En el debate público actual, la ignorancia pretende presentar a la justicia social como un cuerpo extraño al orden moral y político, desconociendo que en realidad es una piedra angular de la tradición occidental. Desde la Grecia clásica hasta los Padres Fundadores de la modernidad liberal, la justicia jamás fue entendida como la simple protección de lo acumulado, sino como el equilibrio necesario para que una comunidad no se autodestruya.
El origen: la Justicia como Proporción. Aristóteles ya advertía en su Ética a Nicómaco que la justicia no es una igualdad aritmética ciega, sino una proporción. Para el Estagirita, la “justicia distributiva” es el eje de la polis.
En sus palabras, “lo justo es, pues, una proporción... lo injusto es lo que contraviene la proporción. En lo injusto, lo uno es demasiado y lo otro demasiado poco. Esto es lo que sucede en la realidad: el que comete la injusticia tiene demasiado del bien, y el que la padece, demasiado poco”.
Para Aristóteles, un sistema donde unos tienen “demasiado del bien” a costa de que otros tengan “demasiado poco” no es un mercado eficiente; es, sencillamente, una polis que ha perdido su carácter definitorio: el bien del todo –y de todos.
La Función Social de la Propiedad. La tradición escolástica es demoledora respecto al carácter absoluto de la propiedad privada. Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, establece como principio que el derecho a la vida y a la subsistencia precede al derecho a la propiedad.
Para el Aquinate, “las cosas que son de derecho humano no pueden derogar el derecho natural o el derecho divino... Por consiguiente, las cosas que algunos tienen en sobreabundancia se deben, por derecho natural, al sustento de los pobres. Por eso dice San Ambrosio: ‘Es pan de los hambrientos el que tú retienes; es ropa de los desnudos la que tú guardas en tu armario’”.
Aquino no lo define como caridad o benevolencia; lo llama derecho natural. Bajo esta óptica, el verdadero “robo” no es la intervención del Estado para paliar el hambre, sino la retención de lo superfluo mientras el prójimo carece de lo vital.
La desigualdad como amenaza. El “Padre Fundador” por excelencia de los Estados Unidos no defendía un Estado ausente, sino un Estado regulador que evitara la fractura social causada por la disparidad económica extrema.
En el Federalista n.º 10, Madison identifica la raíz de todos los males republicanos en la propiedad mal gestionada: “Pero la fuente más común y duradera de las facciones ha sido la variada y desigual distribución de la propiedad.” Y las facciones, para él, son el origen de “las enfermedades mortales que han hecho perecer a todo gobierno popular”.
En su correspondencia privada, Madison es explícito sobre el deber del legislador de intervenir cuando la acumulación asfixia al resto: “Siempre que en un país hay tierras baldías y pobres desempleados, es evidente que las leyes de propiedad se han extendido hasta el punto de violar el derecho natural... es objeto de una política constitucional y sabia favorecer la subdivisión de la propiedad”.
Para el arquitecto de la democracia liberal, cuando las leyes de propiedad protegen la acumulación desmedida mientras existe miseria, la ley misma ha violado el derecho natural.
Conclusión: la ceguera del presente.
Reducir la justicia social a una “aberración” es amnesia selectiva: ignorar a Aristóteles, contradecir a Aquino y desmentir al propio Madison. La historia del pensamiento occidental no es la historia del individuo aislado en una burbuja de propiedad absoluta, sino la búsqueda de un orden donde la libertad de uno no sea la sentencia del otro.
Quien hoy llama “robo” a la búsqueda del equilibrio no está defendiendo la libertad; está traicionando la sabiduría occidental de siglos que hicieron posible la República. La verdadera estafa no es la justicia social, sino el intento de convencernos de que podemos ser libres en una sociedad de náufragos.
*Dr. en Ciencia Política (Universidad de Chicago).