OPINIóN
cuidados palitativos y dignidad

Calidad de vida: el verdadero objetivo

Recibir el diagnóstico de una enfermedad que amenaza o limita la vida produce un impacto que trasciende el cuerpo. En un instante cambian proyectos, rutinas, vínculos, certezas y formas de imaginar el futuro. La enfermedad no solo modifica la salud física; también interpela la identidad, la autonomía y aquello que cada persona considera valioso para vivir.

Pero este proceso no lo atraviesa únicamente quien recibe el diagnóstico. También impacta profundamente en la familia y en quienes asumen el rol de cuidar. Muchas veces implica reorganizar horarios, modificar la dinámica familiar, dejar de trabajar para brindar cuidados, transitar largas jornadas entre hospitales y consultas médicas o afrontar el sufrimiento de un ser querido. La enfermedad transforma la vida de todos.

Frente a esta realidad surge una pregunta esencial: ¿qué entendemos realmente por calidad de vida?

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La Organización Mundial de la Salud define la calidad de vida como la percepción que cada persona tiene de su posición en la vida, dentro de su contexto cultural y de valores, y en relación con sus objetivos, expectativas, normas e intereses. Se trata de una experiencia profundamente personal que incluye dimensiones físicas, psicológicas, sociales y espirituales.

Esta definición marca un cambio de paradigma. La calidad de vida no puede establecerse únicamente a partir de estudios médicos o parámetros clínicos. Tampoco puede ser definida exclusivamente por los profesionales de la salud. Es la propia persona quien puede expresar qué le brinda bienestar, qué considera importante y qué le permite seguir encontrando sentido a su vida.

El médico y bioeticista Eric Cassell, referente internacional en el estudio del sufrimiento, sostiene que las personas sufren cuando sienten amenazada su integridad como seres humanos, no solamente cuando experimentan dolor físico. Esta mirada ayuda a comprender por qué el alivio del sufrimiento requiere mucho más que tratamientos farmacológicos.

Cada persona vive la enfermedad de manera diferente. Para algunos, conservar la posibilidad de compartir una comida con su familia representa calidad de vida. Para otros, significa poder mantener su autonomía, seguir trabajando, despedirse de sus seres queridos, continuar disfrutando de un hobby o simplemente sentirse escuchados y respetados.

La actual presidenta de la Asociación Argentina de Cuidados Paliativos, Silvina Dulitzky, profundizó el concepto Sufrimiento existencial en los pacientes con enfermedades avanzadas. Esta mirada continúa siendo el fundamento del trabajo interdisciplinario en cuidados paliativos.

Y nos invita a mirar el sufrimiento existencial como el que emerge cuando la enfermedad confronta a la persona con su propia finitud y pone en crisis aquello que da sentido a su vida: quién es, cómo vive, con quién comparte su existencia y qué legado desea dejar. No siempre puede eliminarse, pero sí puede ser reconocido, escuchado y acompañado.

Por eso, médicos, enfermeros, psicólogos, trabajadores sociales, kinesiólogos, terapeutas ocupacionales, musicoterapeutas, acompañantes espirituales y otros profesionales trabajan de manera integrada para responder a las necesidades particulares de cada persona y su familia.

Desde la psicología, acompañar implica reconocer que la calidad de vida también se construye a partir de los vínculos, el afecto, el autocuidado, la escucha activa, la posibilidad de expresar emociones y el reconocimiento de aquello que sigue dando sentido a la vida.

Nuestro trabajo es la reconstrucción, transformación de nuevos sentidos. Lo que genera sufrimiento no son los hechos, sino el significado que le atribuye el paciente en un determinado momento. En algunos casos, es necesario trabajar en profundidad con la persona para poder determinar cuál considera que es su calidad de vida, como lo definiría. El psiquiatra Harvey Max Chochinov, uno de los principales referentes internacionales en dignidad y cuidados paliativos, sostiene que las personas preservan su dignidad cuando continúan sintiéndose reconocidas, respetadas y escuchadas más allá de la enfermedad.

Esto implica favorecer la autonomía, promover la participación en las decisiones sobre los propios cuidados y acompañar la búsqueda de nuevos recursos para afrontar una realidad que ha cambiado.

Cada intervención, cada conversación y cada decisión clínica deberían responder una pregunta sencilla, pero profundamente humana: ¿Esto mejora la calidad de vida de esta persona?

Porque cuidar no consiste solamente en tratar una enfermedad. Consiste en aliviar el sufrimiento, preservar la dignidad y acompañar a cada persona para que pueda vivir de acuerdo con sus valores, sus deseos y aquello que considera verdaderamente importante.

Como expresó Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido: “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.

Quizá esa frase sintetice mejor que ninguna otra el sentido de los cuidados paliativos: reconocer que la calidad de vida no depende únicamente del tiempo que vivimos, sino de cómo somos acompañados, escuchados y cuidados; lo que podemos identificar, transformar y reconstruir en nosotros en este tiempo.

*Psicóloga del Equipo Domiciliario de Pallium Latinoamérica.