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MODO FONTEVECCHIA
Conflicto histórico

Los teólogos Federico Tavelli y Luis Liberti: “La experiencia de la Dictadura hizo a la Iglesia más progresista”

Los autores de Confesiones de Estado indagan en archivos inéditos del Vaticano para reconstruir una trama incómoda. Así, su libro abre interrogantes sobre responsabilidades, desarma mitos instalados y propone una lectura necesaria para entender el presente de la Iglesia y su relación con la sociedad.

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La relación entre la Iglesia Católica y la última dictadura militar argentina estuvo marcada por tensiones internas y contradicciones entre su apoyo inicial al régimen y las crecientes denuncias de violaciones a los derechos humanos. A partir de una entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), los teólogos Luis Liberti y Federico Tavelli, autores de Confesiones de Estado revelaron un panorama donde el Vaticano tenía información precisa sobre los crímenes de lesa humanidad y subrayan que: “La Dictadura hizo a la Iglesia más progresista”.

El sacerdote católico, teólogo e investigador, Luis Liberti, es presbítero de la congregación de los Misioneros del Verbo Divino y doctor en Teología por la Universidad Católica Argentina (UCA), donde también se desempeña como profesor, director del Departamento de Teología Pastoral y coordinador de investigaciones. Se especializó en estudios sobre la Iglesia en América Latina y la recepción del Concilio Vaticano II. Además, fue uno de los autores de la obra “La verdad los hará libres”, un trabajo de investigación impulsado por la Iglesia para analizar su rol.

El historiador, politólogo y teólogo argentino, Federico Tavelli, es doctor en Teología y licenciado en Ciencias Políticas, con investigaciones posdoctorales en Europa, y se desempeña como profesor e investigador en la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA) y en la Universidad de Friburgo, en Alemania. Además, ha tenido un rol destacado en investigaciones sobre el papel de la Iglesia durante la violencia política en la Argentina, siendo coautor de la obra La verdad los hará libres, basado en documentos inéditos del Vaticano y de la Iglesia local.

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En Confesiones de Estado, han logrado sintetizar lo que es una práctica que define prácticamente el ritual del catolicismo, al mismo tiempo, en lugar de terrorismo de Estado, confesiones. En el orden que usted prefiera, me gustaría que nos hiciera una síntesis de lo que ustedes narran en el libro.

FT: En realidad tiene que ver con un encuentro confidencial que tiene Videla con el nuncio Pio Laghi, es decir, el embajador del Vaticano en Argentina en esa época, en el cual el nuncio siempre es insistente en tener información respecto de los desaparecidos. Por supuesto, esa información siempre es negada. En un determinado momento, en la Quinta de Olivos, en el año 78, Videla le dice: "Pero esos son secretos de Estado".

Finalmente reconoce frente a Pio Laghi, en ese momento, dice: "Son unos 2000 o 3000", y más adelante, en otra reunión, aumenta ese número: habla de 5000 o 6000 en esa reunión confidencial. Eso es un poco, de alguna forma, el pie, esta gradualidad que empieza a verse en la relación de la junta militar con la iglesia, en ir largando la información de a poco para no perder la confianza de la institución.

¿Cuál es el balance ético de la participación de la iglesia? Me viene a la memoria las discusiones acerca de la participación de la iglesia en el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. A posteriori, siempre, la iglesia frente a situaciones tan extremas queda insuficiente cualquier acción y se recalca más lo malo que lo bueno. No sé, una mirada más metafísica, no solo este caso, sino todos los casos similares.

LL: Nosotros nos hemos restringido, en este estudio, a la institucionalidad de la iglesia, sobre todo la Conferencia Episcopal Argentina y, particularmente, la cara visible de esa conferencia: el presidente, los vice, el secretario. Ahí pusimos el foco, o, como decía Federico, también el nuncio, porque la investigación fue sobre la Argentina y también sobre lo que el Vaticano recibía. Ahí uno puede hacer una aproximación, que siempre será parcial.

Primero el Vaticano y luego la iglesia argentina. Evidentemente, alguna información seguían con atención desde el Vaticano sobre lo que pasaba aquí, al punto de que Juan Pablo II vino a impedir una guerra con Chile. Estaba bastante compenetrado de dos países católicos como eran Chile y Argentina. Al mismo tiempo, no solo la guerra: el sistema de asesinatos políticos se daba de ambos lados de la cordillera.

LL: Ya antes de Juan Pablo II es muy interesante. Lo hemos destacado particularmente en este libro. El 27 de septiembre de 76, cuando todavía Pablo VI recibió al nuevo embajador argentino ante la Santa Sede, el doctor Blanco, en el discurso fue muy directo: "Quiero que me den razones de cómo, en un país católico, se ha asesinado a los palotinos o a los curas de Chamical y muchos otros". Eso tuvo repercusión internacional.

Gracias a esa intervención de Pablo VI, a los pocos meses, el ministro de culto y de relaciones exteriores hace una circular a todo el gabinete: "Miren, hay que empezar a cambiar la postura".

En octubre de 76 ya encontramos un documento que refleja eso, lo que dijo Pablo VI a la embajada. En ese aspecto, el Vaticano siempre tuvo excelente información. Además, el Vaticano no solo recibía de la Argentina; es un estado con múltiples relaciones. Distintas nunciaturas recibían información.

¿Cambió algo la actitud de Pablo VI y Juan Pablo II? Viniendo Juan Pablo II​, podríamos decir que era un hombre marcado por preocupación ante sistemas dictatorial, considerando la amenaza comunista internacional sobre Argentina, según el argumento de la dictadura.

LL: Lo que pudimos constatar es que el Vaticano siempre estuvo al tanto de lo que acontecía y enviaba, a través de la nunciatura, indicaciones, sugerencias, propuestas y señalamiento de caminos posibles. El Vaticano interactuaba con el nuncio y este lo transmitía, a través de los órganos oficiales, como la Conferencia Episcopal Argentina, en participaciones con la Comisión Ejecutiva o en asambleas. También vimos que, en asambleas, los anuncios daban pie a indicar: "Tal actitud, tal momento". Hubo cambios con un nuncio y otro a lo largo de los años.

FT: Al inicio, más o menos todos estaban de acuerdo con el golpe, sin saber demasiado lo que iba a venir. Pero a medida que se fueron conociendo los hechos, la iglesia actuaba como un termómetro. Las desapariciones llegaban a obispos y curas. Algunos obispos tenían posiciones más privilegiadas, por ejemplo, el obispo militar tenía mayor conocimiento. Así se empieza a ver una separación entre el diagnóstico de los obispos en Argentina y del Vaticano.

Los obispos estaban en el clima ideológico de la época. Tenían miedo de un gobierno marxista, miedo de que cayera Videla y viniera uno más duro. Optaban por indicar en privado que se siguieran los principios cristianos, que el fin no justifica los medios, pero no pasaban de esa línea. Mientras, el Vaticano, al recibir información sobre crímenes atroces, inclusive contra sacerdotes o asesinato de obispos, se sorprendía: "Es un país cristiano, no hay persecución hacia cristianos". Ahí se separa el diagnóstico y la intervención.

En una entrevista a los 10 años de asumir, el Papa Francisco contó las peleas que tuvo, incluso con Macera, de forma metafórica, sobre los padecimientos y consejos a los jesuitas. Me gustaría que contaran específicamente el caso de Bergoglio, qué hizo esos años, tema controvertido por una nota de Verbisky, que luego se comprobó lo contrario: el Papa defendió a los católicos.

FT: Primero, sin el Papa Francisco, no hubiéramos podido investigar nada. Tanto en la obra previa en la Universidad Católica La Verdad, los Ara Libres, como en esta obra, tuvimos un permiso extraordinario del Papa para revisar documentación que no era de un archivo o museo, sino que estaba en oficinas. Los documentos se pueden acceder hasta los años 50, pero no los 70 y 80. Fue revolucionario.

Respecto a lo que mencionás, la acusación de que el Papa habría entregado a dos jesuitas no fue cierta. Había un desentendimiento entre lo que querían los sacerdotes y él, como superior de los jesuitas. Cuando los grupos de tareas llegaron a la villa donde estaban el padre José Halix y José Yorio, los secuestraron. Bergoglio activó gestiones, inclusive con el nuncio Pio Laghi, que permitieron su recuperación.

Posteriormente, él se reunió con familiares, los hermanos de uno de ellos, en el Vaticano.

LL: Es un tema muy grande, difícil de acotar en minutos. Hay que considerar el contexto, con reforma del concilio y nuevas formas de presencia sacerdotal, sobre todo en sectores pobres. Un grupo de jesuitas quería eso; otro no estaba preparado ni interesado. Los primeros 10-15 años del concilio fueron búsquedas y modos. Había un contexto de cambio y conflicto interno, salir de la seguridad de muros y conventos era complicado.

FT: Francisco era superior provincial, joven, 30 y pico de años. Dijo: fui duro, pero el superior no puede actuar solo sin respaldo. Un grupo mayoritario estaba en contra de lo que hacían José Halix y José Yorio.

José Halix y José Yorio trabajaban en villas y querían continuar. Bergoglio les pidió que no lo hicieran, por peligro y seguridad, debido a secuestros anteriores. Ellos incluso querían irse de la congregación en ese momento, y justo ocurrió el secuestro, activando las alarmas.

¿Cuánto creen ustedes que ese episodio, cuando la Argentina probablemente los barrios carenciados debían ser un décimo de los actuales en cantidad o en tamaño de población —o sea, un fenómeno infinitesimal comparado con el que terminó siendo—, caló en Francisco para que luego fuera tan activo en el tema de los curas villeros, incluso en el hecho de que el padre Mujica tuviese en su propio barrio, que lleva su nombre, su cuerpo allí? ¿Cuánto lo convirtió a Francisco en un activista de los curas villeros, o hubo una transformación en eso? ¿Ese hecho le generó a él internamente algo que lo marcó para siempre?

LL: Hay algo que estamos investigando, porque después que hicimos La verdad los hará libres, nos han quedado muchas preguntas y esta es una: ¿de dónde vienen las raíces de Francisco? ¿Por qué después terminó haciendo lo que hizo como Papa y lo que estaba haciendo acá en Buenos Aires?

¿Por qué terminó como Halix y Yorio haciendo lo que hacían ellos, para luego oponerse y después terminar haciendo lo que ellos realizaban?

LL: Lo que estamos observando y entendiendo es que acá en Argentina, como en gran parte de la Iglesia, y vuelvo al Concilio Vaticano II​, porque es un antes y un después, es donde se empezó a pensar el cambio externo de la Iglesia, que no era solamente, bueno, la misa de cara al pueblo, sino todo el tema de la pobreza de la Iglesia. Hemos estado investigando que este tema se estaba instalando durante toda la época del Concilio.

No se olvide que Bergoglio convivió con grandes sacerdotes que después, acá en Argentina, como el padre Juan Carlos Scannone SJ, el padre Fernando Storni y el padre José Zilli, ayudaron a instalar el Concilio Vaticano II, y él convivía todos los días con ellos en San Miguel, porque todos eran profesores en la facultad de los jesuitas, y los diálogos, conversaciones y extensiones de lo que hablaban se trasladaban a la mesa cotidiana.

Hay aspectos que Francisco quizás fue tan reservado que es difícil encontrar todas las betas, pero uno es que el tema de la pobreza lo acompañó toda su vida, y lo que expresó y vivió nos ayudó a pensar, orar y actuar, porque él lo estaba viviendo. Los testimonios de quienes lo conocieron resaltan su austeridad y sencillez. Aspectos que reitero, lo que apareció fue la punta del iceberg, pero abajo había mucho fundamento. La Iglesia se preocupó durante el Concilio de pensar a los pobres, no solo como sujetos, sino como lugares de identificación, que es lo que nos mostró constantemente Francisco, y que nos mostró Jesucristo.

¿Qué cambió la Iglesia a partir de que no está Francisco?

FT: En la historia de la Iglesia uno ve esto que ocurre ahora. Después de un Papa muy revolucionario que remueve mucho y hace lío, suele venir un Papa más tranquilo, no necesariamente en lo que piensa, pero sí en las formas de actuar. Son los tiempos de digestión de los cambios.

El Papa actual es un Papa que Francisco habría deseado, porque lo llevó al Vaticano cuando él ya estaba mayor. Hay un deseo implícito, un cambio de ritmos. Cada Papa es único, con su estilo, y cada época es distinta.

¿Dejó la Iglesia argentina un aprendizaje respecto a su acción, considerando que no es homogénea, pero sí sus principales figuras durante la dictadura? ¿Eso la hizo más progresista?

LL: Desde la llegada de la democracia, la Iglesia pudo reorganizarse y encontrar su espacio propio, despegándose de la visión constantiniana de estado-iglesia, que duró demasiado. Tras la dictadura y la asunción de la democracia, con un enfoque más secular, la Conferencia Episcopal adoptó otros estilos. Gracias a Dios, salimos de los subsidios que recibíamos hace años. Hemos ganado libertad y posibilidad de dialogar.

Tras la dictadura, quedaban resabios de conservadurismo. Recuerdo a Alfonsín preguntando a José Ignacio López si podía subir al púlpito y responder la crítica que había recibido. También estaba la Ley de Divorcio, que tenía el mismo carácter que la del Aborto. Lo nuevo no había nacido y lo viejo no había muerto.

FT: Estamos justo a 50 años del golpe. Para la Iglesia y los obispos fue un gran aprendizaje, lento pero significativo. La sociedad también adquirió conciencia, y los obispos aprendieron progresivamente. Toda esta investigación también es parte de esa mochila histórica, de devolver algo a la sociedad.

¿Cómo es la Iglesia argentina hoy, comparada con hace 50 años?

LL: La Iglesia puede diferir en institucionalidad y ambientes culturales. Desde donde la pensó Jesús, es para anunciar su buena noticia y su evangelio, entre los rostros de las personas. Cada uno interactúa distinto: Federico es laico, yo soy religioso. Tener un único modelo eclesial va contra lo que pensamos: somos católicos, universalistas, diversos y pluralistas. Cada conciencia es responsable. La diversidad de la Iglesia impide afirmar: “Esta es la Iglesia”, porque hay distintas posturas e interpretaciones.

El Papa actual, en la etapa sinodal, agregó un tema sobre liturgia, porque tras 50 años de reforma, algunos grupos aún insisten. Él se hace cargo y dice: “Vamos a estudiarlo y trabajarlo”. La reforma la propuso un Concilio, pero hay quienes quisieran volver a otro modelo.

La Iglesia del 76 compartía la visión social de que el golpe era, por lo menos, la única alternativa frente a crisis económica, hiperinflación y pérdida de poder del Ejecutivo, una sensación de anomia similar a la de 2002. Sin embargo, la actitud en 2002 fue diferente: se comprometió como amortiguador, llevando adelante una comisión con otros credos para resolver conflictos dentro del orden democrático.

FT: Los años son opuestos. El remedio de la Iglesia frente a la crisis 2001-2002 es distinto al de 1977.

Sí, era un grupo de obispos distinto, y la Iglesia era un actor de autoridad moral con incidencia política relevante, consultada por Perón, por ejemplo. Ahora eso no ocurre igual. La sensibilidad social y política de la Iglesia ha cambiado, aunque sigue siendo relevante. Hemos aprendido que estas situaciones no deberían repetirse.

¿Existe preocupación en la Iglesia de que se repitan crisis sociales como en 2001, con pérdida de calidad de vida, desempleo y necesidad de cumplir un rol similar a la mesa de diálogo?

LL: La Comisión Permanente emitió un comunicado reciente, mostrando disponibilidad de los obispos para mejorar la calidad de vida, institucional, educativa y otros ámbitos. La Iglesia está siempre abierta al diálogo.

Hace poco vimos un estudio de opinión pública con creciente disconformidad social. La Iglesia, gracias a su capilaridad, recibe información constantemente. ¿Perciben lo mismo y el temor a una crisis este año?

LL: Le puedo responder con una iniciativa de la facultad de Teología: este semestre trabajamos el tema de la paz, incluyendo la doctrina social de la Iglesia y la contextualización de cómo renovar la convivencia deteriorada.

¿Puedo interpretar esa decisión como precaución frente a que la paz se altere?

LL: Ciertamente, existe un riesgo de que la paz se altere. Todos los que componemos el claustro educativo nos reunimos, intercambiamos experiencias y compartimos la vida. Por ejemplo, en San Miguel, un comedor atiende a 270 personas diarias, rotando en cinco capillas.

La opción por los pobres de la Iglesia comenzó con el Concilio Vaticano II, pero en Argentina, con el empobrecimiento del golpe militar y los curas villeros, surge una voz crítica que cuestiona si el pobrismo es contraproducente. Además, el crecimiento de iglesias evangélicas ofrece respuestas más prácticas frente a la pobreza. ¿Cómo resuelve la Iglesia Católica este dilema?

FT: No se trata de exaltar el sufrimiento, sino de remediarlo. Lo urgente es atender necesidades básicas: comida y vivienda. La Iglesia sale a atender ese sufrimiento, y la caridad es absolutamente evangélica.

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No debería ser una exaltación de la pobreza.

MV