento cohesivo para aliados inconsecuentes que no quieren que todo se derrumbe o que no ven una alternativa clara.
El gobierno de Milei parece entrar en una fase en la que la construcción de poder político se vuelve su único punto de apoyo estable. ¿Alcanzará para atravesar las olas de una economía adversa hasta que el viento vuelva a soplar a favor? La evolución de esa combinación entre política y economía será la que defina el futuro del experimento libertario.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
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