El fin de la emergencia sanitaria global no significó la verdadera conclusión de la pandemia. Por el contrario, la sociedad actual atraviesa las secuelas invisibles de una metamorfosis cultural que alteró la percepción del tiempo, debilitó los vínculos interpersonales y aceleró la desmaterialización de la cotidianeidad. En esta entrevista, el médico neurólogo, psiquiatra y científico Luis Ignacio Brusco en Modo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), profundiza sobre el concepto de «peripandemia» y advierte sobre el sesgo de negación con el que se intenta archivar un trauma no elaborado.
De la pérdida del «tacto afectivo» a la dispersión cognitiva provocada por la hiperinformación, el autor de El mundo después del mundo desglosa los mecanismos inconscientes que hoy explican el aumento del miedo, la profundización de la agresión impulsiva y las dificultades de la sociedad moderna para encontrar espacios de diálogo en un plano creíble.
Luis Ignacio Brusco es médico especialista tanto en Neurología como en Psiquiatría por la Universidad de Buenos Aires, decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA y profesor titular del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental en la misma casa de estudios. También ejerce como investigador en el CONICET, enfocado principalmente en la caracterización genética de la enfermedad de Alzheimer. Dirige la Organización Alzheimer Argentina y se ha desempeñado como director del Departamento de Salud Mental del Hospital de Clínicas José de San Martín. Presenta su libro El mundo después del mundo: Peripandemia, en donde analiza cómo persisten los efectos del aislamiento en la salud mental, los vínculos, el lenguaje y la percepción del tiempo.
Aquí tenemos el libro de Brusco. Haciendo nuevamente el pacto de lectura que mantenemos habitualmente con nuestra audiencia, quedábamos discutiendo en la tanda respecto de si la situación de esta señora en Bolivia, que recibió una cantidad de tiros por parte de un asesor del gobierno y, al mismo tiempo, uno de los propietarios de "La derecha diario" en la Argentina, es un invento o no; si finalmente todo esto no tuvo balas, fueron balas de salva y no hay sangre. Me pregunto si no tiene que ver con lo que vos definís como «peripandemia»: que la pandemia creó una angustia tal que se perdieron los límites entre lo verosímil y lo increíble, donde todo puede parecer creíble y nada puede parecer creíble.
Exacto, sí. Hay una tormenta perfecta. La primera parte de esa tormenta es que nos olvidamos de la pandemia. En realidad, el olvido de la pandemia es parte de que la pandemia no terminó, sino que estamos en un proceso de transformación cultural, no viral ni infecciosa. Pero todo lo otro que generó la pandemia —desde la interacción social hasta las dificultades de diálogo, pasando por esa instancia de catalizador de tecnologías que, en un mundo globalizado y tecnológico, se aceleró a partir de las clases que se transformaron en Zoom o las reducciones de equipos que se pasaron a videoconferencias— generó lo que se denomina dispersión cognitiva: hay tanta información que no sabemos cuál es la real. Dentro de eso se producen dos problemas: la distancia de credibilidad que lleva a que haya infodemia (es decir, un exceso de información falsa) o, inversamente, a que lo creíble no sea creíble. Eso es un problema claramente trascendental que forma parte de las dificultades del libre albedrío y de la toma de decisiones de la sociedad. Sucede en lo cotidiano: en una inversión, en las comunicaciones que vimos en el Mundial, donde se vendía cerveza y juego al mismo tiempo hasta las cuestiones políticas y en la toma de decisiones electorales.

O que pueda aparecer un presidente como Trump y decir como verosímil cosas que al día siguiente se desmienten.
Se desmienten, y como hay tanta información, no queda nada claro. O a veces, cuando se repite mucho una información, se transforma en real sin serlo, o a la inversa: si una persona dice la verdad, se empieza a sospechar que la verdad no sea creíble.
¿Y qué sería la peripandemia? Vos decías que olvidarse de la pandemia es parte de que todavía está presente... Decís que no se hizo el duelo.
No se hizo el duelo. Vos sabés mucho de psicoanálisis: la negación es parte de un proceso funcional de defensa, y creo que eso se está generando a nivel social, pero impacta en el inconsciente en un punto central. Todos usamos la pandemia como punto de corte temporal. Así como se usa el «antes y después de Cristo», nos ubicamos en nuestra propia temporalidad como «antes y después de la pandemia». A mí me pasa cuando veo a un paciente y le pregunto: «Esto que le pasó, ¿fue antes o después de la pandemia?». Es un punto de corte que nadie deja de aplicar; todo el mundo lo tiene. Durante esos dos años ocurrió una especie de solipsismo de la temporalidad. A veces, al mirar el DNI, las personas se sorprenden y no saben cómo llegaron a cierta edad o cómo les pasó tan rápido el tiempo. Es una charla cotidiana en todas las mesas del mundo y, obviamente, de los argentinos.
O sea que la pandemia fue un acelerador del tiempo.
Nos hizo desconocer el tiempo a partir de la falta de estímulo. Esto es muy común: cuando no hay tanto contacto social ni tanta interacción, la cantidad de información que recibe nuestro cerebro hace que la temporalidad suceda, desde el punto de vista subjetivo, como si hubiese sido más corta. Sin embargo, miramos el DNI y pasó mucho más tiempo del que percibimos. Ese es otro de los puntos: la conciencia del tiempo, la conciencia del espacio y los cambios regionales. Esto es histórico en todas las pandemias. Por ejemplo, la gran pandemia de la peste negra provocó una revolución religiosa, cultural, social y económica. Desapareció casi la mitad de la población de Europa y eso produjo el Renacimiento; es decir, generó una revolución religiosa que nace con Boccaccio, cuando los ricos se van de la ciudad para no contagiarse. O la epidemia romana con Marco Aurelio, que generó la muerte de dos emperadores y provocó una revolución negativa para el Imperio romano. O la peste de Justiniano, que fue terriblemente importante porque hizo que el Imperio romano de Oriente, que iba reconquistando el Occidente, dejara de hacerlo a partir de la pandemia. Esto dura décadas, incluso siglos. En nuestro tiempo, que va más rápido temporalmente, la comunicación y la interacción son muy intensas por la globalización. Nunca hubo una pandemia tan globalizada desde el punto de vista infeccioso, pero tampoco desde el punto de vista cultural. El aislamiento social interrumpió el llamado «tacto afectivo», que es muy relevante. Nosotros les decimos a los médicos y a las médicas que atiendan de manera presencial, que no hagan Zoom. El contacto —ese tacto afectivo que genera la tranquilidad de una mascota o de un hijo— es esencial; es la primera sensibilidad que sentimos cuando venimos al mundo. Eso se perdió durante dos años, quedó un tacto muy leve. El contacto intersubjetivo en la percepción de las personas es fundamental. El contacto visual es clave porque somos retinianos, pero también lo es el abrazo de un médico: sentir a un médico cura el 50 %. Además, para poder concebir al otro requerimos verlo. Hay estudios muy interesantes —muy relacionados con la pandemia— en los que se trató de educar a niños mediante videos, y no se puede enseñar el lenguaje de esa manera. Se necesita la tridimensionalidad de la presencia del otro para incorporar el lenguaje en el primer año de vida. Ese es otro de los problemas que tenemos: niños que nacieron en pandemia y tuvieron muy pocos contactos sociales, escasa interacción con rostros y con fonemas, algo que estamos viendo ahora con la duplicación de problemáticas de salud mental. En el otro extremo de la vida, el adulto mayor, también sufrió por la confusión del lenguaje cuando se habló de «aislamiento social». No soy tan crítico porque es fácil juzgar con el diario del lunes, pero sí hay cosas que señalar. Como veníamos contando en el libro —que escribí en pandemia y luego reescribí en pasado—, debía hablarse de contacto físico y no social. Las palabras quedan, las personas tomaron lo «social» al pie de la letra y a los abuelos o a los padres los veían un segundo por Zoom, lo que generó más dificultades. Ocurrió lo mismo con el término «tapabocas» o «barbijo». Hubo una discusión porque al principio se dijo que no había que usar barbijo y después que sí. Quedó la denominación «tapabocas», que era exactamente lo que no debía ser, ya que el virus se contagiaba fundamentalmente por la nariz. El lenguaje es un factor decisivo que también se interrumpió. Los dos puntos centrales del libro, que fui repensando, son el aumento de dos instintos determinantes en el mundo: la impulsividad (asociada a la agresión) y el miedo. Los que eran impulsivos están siendo más impulsivos y dominan la escena, frente a una sociedad más tranquila y con menos reacción. En el mundo entero observamos una sociedad mucho más calma. Uno se pregunta por qué, ante diferentes circunstancias, la sociedad reacciona con tanta tranquilidad. Quizá sea positivo, porque si exageramos ambas instancias puede ser complicado, y a veces la conducta social es muy ecológica. Pero sí observamos que los instintos básicos quedaron sobreexhibidos.
¿Por qué El mundo después del mundo?
Porque es otro mundo. Hoy hay otro mundo. Quedaron cosas del pasado, pero emergieron nuevos mundos con el Zoom, la videoconferencia y los nuevos hábitos. ¿Qué es un hábito? Es algo que hacemos de forma cotidiana y muy económica, sin darnos cuenta. En aquel momento, cuando se decía que la gente no iba a saber usar barbijo, discutíamos que sí lo aprendería, y hoy lo aprendió. Si hubiera una nueva pandemia —esperemos que no—, inmediatamente la gente sabría cómo usarlo. Sin embargo, hay hábitos que fueron quedando: algunos buenos y otros no tanto, como la disminución de las reuniones sociales. En el posgrado, por ejemplo, es muy difícil activar una clase o una atención que no sea por Zoom. También vemos la disminución del diálogo, el aumento de separaciones de parejas —porque hubo un conflicto fuerte en los vínculos durante ese momento que hoy se sigue vivenciando—, la forma en que se educó a los chicos, cómo terminaron el colegio los adolescentes que no tuvieron su famoso viaje a Bariloche, o los niños de primaria que hoy estudian de otra manera. A esto se suma el ensimismamiento en esa «soledad acompañada» que se vivía en casas con muy poca gente, donde se quedaban en la habitación expuestos al hiperestímulo informativo de las redes, que es donde se produce la dispersión cognitiva. Toda esa temporalidad afectó fuertemente y afecta actualmente la conducta.
Luis, ¿cómo podés trasladar esto a lo social y no a lo individual? La política, la economía, esta idea de que los agresivos son más agresivos y el resto se comporta de una manera más calmada, no sé si llamarla más miedosa o temerosa a la reacción... ¿De alguna manera explica lo que estamos viendo en la política en la Argentina y en otras partes del mundo?
El cerebro social está siendo afectado. Ocurre con las famosas «no-cosas» de las que habla el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han: todo se transformó en intangible. Eso se vincula con el tacto afectivo. Cuando preferimos un libro físico sobre un e-book o una imagen, es porque lo podemos tocar y oler. Sin embargo, una carta se transforma en un mensaje de WhatsApp y una foto se transforma en una nube. Eso se aceleró fuertemente, provocando una desmaterialización de la realidad.
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O sea, una desmaterialización de la realidad.
Exactamente, y la inteligencia artificial es la frutilla del postre. Escribí un libro sobre IA enfocado en la parte de la subjetividad, y muchas de las cuestiones que planteamos con nuestro grupo de investigación están sucediendo: qué pasa con la inteligencia artificial y la distancia entre subjetividad y conciencia. Dialogamos permanentemente sobre las instancias de conciencia, hasta dónde no van a tomar conciencia y cómo interactúan con poblaciones debilitadas justamente por la peripandemia. Hay poblaciones adolescentes muy vulnerables que corren un riesgo alto cuando la IA te conoce tanto y empieza a interactuar con vos.
Freud decía que el duelo duraba tres años y que si se extendía más se convertía en algo patológico, en melancolía. Ya pasaron largamente tres años. Freud también decía que un duelo que no se procesa y se mantiene escondido se vuelve perpetuo. ¿Cómo se cura?
Lo que trataba de hacer Freud era traer el inconsciente al consciente. En cierto modo, estamos diciendo que la pandemia quedó en el inconsciente. Hay que traerla a la conciencia para comunicarla y saber que estamos atravesados permanentemente por esa pandemia que no finalizó. Finalizó el virus, pero no los efectos culturales y sociales que siguen generando un efecto mariposa sobre la sociedad. Por eso hablo de un «mundo después del mundo» de la pandemia, como una transición entre la pandemia y la pospandemia. La pospandemia aún no está. Me dedico a investigar las viejas pandemias. Mencioné dos, pero puedo sumar la gripe española: fue revolucionaria y atroz. Durante la Primera Guerra Mundial hubo que hacer una tregua de una semana porque morían más soldados por la gripe que por el combate. Woodrow Wilson, que tenía que reordenar el escenario internacional con el Tratado de Versalles, se debilitó en ese momento porque se infectó de gripe española en la Conferencia de París, por lo que no pudo interaccionar ni convencer al Congreso de Estados Unidos de ingresar a la Sociedad de las Naciones. Nada más y nada menos. Eso demuestra cómo impacta una pandemia no solo en su momento, sino en lo que nos llega después, pues la Primera Guerra Mundial marcó todo el siglo posterior.
Por eso, el primer consejo médico a la gente es concientizar. Piense qué cambió en usted a partir de la pandemia, racionalice las modificaciones que tuvo, trate de sacar del inconsciente y llevar al consciente las huellas amnésicas que dejó la pandemia.
Además, frente a lo que se aceleró, propongo un elogio a la lentitud y al diálogo. Tuve la suerte de estar dos o tres veces con el Papa Francisco y una vez dijo algo muy importante sobre el diálogo —que es un poco tu línea, la moderación como forma de rebeldía—: el diálogo se da entre personas que no piensan lo mismo. Escuchándote por la mañana pensaba en cómo marcás la agenda, porque el diálogo impacta fuertemente cuando dos personas que no piensan exactamente igual buscan ponerse de acuerdo y trazar un camino en común. No pensar lo mismo no nos transforma en enemigos; nos transforma en personas que pueden llegar a un destino compartido. Eso es central, y el diálogo se afectó claramente en la pandemia. Por falta de temporalidad, el diálogo requiere ritmos que se aceleraron en esta alteración temporal.
Se aceleró el tiempo, se desmaterializó la realidad y eso deja una huella que todavía no superamos.
Exactamente.
Luis, muchísimas gracias. Un placer. Felicitaciones nuevamente por el libro El mundo después del mundo.