La inversión en Argentina atraviesa un escenario crítico: aunque se mantiene un flujo de inversión extranjera directa en sectores como energía y minería impulsados por nuevos incentivos, la inversión productiva y manufacturera continúa muy débil y aparecen señales de desinversión en otras áreas. Sin más, el economista Diego Giacomini advirtió que el país acumula tres décadas de descapitalización y sostuvo en Modo Fontevecchia, por Net TV, que “Milei tiene el peor nivel de inversión de los últimos siete presidentes”, cuestionando además la eficacia del RIGI.
El economista, consultor económico y profesor universitario, Diego Giacomini, está especializado en macroeconomía, economía internacional y política económica. Se desempeña como fundador y director de la consultora E² (Economía & Ética), que asesora a empresas nacionales e internacionales, y como profesor en universidades como la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Belgrano. Además, fue socio intelectual del presidente Javier Milei durante años, con quien coescribió varios libros, aunque en años recientes ha pasado a ser uno de sus críticos más frecuentes.
La cantidad de proyectos que plantea el RIGI. Quiero recordar que había aprobado entre 10.000 y 19.000 millones de dólares y que existía una expectativa de otros casi 40.000; en total, si se aprobaran todos, serían alrededor de 50.000 millones de dólares, con la exigencia de pagar solamente el 20% al contado y el resto a lo largo de los años. Eso implicaría unos 10.000 millones de dólares de aumento de la inversión dentro del esquema del RIGI a lo largo de varios años, lo que representaría sobre el producto bruto un incremento ese año de 4 o 5% del total de la inversión sobre el PBI. Sin embargo, dado que la inversión es tan baja y probablemente la menor en muchísimo tiempo, aun con todo el RIGI la Argentina volvería apenas a los niveles promedio que tenía antes de Milei. Por eso me gustaría una reflexión tuya: ¿a qué obedece la menor inversión registrada en estos dos años y cuánto creés que puede modificar el RIGI? ¿Realmente logrará compensar la pérdida acumulada en este período?
Primero quiero señalar que Argentina, desde finales de los años 90, es uno de los países con menor inversión bruta interna en Latinoamérica, y Latinoamérica es la región que menos invierte en el mundo. En términos comparativos, nuestro país se ubica entre los de menor nivel de inversión global. Y esto ocurre desde mediados de la década del 90.
Al ingresar al siglo XXI se observa que la relación inversión bruta interna/PBI cayó de manera sistemática. Con Néstor Kirchner fue 17,8%; en el primer gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, 17,1%; en el segundo, 15,9%; con Mauricio Macri, 14,3%; con Alberto Fernández, 14,9%; y con Javier Milei se registran los peores niveles de los últimos siete presidentes, con un promedio de 13,6%. Además, dentro del propio gobierno de Milei la tasa descendió.
Primera reflexión: el RIGI no existe desde hace poco tiempo. Aun con el régimen vigente, la inversión muestra el peor desempeño del siglo XXI durante el gobierno de Javier Milei. Si a esto se agrega que, como resultado, Milei es el único presidente con saldo negativo de inversión extranjera directa —es decir, cuando se netea lo que ingresa con lo que egresa— en los primeros 24 meses de gestión, los datos son concluyentes. Estos son los números de los últimos 30 años.
La inversión es la variable más importante de la economía. En el modelo de Javier Milei adquiere incluso mayor relevancia relativa que en otros esquemas, aun siendo central en cualquier modelo económico. Sin embargo, el desempeño bajo el RIGI es, hasta ahora, el peor de todos. Esto confirma una decadencia de más de 30 años que se profundiza. Lejos de constituir una bisagra histórica, en materia de inversión el actual gobierno acelera un proceso descendente.
La reforma impulsada por Federico Sturzenegger no muestra resultados visibles. Un ejemplo cotidiano es la compra y patentamiento de un automóvil: los trámites y costos son los mismos que en años anteriores.
La inversión es una variable de largo plazo: primero se proyecta, luego se evalúa y finalmente los accionistas deciden ejecutarla. Cuando comienza, genera un shock de demanda y no de oferta, porque la ampliación de la capacidad productiva solo ocurre cuando el proyecto está terminado y operativo, lo que puede demorar entre tres y seis años. Sin embargo, el enfoque oficial es financiero: se habla de montos en dólares y del impacto en el mercado cambiario, no del aumento de la tasa de crecimiento del PBI potencial ni de la capacidad de crecer con baja inflación.
La tasa de crecimiento del PBI potencial determina cuánto puede expandirse la economía de manera sostenida sin generar presiones inflacionarias. Hoy ronda el 1% anual. Esto implica que, para aspirar a una inflación cercana al 5% —nivel habitual en países emergentes—, el crecimiento sostenible también debería ubicarse en torno al 1%.
El Ministerio de Economía, durante la segunda mitad del gobierno de Mauricio Macri y bajo la gestión de Nicolás Dujovne, estimó que esa tasa era de 1,7% hacia fines de 2017. Desde entonces la inversión cayó, se destruyó capital, no se repusieron equipos deteriorados, empresas cerraron y el capital humano se deterioró, reduciendo la productividad total.
Según datos de la CEPAL, Argentina es el único país entre los principales de Latinoamérica cuya productividad laboral disminuye: trabajando la misma cantidad de horas se produce menos, o se requiere más tiempo para producir lo mismo. Con menos capital, menor productividad del capital y del trabajo, y un Ministerio de Capital Humano centrado en planes sociales, el horizonte de mediano plazo en términos de actividad y crecimiento no resulta promisorio, sino una continuidad de la tendencia de las últimas décadas.
Argentina necesitaría 10 puntos más de inversión bruta en relación con el PBI y, siendo optimista, el RIGI podría aportar apenas uno y medio. ¿Por qué uno y medio? Si fueran 50.000 millones de dólares distribuidos en tres años, ¿no equivaldría a tres puntos del PBI?
Hay que netear ese cálculo con la inversión que se sigue destruyendo en otros sectores. Cuando una empresa quiebra o cierra, esa inversión desaparece; por eso me refiero al aporte adicional y no al efecto bruto. No hablo del resultado final, sino del impacto directo: 50.000 millones en tres años podrían sumar tres puntos de inversión sobre el producto. Después, otras variables pueden reducir ese efecto, pero el aporte teórico sería ese.
Ese razonamiento es un ejercicio de Excel. La inversión no se proyecta en el vacío: dentro de tres años puede haber otro gobierno y otras condiciones económicas. Las proyecciones suelen trasladar una foto del presente hacia el futuro con supuestos optimistas, sin considerar que los precios y los mercados cambian. Muchas veces se basan en los mejores valores recientes y responden a una lógica financiera más que productiva. En ese contexto, cabe preguntarse si las estimaciones oficiales reflejan un análisis macroeconómico estructural o una mirada predominantemente financiera.
Una pregunta: de tu análisis surge que los datos muestran que Javier Milei registra el nivel más bajo de inversión bruta interna entre los últimos siete presidentes, en una tendencia descendente que se arrastra desde fines de los 90, cuando terminó el ciclo de inversión asociado a las privatizaciones. Si no entiendo mal, aunque sea levemente, el único que interrumpió esa caída fue Alberto Fernández.
No exactamente. Alberto Fernández tuvo un nivel algo mayor que Mauricio Macri, es decir, destruyó un poco menos de capital que su antecesor. Es una paradoja: el que menos profundizó la caída en los últimos años fue, al mismo tiempo, uno de los gobiernos peor evaluados. Eso muestra cómo la percepción pública y los datos económicos no coinciden.
El último presidente que no destruyó capital fue Néstor Kirchner. En su mandato la inversión promedió 17,8% del PBI; en el primero de Cristina Fernández, 17,1%; en el segundo, 15,9%; con Macri, 14,3%; y con Alberto Fernández, 14,9%. Un estudio del Ministerio de Economía de comienzos del siglo XXI —no volvió a actualizarse— estimaba que se necesita al menos 17,5% del PBI en inversión para compensar la amortización y evitar la descapitalización.
Es decir, solo para reponer el desgaste de maquinaria y equipos hace falta invertir alrededor de 17% del producto. En tu serie, el único que superó ese umbral fue Néstor Kirchner. ¿Y Eduardo Duhalde?
No tengo ese dato a mano. En cualquier caso, los niveles más altos se registraron en los primeros años de la convertibilidad, impulsados en gran parte por el proceso de privatizaciones.
MV/ff