sábado 13 de agosto de 2022
OPINIóN Literatura

El placer de leer, siempre (cuadragésima quinta entrega)

Un recorrido por “El colectivo”, la primera novela de Eugenia Almeida, cuya acción se desarrolla en un pequeño pueblo a mediados de la década del 70 del siglo pasado.

27-07-2022 17:10

Eugenia Almeida nació en la provincia de Córdoba el 5 de junio de 1972. Es licenciada en Comunicación Social, egresada de la Universidad Nacional de Córdoba.

Autora de las siguientes novelas: "El colectivo", Roca Editorial, España, 2007; Edhasa, Buenos Aires, 2009, traducida al portugués, griego, francés, italiano, alemán e  islandés, ganadora del Premio Internacional de Novela “Dos Orillas” organizado por el Salón del libro Iberoamericano de Gijón (España), 2005; "La pieza del fondo", Edhasa, Buenos Aires, 2010, traducida al francés, XVII Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, Venezuela. 2011; "La tensión del umbral", Edhasa,  Buenos Aires, 2015, traducida al francés. Premio Transfuge en la categoría «Mejor novela hispánica»,  París, Francia, 2016.

De un libro de poemas: "La boca de la tormenta", Ediciones Documenta/Escénicas, Córdoba. Premios Alberto Burnichón al Libro mejor editado en Córdoba; y de la Feria del Libro de Córdoba. Municipalidad de Córdoba, 2015;

De un ensayo, "Inundación, el lenguaje secreto del que estamos hechos", Premio de la Crítica al Mejor Libro de Creación Literaria de 2019/20.

De una columna radial “Las palabras y las cosas” del Programa “Mira quien habla”, dedicada a cuestiones literarias, en FM 102.3 de la Universidad Nacional de Córdoba.

“El colectivo”, es la primera novela de Almeida, cuya acción se desarrolla en un pequeño pueblo a mediados de la década del 70 del siglo pasado, en el que un día deja de parar el colectivo, lo que da lugar a diversas actitudes y un sinnúmero de interpretaciones que lo transformarán en un gran acontecimiento.

“Pueblo chico, infierno grande”, las lenguas se desbocan. Hay gente muerta de miedo, otra que se complace con el dolor ajeno, la que tiene más memoria que otra, la que duda, la que reproduce el discurso oficial, la que dice que ignora lo que sucede, la que no hace nada durante la dictadura militar, el resurgimiento de viejos enconos, la acusación a una extraña pareja de jóvenes que está de paso y se hospeda en el hotel del pueblo…

A continuación, el siguiente fragmento de “El colectivo”, Edhasa, Buenos Aires, 2009, pág. 71-74:

“Cuando arranca la tardecita, en muchas casas familiares se bañan y se disponen a salir. Sin que nadie se haya puesto de acuerdo, muchos han pensado lo mismo: ir a ver el colectivo. Preparan las mejores ropas, lustran los zapatos, se hacen rodetes con spray o se peinan a la gomina. Se frotan con fuerza el cuello con agua de Colonia.

A eso de las siete Rubén se asoma a la calle a ver qué pasa. Se ha ido juntando gente alrededor del hotel. El hotelero saluda y se pasea entre las familias.

-¿Cómo les va? ¿Andan tomando fresco?

–No –dice la señora González. Venimos a tomar el colectivo.

Rubén mira a la gente que lo rodea. Treinta, cuarenta personas vestidas para salir.

-¿Todos? –Se sonríe. No van a entrar.

Cada uno de los que están ahí sabe que no vienen a tomar el colectivo. Van a verlo pasar a toda velocidad. Pero nadie quiere reconocer que está ahí para eso.

–Qué bárbaro -dice el hotelero. Es la primera vez en mi vida que veo tanta gente esperando. Los de la empresa van a estar chochos.

A las siete y media bajan de su cuarto el viajante y su pareja. Rubén los invita con una copa y les pide que esperen adentro.

–Miren, hay tanta gente afuera esperando el colectivo que va a parar sea como sea. Ustedes quédense acá y yo los vengo a buscar.

–Pero esa gente vino hoy. Y nosotros esperamos desde anteayer. No vamos a ir parados.

–No se preocupe, señor. Yo conozco al chofer. Voy hablar con él y le voy a explicar la situación. Les va a dar buenos asientos. Castro es un hombre muy correcto.

Cuando Rubén se oye a sí mismo nombrar al chofer, siente la certeza de que el colectivo no va a parar. ¿Por qué dijo Castro? Hoy debería pasar Fernández. A Castro recién le toca mañana otra vez.

Sale del hotel y se abre paso entre la gente. Desde la parada ve cruzar a los Ponce. El doctor está enojado, eso se nota de lejos. Apenas se acerca, finge tranquilidad.

–Bueno, Rubén. Esta noche me va a ver. Para mí que antes no me reconoció.

–Después hablamos, doctor.

–No creo que hoy pase por el bar. No se ofenda, pero apenas mi hermana se vaya me vuelvo a descansar.

–Después hablamos.

–Me voy a poner bien en la ruta. Hoy traje mi sombrero. Esta mañana me di cuenta de que a lo mejor no me reconocieron porque estaba sin sombrero. Bueno, pero ahora lo solucionamos, cuando vean que soy yo…

Se oye un grito. Hay chicos jugando en la ruta. La que grita es una madre. En medio de la oscuridad, el colectivo acelera. Las ventanas cerradas y las luces apagadas. Ponce empieza a mover las manos con insistencia, se saca el sombrero y lo agita por arriba de la cabeza.

–Soy el doctor, soy el doctor –grita en voz baja. Es un segundo en que el colectivo pasa como un disparo y todos quedan tapados de tierra. Victoria agarra su bolso preparándose para volver. De dentro del bar sale corriendo el viajante.

Pero es estúpido usted –le grita a Rubén. Acabo de ver cómo pasaba el colectivo y usted no hizo nada.

-¿Y qué quería que hiciera?

–Que lo parara. Éste es un pueblo de locos. Acá pasa cualquier cosa y nadie hace nada.

Desde atrás se oye la voz de Ponce que dice por lo bajo: -…no puede ser que me hayan confundido, no puede ser que no hayan visto que era yo”. 

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