Vivimos tiempos turbulentos, confusos, vertiginosos y desafiantes. Para algunos estamos en presencia de un profundo e irreversible “cambio cultural”. Para otros la humanidad esta volviendo a desarrollar esquemas de poder que han provocado grandes desastres en el pasado cercano. Gran parte de los primeros se sostienen sobre una dialéctica del odio que en no pocos casos hecha mano de simbología religiosa, al tiempo que se saben expertos en el manejo de herramientas virtuales. Los segundos, mas orientados a una visión humanista de los problemas sociales y políticos, intentan comprender los giros de la civilización desde sus anteojos recetados para tiempos de encuentro y diálogo. Los primeros se presentan como “lo nuevo” y miran a los segundos como “el pasado”. Los segundos se sostienen en su esperanza pacificadora planetaria y observan a los primeros como quienes insisten en vestir con ropajes nuevos de “libertad” a andrajos antiguos de “esclavitud”.
Dentro de este panorama, el capítulo quinto de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas presenta con meridiana claridad esta problemática y su solución . El papa León XIV no duda en titular esta situación como “La cultura del poder y la civilización del amor”. Dentro de este apartado tematico, desarrolla con voz esperanzadora y realista un llamado a “Relanzar el díalogo”. Lo comienza de esta manera: “Para construir la civilización del amor debemos ejercitar el diálogo. Este es el principal instrumento de la convivencia entre las personas y entre los pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto. El diálogo es una dimensión ordinaria de la vida humana, y no se refiere únicamente a las relaciones entre los estados. Se trata de adquirir una actitud para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado,incluso de tiempo perdido juntos. Porque, si experimentamos el encuentro auténtico con el otro, el diferente, el extranjero, el migrante, se vuelve incluso mucho más difícil siquiera imaginar la guerra. (M.H. #219-220).

Ante semejante propuesta de un diálogo profundo, valiente, inclusivo y abierto, aún las miradas cercanas a aquel “cambio cultural” ya descriptas, deberían bajar las banderas de sus odios excluyentes, sus miedos sociales disfrazados de proteccionismos territoriales y sus discuros monologales y virtuales. Del mismo modo, aquellos que nos pensamos dialoguistas, deberíamos revisar, luego de las palabras de León XIV, hasta que punto estamos dispuestos a abrirnos al encuentro con los los primeros y no nos autoconvencemos de nuestra cercanía fraternal si seguimos hablando entre los que pensamos parecido.
El desarrollo temático de este apartado de Magnifica Humanitas, amplia su horizonte dialguista y su mirada civilizadara para la paz hacia los que detentan posiciones de poder político etablecido. “ A nivel político, es urgente pasar de la “cultura del poder”a una auténtica “cultura de la negociación”, en la que el diálogo y las relaciones diplomáticas se conviertan en la vía habitual para afrontar los conflictos, … La conciencia de un destino común de los pueblos exige que la cultura de la negociación se convierta cada vez más en un compromiso compartido, político y cultural, capaz de alejar gradualmente a la humanidad de la espiral de la violencia… A quienes tienen el honor y la responsabilidad de gobernar, quisiera repetir unas palabras que dije al inicio de mi Pontificado:«Los pueblos quieren la paz y yo, con el corazón en la mano, digo a los responsables de los pueblos: ¡encontrémonos,dialoguemos, negociemos! La guerra nunca es inevitable, las armas pueden y deben callar, porque no resuelven los problemas,sino que los aumentan; porque pasarán a la historia quienes siembran la paz, no quienes cosechan víctimas; porque los demás noson ante todo enemigos, sino seres humanos: no son malos a quienes odiar, sino personas con quienes hablar.
Rechazar los discuros de odio
Rechacemos las visiones maniqueas típicas de los relatos violentos, que dividen el mundo entre buenos y malos” (M.H. #221-222). Los discursos de odio, los “cambios culturales” orientados a estimatizar parte de la civilización, y las diatribas comunicacionales que en el nombre de la libertad de
expresión dan rienda suelta a todo tipo de violencia simbólica no se agotan en el llano. Muchas veces esta dialéctica del poder social se alimentan y retroalimentan desde y hacia las autoridades políticas. De esta manera estas “culturas del odio” se instrumentan y oficializan, llevando inclusive a muerte, guerra y destrucción. La mayor parte del pueblo desea la paz. En su inmensa mayoría, los ciudadadonos de todo el planeta tienen idales de amor. Las religones en sus mayoría no fundamentalistas, añoran el díalogo fraterno. Si una minoría no piensa o siente de esta manera, y a la vez el poder político promueve la violencia y la guerra en nombre de un pueblo que no logra entender o subsume a estas minorías, el panorama resuta desalentador. Sin embargo, León XIV busca desarmar la lógica macartista de “buenos y malos” e insiste con urgencia esperanzada en la “cultura de la negociación”.
Como mencionara en el primer párrafo, no poco de lo que se percibe de estos fenomenos sociales, políticos y culturales tienen como sustrado una mirada fundamentalista de la religión y una utilización maniquea de la imagen de Dios. Este apartado de la Carta Encíclica de León XIX culmina desarrollando esta problemática, y una vez más ofreciendo generosamente una solución: “Al rechazar la lógica de la violencia, el diálogo entre las religiones tiene un papel decisivo, porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz. Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma.
El “espíritu de Asís" muestra que los creyentes pueden volver a beber de las fuentes más auténticas de sus tradiciones espirituales, donde no hay lugar para el odio sacralizado”. (M.H.#223).
Gracias a Dios que en estos tiempos turbulentos, confusos, vertiginosos y desafiantes vio la luz Magnifica Humanitas. Este apartado destinado a proponer la cultura del diálogo en la construcción de la civilización del amor que se contraponga a la cultura del poder, resulta un fuerte llamado a toda la humanidad. Llamado que no se agota a los fieles de la iglesia católica, se extiende a todas las confesiones de fe y a toda la civilización. Civilización que no solo no exlcuye, sino que incluye con toda su carga de responsabilidad política a quienes tienen el poder y la autoridad de gobernar a los pueblos que representan. Gobernar para la paz, el amor social, el bien común y la integración, y no para el confilcto, el odio, el bienestar único de los poderosos y la exclusión. ¡Que así sea!