El tablero político argentino ya empezó a jugar la carrera de fondo hacia 2027, y como suele ocurrir en nuestra historia, el primer movimiento no se da en las urnas, sino en los despachos del Congreso. El Gobierno ha puesto la mira de forma directa en el sistema electoral. Modificaciones en las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) o su eliminación total, sumadas al viejo debate sobre las listas colectoras, marcan hoy la agenda de una reforma que esconde un objetivo puramente pragmático.
Hay que decirlo con claridad: el oficialismo quiere eliminar las PASO, básicamente, porque le conviene.
Esta práctica no es un invento argentino ni una exclusividad libertaria. Es un síntoma del clima de época global. En Estados Unidos, Donald Trump ensaya movimientos similares, demostrando que los gobiernos tienden a moldear el sistema a su favor. En esta tensión histórica entre el poder y las reglas, las reglas siempre terminan quedando por debajo. El poder dicta las normas que le convienen en lugar de someterse a las existentes.
A mí, desde una posición bastante principista en términos institucionales, este desprecio por los marcos regulatorios me resulta peligrosísimo. Sin embargo, parece ser lo que hoy regula a gran parte del planeta. Da la impresión de que la sociedad, sumergida en la urgencia, ya no exige reglas claras; exige soluciones rápidas, validando que el poder pase por encima de las formas si con eso se enfrenta el problema del día a día.
El laberinto de la oposición y el fantasma de las colectoras
La jugada contra las PASO tiene un destinatario directo: la oposición. Si se eliminan las primarias, el peronismo y el resto de las fuerzas opositoras perderían la principal herramienta institucional para dirimir sus feroces internas, como el conflicto latente entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof. Sin una PASO organizada por el Estado, se verían obligados a competir en internas partidarias cerradas —donde vota poca gente— o a sentarse a acordar listas comunes. Cualquiera que conozca la dinámica actual del kirchnerismo sabe que ese consenso hoy roza lo imposible. La eliminación de las primarias los metería en un problema colosal.
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Una solución intermedia podría ser que se mantengan las primarias, pero quitarles la "A", la "O" y la "S". Es decir, que dejen de ser abiertas, obligatorias y simultáneas, transformándolas en internas tradicionales de cada partido.
En paralelo, el oficialismo busca regular las famosas listas colectoras. El objetivo es evitar que los gobernadores feudales o provinciales se "cuelguen" de la boleta del candidato a presidente más fuerte para traccionar votos en sus distritos.
El destino de estos proyectos en el Congreso aún está por verse. Lo que ya quedó expuesto es la fisonomía del poder actual: una lógica donde el sistema electoral no se defiende como un suelo sagrado de la democracia, sino como una plastilina que se moldea según la necesidad de la próxima elección.
MEG/ff