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MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 855: Caída de Orbán, debacle de Trump y 100 días de Mamdani

La caída del principal referente europeo de la derecha dura y el desgaste del líder de la Casa Blanca empiezan a mover piezas que parecían intocables. Ante ese tablero inestable, la Argentina asoma como un nuevo foco de tensión, donde el futuro político todavía está abierto y todo puede cambiar.

DÍA 855: CAÍDA DE ORBAN, DEBACLE DE TRUMP Y 100 DÍAS DE MAMDANI
DÍA 855: CAÍDA DE ORBAN, DEBACLE DE TRUMP Y 100 DÍAS DE MAMDANI | Net Tv

Si la historia es algo que las personas hacemos o algo que a las personas nos pasa, no es un debate saldado. Es decir, no se sabe en qué medida somos protagonistas o simples hojas arrastradas por el viento del proceso histórico que nos tocó vivir. Luego de 16 años fue derrotado el mandatario de extrema derecha en Hungría, Viktor Orbán, las negociaciones de paz entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán por el otro, fracasaron y la popularidad del mandatario norteamericano sigue diluyéndose más rápido que la de Milei, alguien que tiene su suerte atada a la del republicano.

Paralelamente, Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York, la ciudad más importante del mundo y un representante del progresismo más radicalizado, cumplió sus primeros cien días de gestión con un balance positivo. ¿Estamos frente al inicio de un cambio de ciclo histórico o son las simples contradicciones de un proceso determinado por el auge de la extrema derecha? Esta pregunta, ¿se podrá responder conforme a los errores y aciertos de Trump, Milei y Orbán por un lado y del presidente electo de Hungría, Péter Magyar, Mamdani y la oposición argentina, por el otro o son fuerzas más importantes que los actores mismos los que determinan el proceso? Preguntas que son difíciles de responder pero que ayudan a pensar con más profundidad el tiempo que nos toca vivir.

Hay testimonios en inglés también de personas que celebran el acercamiento a la Unión Europea que este triunfo significa. Esta también es una derrota de Trump que comparte con Orbán la CPAC, la cumbre conservadora.

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La derrota de Viktor Orbán marca el cierre de una experiencia política que durante dieciséis años tensó los límites de la democracia desde adentro, sin necesidad de abolirla. Su proyecto no fue el de una dictadura clásica, sino el de una arquitectura más sutil: mantener las formas electorales mientras se vaciaban los contrapesos que les dan sentido. A poco de asumir, impulsó una nueva Constitución a medida, rediseñó el sistema electoral para favorecer a su partido y ocupó con leales los resortes clave del Estado. La justicia perdió independencia a través de reformas y desplazamientos forzados; los organismos de control dejaron de controlar.

El frente mediático fue igual de decisivo: no hubo cierre masivo de medios, sino una progresiva concentración en manos afines y una asfixia económica sobre las voces críticas. El resultado fue un ecosistema donde la pluralidad sobrevivía, pero debilitada, cada vez más irrelevante frente a una maquinaria comunicacional alineada con el poder. En paralelo, las organizaciones de la sociedad civil fueron hostigadas y encuadradas como agentes sospechosos.

Sobre esa base institucional, Orbán construyó un discurso ideológico nítido: nacionalismo, rechazo frontal a la inmigración, defensa de valores cristianos y una agenda abiertamente restrictiva en materia de derechos sexuales: el Estado como guardián moral. Bajo ese marco, avanzó en una serie de medidas que, sin criminalizar abiertamente la diversidad, la empujaron hacia la invisibilidad. La más emblemática fue la ley de 2021 que prohibió lapromoción de la homosexualidad y la identidad de género en contenidos a menores, una formulación deliberadamente ambigua que terminó funcionando como un mecanismo de censura preventiva en escuelas, medios y producciones culturales.

El efecto fue inmediato: programas educativos suspendidos, libros retirados, autocensura en medios y una creciente estigmatización de cualquier discurso que se apartara de la norma heterosexual. No se trató solo de limitar derechos, sino de redefinir qué podía ser dicho en el espacio público. En paralelo, se prohibió el reconocimiento legal de la identidad de género para personas trans, congelando su identidad en el sexo asignado al nacer y anulando cualquier posibilidad de adecuación documental. La Constitución misma fue modificada para establecer que “la madre es mujer y el padre es hombre”. La adopción por parte de parejas del mismo sexo fue prácticamente eliminada.

Todo este andamiaje no operó aislado, sino en sintonía con una narrativa más amplia: la idea de que Europa estaba bajo amenaza cultural y que la diversidad sexual formaba parte de esa supuesta disolución. Así, los derechos sexuales dejaron de ser una cuestión de libertades individuales para convertirse en un campo de batalla político. No hubo persecución masiva en términos clásicos, pero sí algo más sofisticado y, en cierto sentido, más eficaz: un clima donde existir seguía siendo legal, pero cada vez más condicionado, más silencioso, más marginal.

La política dejó de ser administración para convertirse en una disputa cultural permanente, donde el adversario era presentado como amenaza existencial. Incluso en el plano económico, el esquema derivó en un capitalismo de aliados, con recursos y sectores estratégicos transferidos a empresarios cercanos.

El resultado fue lo que muchos organismos internacionales definieron como un régimen híbrido: una democracia formal, pero con reglas alteradas. Por eso su caída no es simplemente un recambio, sino la interrupción de un modelo que parecía haber encontrado una fórmula eficaz: conservar las urnas mientras se vaciaba todo lo demás.

Además, la caída de Orbán es la caída del modelo más eficaz de Occidente de la extrema derecha para mantener el poder. Hungría no es el país más importante que dirige la extrema derecha, pero sí en el que tenía un poder más consolidado y en el que se había logrado vaciar la democracia desde adentro. Que el propio sistema democrático haya podido dar respuesta con una opción de derecha, pero democrática representa una reacción de la sociedad occidental.

Hace apenas algunas semanas, Trump se arrogaba las victorias de sus aliados internacionales. Dijo que gracias a su apoyo, y a los 20 mil millones de dólares de Bessent podríamos agregar, Milei resultó vencedor en las elecciones legislativas del año pasado en nuestro país. En la misma oportunidad, dijo que apoyará a Viktor Orbán. Evidentemente sus palabras de apoyo dejaron de tener aquel efecto mágico, otro signo del momento. Probablemente, la caída de popularidad en su propio país tenga que ver con la caída de la popularidad mundial.

El promedio de encuestas que releva The Washington Post ubica su aprobación en torno al 37%, uno de los niveles más bajos de su segundo mandato, con una caída de entre uno y tres puntos desde el inicio de la escalada con Irán y el colapso de las conversaciones diplomáticas. No es un desplome, pero sí una tendencia persistente. En la misma línea, sondeos citados por Newsweek muestran una relación más cruda: 43% de aprobación contra 57% de rechazo, ampliando la brecha negativa en comparación con semanas anteriores.

Lo relevante no es solo el número, sino el motivo. En esas mismas mediciones empieza a crecer el peso de la política exterior como factor de desaprobación, algo que no siempre ocurre en la opinión pública estadounidense, tradicionalmente más enfocada en la economía doméstica. La percepción de una estrategia errática —treguas confusas, anuncios contradictorios y finalmente el endurecimiento de la posición frente a Irán— empieza a consolidarse como un problema político en sí mismo. Coberturas de Reuters y The Guardian remarcan ese clima de desorden, donde la administración oscila entre la negociación fallida y la escalada, sin lograr instalar una narrativa de control.

Sin embargo, el dato más significativo es lo que no sucede. No hay un castigo abrupto ni un cambio masivo de opinión. La base republicana se mantiene en gran medida alineada con Trump incluso en este contexto, mientras que demócratas e independientes críticos refuerzan posiciones que ya estaban consolidadas. La crisis no reconfigura el mapa: lo endurece. Es la lógica de un sistema político donde los hechos importan menos que la identidad previa con la que se los interpreta. En ese marco, incluso un traspié internacional de magnitud tiende a ser absorbido por la grieta antes que traducido en un corrimiento significativo del electorado.

Así, el escenario que se abre es más de desgaste que de ruptura. Trump no paga todavía el costo pleno del fracaso diplomático, pero tampoco logra capitalizar la crisis. Su imagen queda atrapada en una especie de equilibrio negativo: suficientemente sólida como para resistir, pero demasiado débil como para crecer. Y ahí aparece un riesgo más profundo. Porque si la política exterior empieza a sumarse, aunque sea gradualmente, al conjunto de factores que explican su rechazo, el problema deja de ser coyuntural y se vuelve estructural. No es una caída brusca la que amenaza, sino algo más lento y, en términos políticos, más peligroso: la acumulación silenciosa de desgaste en un liderazgo que depende, como pocos, de sostener la percepción de fuerza y control.

El régimen iraní hace tiempo empezó a viralizar en las redes un conjunto de videos que tienen una estética de los legos, aquellos Rasti de plásticos que se usaban como juego infantil, con el objetivo de desacreditar a Trump y conectar con esta erosión en su popularidad dentro de Estados Unidos. De la vereda de enfrente, ideológica, el alcalde neoyorquino, Zohran Mamdani cumplió el viernes pasado los primeros 100 días de su mandato.

El arranque de gestión de Zohran Mamdani en Nueva York estuvo lejos de la épica transformadora que insinuaba su campaña y más cerca de la fricción inevitable entre programa e institución. Sus primeros cien días mostraron a un alcalde decidido a marcar agenda —con anuncios sobre control de alquileres, expansión de servicios públicos y un enfoque más intervencionista en transporte y vivienda— pero también condicionado por los límites estructurales de la ciudad y del propio sistema político neoyorquino. La tensión con el sector inmobiliario apareció de inmediato, no tanto por medidas concretas ya implementadas sino por la señal política de avanzar sobre regulaciones más duras.

Aun así, hubo avances concretos, aunque de escala más modesta que la prometida. En vivienda, su administración logró destrabar programas de asistencia al alquiler y acelerar la ejecución de fondos previamente subutilizados, además de ampliar dispositivos de emergencia para personas sin techo en coordinación con organizaciones comunitarias. }

En transporte, impulsó ajustes operativos como mayor frecuencia en líneas de colectivos y extensión de carriles exclusivos, medidas que impactan en la vida cotidiana pero que no alteran la estructura del sistema. En seguridad, comenzó a redirigir recursos hacia programas de salud mental y prevención social, un giro que difícilmente arroje resultados inmediatos pero que redefine prioridades.

El problema es que estos movimientos conviven con expectativas mucho más altas. Mamdani llegó con una narrativa de ruptura, y la gestión real se parece más a una ingeniería de correcciones graduales dentro de un sistema que tiende a absorberlas. Nueva York no es una hoja en blanco: el poder está fragmentado, el presupuesto condicionado y los actores económicos tienen capacidad efectiva de veto. En ese marco, cada avance es también una negociación.

En términos de opinión pública, su imagen refleja esa ambivalencia. Encuestas difundidas por medios como The New York Times y NY1 lo ubican con niveles de aprobación en torno al 48%–52%, con un diferencial todavía levemente positivo pero en descenso respecto del entusiasmo inicial. Es un respaldo suficiente para sostener gobernabilidad, pero insuficiente para imponer cambios de fondo sin resistencia.

El balance, entonces, no es el de un fracaso ni el de una consolidación, sino el de una transición. Mamdani logró instalar prioridades y producir algunos resultados tangibles, pero todavía no consiguió traducir esa energía política en transformaciones de impacto masivo. Sus primeros días confirman algo menos romántico que su campaña: gobernar Nueva York no es empujar una agenda, es administrarla en medio de fuerzas que, casi siempre, trabajan para limitarla.

En nuestro país, la caída de popularidad de Milei sucede en paralelo a la de Trump. El frente económico vuelve la vida cada vez más difícil para la mayoría de los argentinos, los casos de corrupción tienen pruebas cada vez más evidentes y la llamada batalla cultural del Gobierno es vista por amplios sectores de la población como una pérdida de tiempo. Aún no se sabe si esta caída generará por sí misma un triunfo de la oposición, particularmente del peronismo que es el sector opositor que ha quedado más entero desde que asumió el libertario y se fragmentaron todos los espacios.

En este sector empezaron a verse movimientos, en los que primero las diferentes tribus del peronismo que van desde Juan Grabois en la extrema izquierda a Pichetto en la centroderecha, dieron declaraciones acerca de la necesidad de un gran frente antimilei, algunos ordenados por las PASO y otros sosteniendo la necesidad de una elección interna y luego se empezó a ver como exintegrantes de Juntos por el Cambio como Massot y Monzó se reunieron con el gobernador, Axel Kicillof, quien es el candidato más claro del peronismo de cara al año próximo.

¿Es suficiente la unidad de la oposición para derrotar a Milei o requiere de alguna idea superadora del repertorio ideológico libertario? Es decir, en términos kicillofistas, ¿basta con tocar las mismas canciones de intervencionismo estatal y sensibilidad social o además hay que demostrar que se quiere el equilibrio fiscal y el orden macroeconómico? ¿O volviendo al principio, está en manos de los dirigentes de la oposición el cambio de ciclo político o la fuerza de la historia determinante en este momento por el auge de la extrema derecha es aún mayor?

Cuando Milei ganó las elecciones, una de las explicaciones resumía el triunfo libertario en el fracaso de la gestión de Alberto Fernández al frente de un gobierno que hablaba deEstado presente” y se reclamaba progresista. Sin embargo, hace unos años atrás había ganado Bolsonaro en Brasil, luego del gobierno de Temer, abiertamente de derecha y que tenía intervenido militarmente Río de Janeiro y luego ganó Trump su segundo mandato, Meloni en Italia y Kast en Chile, ¿todo es responsabilidad del fracaso de gestiones progresistas o estamos hablando de fuerzas más complejas?

Por otro lado, el gobierno de AMLO en México logró sobrevivir a la ola de recambios presidenciales post-pandemia y evidentemente algún mérito tuvo. De nuevo, la porción de responsabilidad que tienen las acciones individuales y las fuerzas de la historia en el proceso político que se vive es incierta. La única forma de averiguarlo es en el caso de los dirigentes políticos, actuando con la responsabilidad del caso y en el caso del resto de la población, votando y manifestándose de manera democrática e informada.

La idea que planteaba Jean-Paul Sartre sobre el libre albedrío lo resume con claridad: “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

MV