El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se encuentra atrapado en la disyuntiva del ludópata. Aquel jugador que ha perdido algo y, para recuperarlo, tiene que redoblar la apuesta, pero eso implicaría un mayor riesgo. Y retirarse, a la vez, lo pone en tensión con la narrativa de triunfo permanente que busca exponer.
"Esta noche una civilización entera va a morir", habían sido las palabras de Trump, que amenazó con la destrucción total de Irán. Finalmente decidió extender por dos semanas el ultimátum para alcanzar un acuerdo que permita reabrir el estratégico Estrecho de Ormuz, tras intensas negociaciones diplomáticas de último momento. La medida evitó, al menos temporalmente, una escalada mayor en el conflicto.
El episodio expone con claridad el estilo de negociación de Donald Trump: una lógica de presión extrema seguida de repliegue táctico. Primero eleva el conflicto al máximo —con ultimátums y amenazas apocalípticas— para luego abrir una ventana de negociación en la que cualquier concesión aparece como una victoria. Trump vive haciendo amenazas que después no cumple. Es su método para negociar.
La amenaza, así entendida, funciona como un mecanismo de coerción. No busca necesariamente ejecutarse, sino alterar el comportamiento del adversario. Es un instrumento psicológico: elevar el costo de no ceder. Pero como todo instrumento, tiene su contracara. Cuando se usa en exceso o sin consistencia, pierde eficacia y puede generar el efecto inverso: endurecer posiciones en lugar de flexibilizarlas.
Lo hizo con los aranceles comerciales, anunciando subas drásticas contra distintos países para luego postergarlas, moderarlas o directamente no aplicarlas, generando incertidumbre pero también desgaste en su credibilidad. Algo similar ocurrió con Groenlandia, cuando planteó la posibilidad de que Estados Unidos adquiriera el territorio: una propuesta extrema que funcionó más como gesto de presión y demostración de poder que como plan realista, y que finalmente no se concretó. En ambos casos, la lógica es la misma: llevar la situación al límite para forzar una reacción, aun sabiendo que muchas veces el resultado no será el anunciado.
Ayer, en este mismo programa, entrevistamos a Juan Belikow, quien explicó esta metáfora: “Trump está en la disyuntiva del ludópata”, “se retira o dobla la apuesta”. Retirarse implicaría aceptar un resultado limitado e “intentar venderlo como triunfo”, algo que ya está ocurriendo. Pero la otra opción —“ir a por más”— supone muchísimo riesgo, tanto en términos militares como políticos, porque podría derivar en una escalada mayor en un contexto donde Estados Unidos tiene debilidades internas y externas.
Pero Trump no actúa sólo, y por eso, para entender mejor la situación podemos recurrir a la teoría de juegos.
Frente a frente tenemos a dos adversarios difíciles de doblegar. Irán supo jugar con los tiempos del desgaste interno de Trump en Estados Unidos y las tensiones geopolíticas.
Tras las amenazas de Trump, el presidente de la República Islámica, publicó en su cuenta de X: "Más de 14 millones de iraníes orgullosos se han inscrito hasta ahora para sacrificar sus vidas en defensa de Irán". Luego, cientos de ciudadanos iraníes se movilizaron formando cadenas humanas para proteger infraestructura clave, aunque no quedó claro si fueron acciones espontáneas o impulsadas por el gobierno.
Según la teoría de juegos existe un escenario denominado el “juego de la gallina”, donde dos actores avanzan hacia el choque esperando que el otro se desvíe primero. Gana quien logra convencer al rival de que no va a frenar. El problema es que, si ambos jugadores hacen lo mismo, el resultado es el desastre.
Esto conecta con una dimensión más incómoda: la deshumanización del adversario. Para que una amenaza de aniquilación tenga efecto político, necesita ser tolerada —o incluso celebrada— por una parte de la opinión pública
"Esta noche una civilización entera va a morir", “El país entero podría ser destruido en una noche y esa noche podría ser mañana por la noche”, fueron las palabras de Trump.
Más allá de lo terrible de la amenaza, es interesante el registro de este mensaje. El propio Donald Trump no se limitó a ejercer presión geopolítica sino que se colocó en un plano simbólico mucho más inquietante: el de quien anuncia y puede ejecutar un final civilizatorio. En una fecha tan cercana a la Pascua, una fecha cargada de sentido en la tradición cristiana por su promesa de redención y renacimiento.
En la imaginería bíblica, el Apocalipsis no es solo destrucción, sino también revelación y juicio final. Al insinuar que una civilización podía “morir” por su decisión, Trump se posicionó como árbitro último del destino histórico, una suerte de instrumento del fin de los tiempos en clave política. Las amenazas de Donald Trump generaron un fuerte rechazo transversal en el interior de Estados Unidos. E incluso en la Iglesia católica.
El Papa León XIV calificó como “verdaderamente inaceptables” las amenazas de Donald Trump contra Irán, luego de que el mandatario afirmara que “toda una civilización morirá esta noche”. Desde Castel Gandolfo, el pontífice subrayó que, más allá del derecho internacional, el conflicto plantea un problema moral que afecta a toda la población, y reiteró su llamado a buscar la paz y rechazar la violencia.
Otra voz fue la de Joe Kent, exdirector del Centro Nacional Antiterrorista, quien renunció en marzo. “Trump cree que está amenazando a Irán con la destrucción, pero ahora quien está en peligro es Estados Unidos”, escribió en X.
“Si intenta erradicar la civilización iraní, Estados Unidos ya no será visto como una fuerza estabilizadora en el mundo, sino como un agente del caos, lo que pondrá fin a nuestra condición de mayor superpotencia del mundo”.
El conflicto en Irán dejó al descubierto una grieta dentro del universo Make America Great Again, alejando a quienes habían creído en la promesa de Trump, quien decía “no voy a empezar una guerra” y luego vieron cómo ese mismo líder, bajo la bandera de “Estados Unidos primero”, ampliaba la intervención militar en distintos frentes como Yemen, Somalia, Siria, Nigeria, Irak y Venezuela. A eso se sumaron amenazas hacia otros territorios, como Cuba o incluso Groenlandia, consolidando la percepción de un giro hacia una política exterior más agresiva que terminó tensionando, y en algunos casos fracturando, su propia base política.
Ahora, el ultimátum de Trump dejó expuesta la ruptura a cielo abierto. Tucker Carlson, conocido comunicador del movimiento, llamó abiertamente a desobedecer al presidente, instando a los funcionarios a decir “no” e incluso a renunciar si se ordenan ataques contra civiles iraníes, y hacer “lo que sea legal para detener esto”.
El senador republicano Ron Johnson advirtió que no apoyaba un ataque contra infraestructura civil iraní y sostuvo que “sería un error garrafal”. Desde la oposición, el líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, fue aún más duro al calificar a Trump como una “persona extremadamente enferma”.
La presión política se intensificó en el Congreso: el líder demócrata en la Cámara, Hakeem Jeffries, y otros legisladores advirtieron que el presidente está “completamente desquiciado” y pidieron actuar antes de que “sumerja al país en la Tercera Guerra Mundial”.
El ultimátum de Trump se inscribe en una tradición política más amplia: la de los líderes que utilizan el miedo como instrumento de negociación. Más allá de la cuestión moral, habría que cuestionarse hasta cuándo una amenaza de tal magnitud funciona, y hasta qué punto no puede convertirse en un búmeran.
La historia ofrece un ejemplo útil para pensar este fenómeno. El cruce del Rubicón por Julio César en el año 49 a.C., no fue solo un movimiento militar: fue, sobre todo, una amenaza llevada a su máxima expresión. El río marcaba el límite legal que ningún general podía atravesar con tropas armadas sin autorización del Senado romano. Cruzarlo implicaba, automáticamente, declararle la guerra a la República. César eliminó toda posibilidad de negociación en el instante en que avanzó. La famosa frase “alea iacta est” (“la suerte está echada”) sintetiza ese momento: ya no hay cálculo posible, solo consecuencias. La amenaza se vuelve creíble porque se ejecuta.
En términos de teoría política, el Rubicón marca el pasaje de la coerción potencial a la coerción efectiva. Hasta ese punto, César podía presionar, negociar, tensar. Después del cruce, el conflicto era inevitable. Y ahí radica su potencia simbólica. Por eso el Rubicón sigue siendo una metáfora central en la política: representa el momento en que un líder deja de negociar y pasa a imponer. La decisión irreversible que transforma la amenaza en acción.
Pero a diferencia de Julio César, finalmente Trump retrocedió, lo que en Irán consideraron un triunfo.
El acuerdo fue posible gracias a la mediación de Pakistán. Estados Unidos e Israel aceptaron suspender los ataques, mientras que Irán se comprometió a permitir el paso seguro por el estrecho durante ese período, en lo que se definió como un alto el fuego condicionado.
Desde Teherán, el régimen confirmó la aceptación de la tregua, aunque aclaró que no implica el fin de la guerra y que responderá ante provocación. El acuerdo cuenta con el aval del líder supremo, Mojtaba, y abre la puerta a nuevas negociaciones directas con Estados Unidos, que se llevarían a cabo en Islamabad en los próximos días.
La propuesta iraní incluye un plan de diez puntos que contempla, entre otras condiciones, el levantamiento de sanciones, el cese de ataques y garantías de seguridad para Irán. A cambio, el país levantaría el bloqueo del Estrecho de Ormuz e implementaría una tasa a los buques que lo atraviesen, cuyos ingresos serían destinados a la reconstrucción de Irán tras los ataques recientes. Una suerte de sanción de guerra indirecta.
El anuncio tuvo un impacto inmediato en los mercados globales: el precio del petróleo cayó con fuerza y los mercados financieros reaccionaron positivamente. Aunque persisten dudas sobre si Occidente aceptará levantar sanciones sin mayores concesiones —especialmente en materia nuclear—, el acuerdo abre una ventana de oportunidad para avanzar hacia una desescalada del conflicto. El conflicto dejó hasta ahora un saldo humano devastador y crecientes repercusiones políticas. Se reportan más de 1600 civiles muertos en Irán, cientos de víctimas en Líbano e Israel, y bajas también en países del Golfo y entre tropas estadounidenses.
La prórroga del ultimátum de Trump no cierra el episodio: lo desplaza. Lo que queda en pie no es tanto una decisión concreta como un método que empieza a mostrar sus límites estructurales. Cuando la política exterior de la primera potencia mundial se vuelve dependiente de shocks discursivos permanentes, cada nuevo movimiento necesita ser más intenso que el anterior para producir el mismo efecto. Ese umbral creciente eleva los riesgos y reduce los márgenes de maniobra real: cuanto más alto se lleva el conflicto en el plano simbólico, más costoso resulta.
En ese contexto, el problema ya no es únicamente qué hará Trump frente a Irán, sino qué tipo de sistema internacional contribuye a consolidar. Si la previsibilidad es reemplazada por una lógica de sobresaltos, los actores dejan de reaccionar a incentivos estables y pasan a prepararse para escenarios extremos. Y las consecuencias de una guerra a gran escala abarcan a los 8 mil millones de habitantes que tiene el mundo.
Por eso, más que un punto de inflexión, este episodio funciona como un síntoma. Señala una forma de ejercer el poder que, en su búsqueda de resultados inmediatos, compromete su propia sostenibilidad en el tiempo.
El llamado “reloj del Apocalipsis”, creado en 1947 por el Bulletin of the Atomic Scientists en el contexto inmediato de la posguerra y el inicio de la Guerra Fría, surgió como una advertencia frente al poder destructivo inaugurado por las armas nucleares tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Es, en esencia, un termómetro simbólico del estado del mundo: cuánto nos acercamos —o nos alejamos— de una catástrofe de escala civilizatoria.
Sin embargo, la propia lógica del reloj admite también movimientos en sentido contrario. La tregua alcanzada, aun frágil y condicionada, introduce una pausa en la inercia de escalada y demuestra que incluso en los escenarios más tensos persiste un margen para la negociación. No es una solución definitiva, pero sí una señal: la de que el conflicto no es inevitable y que las decisiones políticas todavía pueden inclinar la balanza.
Irán aceptó la tregua de Trump y reabre Ormuz: “Es una victoria”
En ese pequeño retroceso de las agujas, luego de la amenaza de Trump, se juega una posibilidad concreta: que el mundo no esté condenado a avanzar siempre hacia la medianoche.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
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