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Cultura política

Día 836: 24 de marzo, ni dictadura ‘mileitarista’ ni Cristina libre

La movilización masiva reconfigura el sentido de la memoria y expone los límites de la disputa política sobre el pasado. Aun entre tensiones y apropiaciones, emerge una certeza incómoda: la democracia sigue siendo el único consenso que la sociedad argentina no está dispuesta a negociar.

Día 836: 24 de marzo, ni dictadura ‘mileitarista’ ni Cristina libre
Día 836: 24 de marzo, ni dictadura ‘mileitarista’ ni Cristina libre | Net TV

El escenario central en el acto masivo de repudio a los 50 años del golpe militar de 1976 no representó la gesta democrática que venció a la dictadura y encarceló a sus responsables. Mucho menos el video oficial del Gobierno ayer que puso foco en atacar a los organismos de derechos humanos logra lo que dice aspirar: “contribuir a una memoria completa”. Desde sectores más radicalizados de ambos lados de la grieta se omite el verdadero protagonista de la lucha por la recuperación de la democracia.

La democracia no la recuperaron las Madres de Plaza de Mayo más allá de su invalorable aporte y meritoria lucha. Tampoco, y con todo respeto por su martirio, los 30 mil desaparecidos sino los 30 millones de argentinos que mayoritariamente fueron a votar por Alfonsín en 1983 y no por el peronismo que aceptaba la amnistía a los comandantes militares. Más allá de las buenas intenciones de la mayoría de los más jóvenes militantes de base de las organizaciones guerrilleras, tampoco creían en la democracia los comandantes de Montoneros, el ERP y otros grupos armados de la época. Democracia era una palabra que no valoraban ni los militares ni los guerrilleros.

De hecho, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) fue la organización no gubernamental argentina fundada en diciembre de 1975 para defender los derechos fundamentales ante la violencia política y el terrorismo de Estado, fue fundada por figuras como el radical Raúl Alfonsín, la socialista Alicia Moreau de Justo, Horacio Sueldo de la democracia cristiana, los obispos Jaime de Nevares y Carlos Gattinoni, católico y metodista respectivamente, el rabino Marshall Meyer, el médico René Favaloro, los juristas Héctor Sandler y Emilio Mignone, el docente socialista Alfredo Bravo y el dirigente social Eduardo Pimentel.

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Y recuperada la democracia, las Madres de Plaza de Mayo en 1986 se dividieron en dos: Hebe de Bonafini conduciendo el sector que consideraba insuficiente la democracia por entonces presidida por Alfonsín y con un movimiento político y confrontativo; y Línea Fundadora, más institucional y jurídico de castigo a los culpables. Bonafini, incluso en democracia, seguía pidiendo por la aparición con vida de los desaparecidos, mientras Línea Fundadora pedía la identificación de los restos y reconstrucción de verdad histórica.

Los actos de repudio a los 50 años del golpe tampoco fueron el espacio para que se pida la libertad de Cristina y se empaña el carácter transpartidario de esa Plaza de Mayo llena como hizo Kicillof al decir “Cristina inocente”. El sentimiento de la marcha era contra la dictadura y que Cristina esté presa nada tiene que ver con la dictadura.

De hecho, esta Plaza de Mayo repleta ayer como las otras dos marchas multitudinarias durante la presidencia de Milei, una a favor de la universidad o de la diversidad, como esta contra la interrupción democrática, fueron las tres marchas que se podrían catalogar como alfonsinistas, ya universidad, aborto (antes fue el divorcio), y democracia son la agenda civil y republicana de Alfonsín, quien descatequizó la idea de que solo el peronismo y los sindicatos tenían la capacidad de movilizar, habiendo Alfonsín llenado la misma plaza varias veces.

No es casual que para Milei sea Alfonsín más blanco de críticas que el peronismo. O que Alfonsín no hubiera recibido a Bonafini tan extremista y rabiosa como Milei. Alfonsín sí se vinculó con Abuelas de Plaza de Mayo, con Madres Línea Fundadora y el CELS. Y al mismo tiempo en su presidencia la Justicia encarceló a los comandantes guerrilleros que luego Menem, admirado por Milei, indultó con Firmenich entre ellos. Tampoco es casual que el kirchnerismo optara por la perspectiva de Bonafini con sus excesos hasta en la incorporación del parricida Sergio Schoklender para la construcción de viviendas que nada tienen que ver con su misión.

La insistencia del kirchnerismo en llamar dictadura cívico-militar a la última, cuando todas las dictaduras desde 1930 incluyendo la que participó el propio Perón en 1943 tuvieron siempre una parte de la sociedad que en sus inicios la apoyó, resta injustamente protagonismo a la sociedad civil en su conjunto; que, una vez conocidas las atrocidades cometidas, retiró el apoyo de quienes lo hubieran hecho y, en su enorme mayoría, con los medios que estuvieran a su alcance, se opusieron y eso contribuyó a que los militares tuvieran que llamar a elecciones.

La dictadura no sólo secuestró militantes y bebés, para hacer lo anterior primero secuestró la democracia. No se trata de ideología o modelo económico, antes de todo es del orden del sistema de gobierno y las garantías constitucionales cuya falta fueron la condición de posibilidad de los crímenes cometidos.

Un acto a 50 años del golpe representativo de los grandes protagonistas del nunca más que se le opuso, idealmente debería haber contado con representantes de todos los partidos políticos incluso organizado por el propio gobierno como un acto de Estado y los intentos de apropiarse de una parte de la historia demuestran el camino que falta para recuperar plenamente la democracia cuya esencia es el consenso y la escucha del otro en lugar de batallas culturales que son la continuación por otros medios de los enfrentamientos no solo discursivos de los años 70.

Paralelamente, la marcha más grande de la era de Javier Milei no fue explícitamente contra él, pero fue algo peor para su relato, fue una reafirmación masiva de una palabra que Milei no puede ni pronunciar: la palabra “democracia”. Mientras el Gobierno insiste con subatalla cultural” para correr todos los consensos hacia la derecha, la sociedad le respondió con un límite histórico que no se negocia: el Nunca Más. Ni el mileísmo puede imponer su revisionismo, ni el kirchnerismo apropiarse de la memoria: ambos bandos de la “batalla cultural” chocaron contra una esencia que los excede. La Plaza no fue de nadie y por eso fue de todos, dejando expuesta la fragilidad de una política fragmentada frente a una cultura democrática que persiste.

En las miles de personas que se movilizaron no primó el rechazo explícito al oficialismo, sino una convicción más estructural que atraviesa generaciones: la importancia de la memoria, y el valor que tiene la palabra democracia.

Ahí radicó su significado político: No fue exactamente la marcha que esperaban. Dirigentes opositores anticipaban una masiva movilización contra el Gobierno, contra sus políticas económicas, pero su contenido fue más plural.

Durante años buscaron ligar la fecha a la política K. Y, sin embargo, y como paradoja, Axel Kicillof y Máximo Kirchner marcharon por separado. Kicillof denunció que el discurso de Milei tiene aspectos idénticos a los de Martínez de Hoz. También dijo que “a Milei le queda poco”, y expresó su respaldo a Cristina Kirchner. Textualmente dijo: “Cristina es inocente”, ante una militancia que cantaba consignas como "Cristina libre” y “Axel presidente".

Del otro lado, vitoreado por militantes de La Cámpora, Máximo Kirchner reivindicó el liderazgo de su madre al afirmar que “es la persona que mayor votos arrastra” y advirtió que “es un error creer que se puede hacer peronismo sin Cristina”. Mientras la militancia cantaba contra Axel Kicillof: "si querés otra canción, vení te presto la mía". Mayra Mendoza fue todavía más allá, lanzando una crítica directa al gobernador al señalar que algunos dirigentes surgen con una columna en el diario Clarín y terminan siendo funcionales al poder económico.

Visto en el contexto de la marcha, estos discursos quedan chiquititos. Hasta suenan algo mezquinos. Al igual que quedó fuera de lugar el video que el oficialismo difundió antes de la movilización.

A pesar de la dureza de los discursos contra el oficialismo, la movilización, al ser tan masiva, tuvo un carácter más amplio. Los millones de personas que se movilizaron lo hicieron, en gran medida, desde una motivación más amplia y menos encuadrada que la de las dirigencias. No marcharon únicamente para expresar un rechazo coyuntural al gobierno de Javier Milei, sino para reafirmar una memoria compartida que forma parte de la identidad democrática.

Incluso entre quienes pueden tener posiciones políticas diversas, se percibía una idea común: hay un piso ético que no se discute. La masividad, entonces, diluyó cualquier intento de direccionar el sentido de la marcha hacia una única lectura política. La marcha es, en gran medida, el fracaso de la llamada batalla cultural”, porque la cultura no se impone como un programa ni se conquista como un territorio: se sedimenta en el tiempo, se construye de manera conflictiva y plural, y excede a cualquier gobierno.

Tanto el kirchnerismo como Javier Milei intentaron, en distintos momentos, ordenar ese campo complejo bajo una narrativa propia —uno desde la institucionalización de una memoria estatal y el otro desde su impugnación—, pero ambos chocaron con límites que no controlan. La masividad de esta marcha muestra justamente ese fracaso: ni la apropiación partidaria de los derechos humanos ni su relativización lograron desplazar un consenso social más profundo. Lo que persiste no es el triunfo de una “batalla”, sino la vigencia de una cultura democrática que resiste ser simplificada, apropiada o negada.

Eso no significa que la marcha haya sido políticamente neutra. Al contrario, su masividad operó como una respuesta tácita al intento del gobierno de instalar otra narrativa sobre los años 70.

Horas antes de la movilización, Casa Rosada difundió un video insistiendo en el concepto de “memoria completa”, donde incluyó el testimonio de una nieta recuperada que cuestiona la versión de los organismos de Derechos Humanos y el de Arturo Larrabure, que relata el secuestro y muerte de su padre a manos del ERP.

La masividad de la movilización de ayer hace más patente lo fuera de lugar que está el discurso oficialista.

Milei funciona, en este punto, como un significante de algo más amplio: una forma de violencia discursiva que remite tanto a los excesos del pasado como a los riesgos del presente. Un discurso violento que desprecia la democracia.

Como dijimos, las víctimas de la dictadura no fueron únicamente los 30.000 desaparecidos, aunque en ellos se condense el horror más extremo y el núcleo del reclamo de memoria, verdad y justicia. El terrorismo de Estado implicó una ruptura mucho más amplia: la destrucción del orden democrático, la anulación de derechos básicos y la imposición del miedo como forma de organización social. Fue una experiencia que atravesó a toda la sociedad argentina, incluso a quienes no fueron perseguidos de manera directa, porque alteró la vida cotidiana, disciplinó conductas y silenció a generaciones enteras.

Por eso, lo que se conmemora cada 24 de marzo no es únicamente una tragedia humanitaria, sino la pérdida de la democracia como valor colectivo. Ese es el núcleo más profundo del Nunca Más: no solo el rechazo a los crímenes de la dictadura, sino la decisión de no volver a habilitar condiciones que permitan su repetición. La movilización de ayer, con su carácter masivo y transversal, volvió a poner en primer plano esa dimensión: lo que está en juego no es solo el pasado, sino el tipo de sociedad que se quiere construir. Y en ese punto, el consenso es claro: la democracia, con todas sus imperfecciones, es un límite que no se negocia.

Una palabra que al gobierno le cuesta horrores pronunciar. Recordemos aquel momento en el que fue consultado por si creía o no en la democracia. El verdadero contenido de la marcha tuvo, en el fondo, una impronta “alfonsinista”. No en un sentido partidario, sino en el tipo de consenso que expresó: la defensa de la democracia como valor superior y el rechazo inequívoco al terrorismo de Estado a partir de una verdad colectiva.

Eso remite directamente a la decisión histórica de Raúl Alfonsín de impulsar la CONADEP y el Juicio a las Juntas en 1985, un hecho sin precedentes en el mundo que estableció que los crímenes de la dictadura debían ser juzgados por la justicia civil y no relativizados ni negociados. Ese gesto fundacional no solo produjo condenas, sino que fijó un piso ético: el Nunca Máscomo límite estructural de la vida democrática, una verdad que, desde entonces, funciona como barrera frente a cualquier intento de negacionismo.

En ese sentido, lo que se vio en la Plaza fue la vigencia de esa matriz democrática inaugurada en los años 80. A diferencia de las narrativas más polarizadas posteriores, el “alfonsinismo” en derechos humanos no buscaba apropiarse de la memoria sino institucionalizarla como un consenso común, capaz de trascender gobiernos y coyunturas. Por eso la masividad de la marcha, aún en un contexto de fragmentación política, remite a esa idea de una democracia que se defiende a sí misma a través de la sociedad. No es casual que, frente a discursos que relativizan el pasado, reaparezca esa capa más profunda: la que se construyó cuando Argentina decidió juzgar a sus dictadores y convertir la memoria en política de Estado, no en bandera de facción.

Una cultura sincrética, atravesada por múltiples tradiciones políticas, que resiste ser capturada por los extremos. Una sociedad que, con todas sus contradicciones, sigue valorando la democracia como horizonte.

Marchas en todo el país por el 24 de marzo: plazas colmadas y movilizaciones masivas en distintas ciudades

Lo contrario a Milei no es necesariamente el kirchnerismo. De hecho, en muchos aspectos, ambos comparten una lógica de polarización que se retroalimenta. Como las dos caras de un mismo Jano, aquella deidad de la mitología romana que tenía dos rostros mirando en direcciones opuestas: uno hacia el pasado y otro hacia el futuro, simbolizando lo dual, lo ambiguo o lo que parece opuesto pero en realidad forma parte de una misma unidad.

Históricamente, el peronismo buscó ligar la imagen de Plaza de Mayo llena a su liturgia, a partir de las imágenes del 17 de octubre. Pero hubo momentos, como en 1983 o en los levantamientos carapintadas, en los que esa imagen se “desperonizó”. Se volvió patrimonio de la democracia en su conjunto. Algo de eso volvió a aparecer ahora.

Quizás, paradójicamente, sea Milei quien esté contribuyendo a ese proceso. No por voluntad, sino por efecto. Al tensionar ciertos consensos, obliga a rearticularlos en otro plano. A construir una plaza que no es de un partido, sino de una cultura política. La marcha fue también una experiencia de encuentro. Había alegría, algo que no siempre se asocia a una fecha tan cargada de dolor. Una alegría que no niega la tragedia, pero que encuentra en la memoria una forma de comunidad. Esa alegría tiene que ver con la diversidad. Con la sensación de estar participando de algo que trasciende a cualquier identidad particular. En ese sentido, la marcha se pareció más a una celebración democrática que a una protesta clásica. Una reafirmación de valores compartidos más que una demanda sectorial.

Días atrás circuló que el Gobierno buscaba indultar militares, algo en lo que tuvo que retroceder, una señal de esos límites sociales y culturales que operaron. Hay cosas que la sociedad argentina no está dispuesta a aceptar. Al mismo tiempo, el gobierno enfrenta dificultades en otros frentes: la economía, los escándalos como el de $LIBRA, las controversias en torno a Manuel Adorni. Sin embargo, sería un error leer la marcha como un punto de inflexión definitivo. Lo que vimos fue una expresión, no una resolución. Un síntoma de algo más profundo.

Tal vez haya que abandonar la idea de batalla cultural y pensar en términos de construcción cultural. En procesos largos, contradictorios, donde distintos actores intervienen sin control total. Donde las disputas existen, pero no se resuelven de manera lineal. Por eso, reducir el 24 de marzo a una consigna puntual —sea “Cristina es inocente”, o “¿hay 2027?” es empobrecerla. Hay algo más grande en juego.

Y lo que se recupera, cada vez que una multitud desborda las calles sin consignas de odio ni llamados a la violencia, es precisamente eso: la posibilidad de una convivencia democrática. Frágil, imperfecta, pero persistente. Una cultura que, a pesar de todo, sigue diciendo Nunca Más.

MV/ff