Para Luis Alberto Romero, reconstruir la independencia como una historia con destino prefijado conduce a un error. "Uno ya sabe cómo sucedieron las cosas", dijo sobre esa mirada retrospectiva en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190). En cambio, sostuvo que quienes declararon la independencia "eran como sonámbulos caminando en la neblina": actuaban en un escenario de enorme incertidumbre, donde "las decisiones muy importantes se tomaban con bastante desconocimiento de lo que estaba ocurriendo".
Luis Alberto Romero es un reconocido historiador y profesor, investigador principal de Conicet. Se desempeñó, además, como docente de posgrado en instituciones prestigiosas como Flacso y la Universidad Torcuato Di Tella. Recibió el Premio Konex de Platino en Historia en 2004 y, en 2016, fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Es miembro de la Academia Nacional de la Historia y autor de libros fundamentales para el estudio del país, como Breve historia contemporánea de la Argentina y Sectores populares, cultura y política.
La cercanía al 9 de Julio nos lleva a la discusión de cuánto el espíritu federal de aquella Constitución, que fue construida primero por provincias, que preexistieron al Estado nacional, hoy se sigue practicando de manera verdadera.
Conversábamos con un colega suyo, Natalio Botana, quien planteaba que uno de los problemas es que tuvimos casi cincuenta años de dictaduras, interrumpidas, obviamente, por algunos momentos civiles, pero con el influjo de 1930 a 1983, donde las dictaduras, obviamente, eran unitarias. Entonces, que la cultura federal, en la práctica, se perdió durante medio siglo y que luego la Constitución del 94, al no dejar definitivamente reglamentado el sistema de distribución de ingresos, generó un problema a partir de la discrecionalidad que tiene el Poder Ejecutivo para distribuir los recursos coparticipables. Así que queríamos escucharlo a usted con mucha atención.
Son opiniones, son maneras de ver el pasado. Hay una manera de construir estos relatos cuando uno ya sabe cómo sucedieron las cosas. Entonces, si en 1816 se declaró la independencia y hoy el país está así, yo puedo contar una historia, o más de una historia, para cubrir esa línea.
Ahora, la otra forma de verla es con los ojos de los protagonistas, que no tenían la menor idea, no solo de en qué iba a terminar. Yo diría que ni siquiera, en el caso de 1816, no tenían la menor idea de dónde estaban parados. Porque había algo que se había derrumbado, que era la monarquía hispana. Todavía no había nada nuevo en reemplazo.
E, inclusive, en cosas muy concretas, como si España iba a mandar un ejército para conquistar todo, si esto se iba a sostener en pie, cuándo se iban a enterar, cómo se iban a enterar, si eso iba a ocurrir... Todo ocurría con un delay, con un atraso muy grande. De modo que las decisiones muy importantes que se tomaban, se tomaban con bastante desconocimiento de lo que estaba ocurriendo.
Yo diría que una buena imagen es que eran como sonámbulos caminando en la neblina. O, por lo menos, así, en buenos términos, para entender esas grandes declaraciones, al mes siguiente, confrontaban con una realidad completamente distinta y tenían que volver atrás. Esto lo digo porque no estoy muy convencido de que sea cierto lo que usted dice, que sea indudablemente así lo de los orígenes federales. Porque lo cierto es que quienes tomaban las decisiones, salvo en el caso de Artigas, coincidían en la necesidad de un gobierno central fuerte.
Había resistencias, pero eran resistencias menores, un poco al estilo de hoy. "¿Qué voy a sacar yo de eso? No sé hacer otra cosa. De hecho, lo de Artigas no prosperó y su gran proyecto federal se fracturó. Antes de que desapareciera, se fracturó porque los que abandonaron a Artigas fueron sus dos seguidores principales, Pancho Ramírez y Estanislao López.
De momento, no era tan sencillo imaginar un proyecto federal. Tampoco era sencillo imaginar un proyecto unitario. De hecho, con lo que dice Natalio Botana, estuvimos cuarenta años de declarada guerra civil sin Estado y otros treinta años con guerra civil y con comienzo de construcción del Estado. De modo que nada fue sencillo.
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Me hace reflexionar más profundamente sobre algo del orden, no sé si metafísico, en el sentido de decir: esto de que eran sonámbulos caminando en la neblina... Si, finalmente, todos los conductores a los que les toca, en cada momento, hacer la historia, no son sonámbulos caminando en la neblina, porque es imposible predecir las consecuencias, a un siglo, a dos siglos, de las acciones que estén tomando, ¿no?
O sea, es cierto que en aquella época la velocidad de la comunicación era distinta que hoy, pero, aun con la velocidad de la comunicación, es imposible para alguien imaginar cómo será la Argentina, por ejemplo, en el siglo XXII. Y, en la toma de decisiones, por ejemplo, me alío a China o a Estados Unidos. ¿Cómo será el mundo de 2122, no?
Sobre esto de la información, yo le ponía el ejemplo de 1816, cuando un barco tardaba un mes o dos meses en llegar a Buenos Aires con la información. Ahora tenemos la información segundo por segundo, por infinidad de vías. Y yo no sé si estamos mejor informados. Porque tenemos tal avalancha de información que hacer un balance de eso es muy difícil.
Usted agregó una cosa que es bastante profunda y muy importante para los historiadores. Hay una frase muy citada de un filósofo del siglo XVIII que dice que la historia es la suma de las consecuencias no queridas de las acciones de los hombres. Los hombres actúan libremente, etcétera, y sale después una cosa distinta de la que ellos imaginaron. De modo que decir "yo me propongo hacer tal cosa" no significa que esa cosa se hizo.
Hay otra frase que no sé si usted comparte. A mí me gusta mucho: que la historia es la historia de la materia hecha conciencia. Como algo que era simplemente materia se convierte en esto que hoy somos, seres humanos con conciencia.
Es muy bella para definir la humanidad. ¿Qué cosa distingue al mundo de los humanos respecto del resto de los mundos con los cuales hoy habitamos, que podemos congeniar? Es una muy hermosa definición de qué cosa es ser hombre, con mayúsculas y en general.
¿Alguna comparación y diferencia, a partir de la cercanía de la fecha de la independencia norteamericana y la argentina? Del 4 al 9 de julio. Nuestro Presidente iba a ir a la celebración del 250.º aniversario de Estados Unidos y finalmente canceló esa visita, pero se intercambiaron ambos mensajes de salutación en cada una de las independencias con mucha cordialidad.
Paralelamente, no sé si hay algo común entre que desde que la Constitución se estableció hasta que se declaró la independencia y se estableció la Constitución hubo un período de tiempo. En Estados Unidos, trece años; en la Argentina, mucho más. Pero luego nosotros tuvimos todo ese episodio de décadas de guerra civil sin Estado. Uno puede decir que Estados Unidos confirma la nación completa como hoy la conocemos después de la Guerra de Secesión, en la década del 60 del siglo XIX.
¿Hay algún paralelo? ¿Somos el otro país federal, junto con Brasil y con México? ¿Hay algún paralelo de países grandes que, por lo tanto, eligen estos sistemas de administración de sus territorios federales o es simplemente megalomanía de los argentinos al querer compararnos con Estados Unidos?
Lo primero que le diría es que la gran novedad, y el punto donde podemos formar parte de la misma historia que los Estados Unidos, antes del federalismo, es la república. Porque aquel era un mundo de monarquías y las repúblicas existían muy pocas. La de Estados Unidos fue la primera. En Hispanoamérica la gran novedad es que, de golpe y sin que nadie estuviera muy claro sobre por qué, surgieron catorce repúblicas. Y ahí hay una comparación muy importante con Estados Unidos.
Pero ahí termina, porque la manera en que en los Estados Unidos se había organizado la vida antes de 1776 y la manera como se organizó en Hispanoamérica, y también en Brasil, son tan distintas; las sociedades, las formas de gobierno, tan diferentes, que es un poco inútil comparar la tradición política anglosajona de un país que formaba parte de una monarquía, pero que no tenía un rey, con la tradición monárquica fuerte que tuvo Hispanoamérica en el período colonial.
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Y, de ahí en más, no tantas otras diferencias. Por ejemplo, la consistencia del grupo blanco colonizador respecto de la gran fusión que hubo en Hispanoamérica con el mestizaje. Son sociedades tan distintas y tradiciones culturales tan distintas que es un poco al divino botón comparar punto con punto las experiencias. El federalismo norteamericano es tan distinto a lo que en la Argentina se llamaba federalismo.
Un poco retomando la idea de Natalio Botana, diría: el Estado norteamericano se constituyó sobre la base de estados previos relativamente parecidos y relativamente iguales. Simplemente, cada estado previo quedaba así. Y esto les permitió encontrar una forma para repartir el presupuesto cuando formaron una confederación.
En términos de la Argentina, las diferencias entre las unidades administrativas y las provincias eran tan, tan grandes que, cuando se constituyó un Estado se le llamó federalismo a las distintas formas de conseguir que el Estado central transfiriera a provincias que eran inviables como provincias los fondos suficientes para hacerlas viables. Y mucho de eso hay hoy todavía.
¿Usted ve que hay una especie de crecimiento, en la actualidad? Las Provincias Unidas, por ejemplo, que lanzaron su campaña el año pasado con videos históricos de los caudillos provinciales, o la discusión de gran parte de los gobernadores del interior sobre la conurbanización de la política argentina. ¿Ese reclamo del interior al puerto hoy está más altisonante o es, finalmente, una tradición que se mantiene a lo largo de los años y, con sus más y sus menos, es permanente?
Es una tradición, como muchas cosas en la Argentina, que tienen que ver con haber encontrado una forma de exprimir algún rincón del Estado. No sé si esa es una opinión contemporánea polémica. Cuando en las provincias se habla de Buenos Aires, se olvidan dos cosas. La primera es que Buenos Aires está llena de provincianos. El conurbano ha crecido porque la gente de las provincias se vino a vivir a esta zona, sea por lo que sea. De modo que el Buenos Aires porteño es realmente muy chiquito.
Y la segunda cosa es que Buenos Aires y el Estado nacional casi siempre han estado gobernados por grupos políticos basados en el interior. Los porteños, en realidad, es un lugar donde se juntan los distintos influyentes y los característicos del sistema que organizó Roca en 1880 y que después se reprodujo muchas veces. De Roca a Menem o a Kirchner hay una especie de invasión de líderes del interior que se instalan en el gobierno central y lo utilizan, de alguna manera, para transferir recursos.
Pero el porteño que viaja a las provincias se aburre de escuchar la misma queja, cuando, en realidad, lo que hay con la famosa ley de coparticipación es una ley de reparto de ingresos del Estado nacional, a la que a la provincia de Buenos Aires se le saca.
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Es absolutamente correcto que uno mira a Néstor Kirchner, a Carlos Menem, dos, podríamos decir, líderes provincianos, dos gobernadores. Ahora, fíjese usted, que en lo que va de este siglo, y fundamentalmente se argumenta después de la reforma constitucional del 94, con el carácter casi de provincia de la Ciudad de Buenos Aires o la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires, y fundamentalmente el avance de los medios de comunicación, que hacen que se pierda la regionalización, la mayoría de los presidentes o los candidatos a ser presidentes son bonaerenses. Obviamente, teníamos el caso que interrumpió eso, que fue Néstor Kirchner. Pero Duhalde y De la Rúa son del conurbano y de Capital, aunque De la Rúa era cordobés. Toda su campaña política se originó aquí, en Buenos Aires, y había sido previamente jefe de Gobierno de Buenos Aires.
Luego uno mira a Macri, incluso a los candidatos: Macri, Alberto Fernández, Javier Milei; uno mira a los candidatos, Massa... O sea, todos de la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. ¿Puede ser que esto que se viene produciendo en estos últimos años, donde no hay más caudillos del interior como Menem o como Kirchner, esté generando este crecimiento de este rencor o malestar del interior?
Le daría un ejemplo contundente, que es Perón, en la provincia de Buenos Aires, si es que era de algún lado. Yo creo que era del Estado, del Ejército. Pero, si lo vamos a ubicar geográficamente, era de la provincia de Buenos Aires. También Yrigoyen. Pero los otros se distribuían por todo el país. No estoy seguro. Duhalde es un caso muy especial porque no fue electo presidente. Pero, con los gustos de la Capital, no creo que sea de ninguna inyección.
En esta idea de que los tomadores de decisión, los agentes, son sonámbulos que caminan entre la neblina y no pueden imaginar las consecuencias que tendrán sus actos con el correr del tiempo. Usted decía: las catorce repúblicas que se fundaron, gran parte de ellas era porque Napoleón logró que cayeran las monarquías en aquel momento. ¿Cuál es su visión respecto de si la historia tiene una trama? Si hay una teleología, si hay un espíritu de la historia. Si Milei es causa o consecuencia de algo y si es por algo.
Lo de la teleología es una cuestión que excede a los historiadores porque es una cuestión de fe. Usted puede creer que forma parte del plan divino; eso requiere una fe. Puede creer en el progreso; eso también requiere una fe, una fe laica, pero también una fe. Yo, más bien, estoy dentro del grupo de gente que piensa que los hombres proyectan cosas, todos, y actúan según sus proyectos, pero no de manera unánime, ni siguiendo una línea, ni hay una mano invisible que le dé coherencia a todo eso.
Los proyectos generan conflictos, se dirimen y, de ahí, salen nuevos proyectos. Es decir que el sentido se está construyendo y reconstruyendo permanentemente. Por eso sigue siendo tan interesante la vida, porque uno no sabe para dónde va. Y la historia puede dar alguna idea de, en general, hacia dónde se va. Pero no hay ningún historiador que se hubiera imaginado a Trump y a los Estados Unidos en el estado actual en que están los Estados Unidos. La vida da muchas sorpresas.
RM/LT