Hoy se habla de conciliación entre familia y trabajo, de corresponsabilidad, de bienestar laboral y de políticas destinadas a favorecer la vida familiar de los trabajadores. Son cuestiones necesarias y valiosas. Pero hay una pregunta anterior: ¿qué concepto de persona sostiene nuestras decisiones? Ninguna política de conciliación será suficiente si seguimos entendiendo el trabajo como una dimensión que compite inevitablemente con la familia.
La vida de Enrique Shaw permite pensar esta cuestión desde otro lugar. Su experiencia muestra que la persona es una sola: el trabajador no deja de ser miembro de una familia cuando atraviesa la puerta de la empresa, y el empresario tampoco deja de ser hijo, esposo o padre cuando ingresa a su oficina. Integrar la vida supone reconocer esa unidad.
En diciembre de 2025, el papa León XIV abrió el camino hacia su beatificación, renovando el interés por el testimonio de quien fue esposo, padre, empresario y dirigente. A 64 años de su muerte, Enrique Shaw vuelve a interpelar con una mirada sobre la familia y el trabajo que conserva plena actualidad.
Shaw eligió otro trayecto. No buscó la santidad alejándose de las realidades cotidianas, sino dentro de ellas. Fue esposo de Cecilia Bunge, padre de nueve hijos, empresario y dirigente. Su vida familiar y su vida cristiana no se desarrollaron al margen de sus responsabilidades, sino a través de ellas: el hogar, la empresa y las instituciones no fueron escenarios independientes, sino expresiones de una misma vocación.
De esa convicción nace una profunda clave de su legado. Shaw comprendió que la trascendencia podía hacerse presente en lo ordinario: en la manera de amar a su esposa, de educar a sus hijos, de conducir una empresa, de relacionarse con sus trabajadores y de asumir las responsabilidades en su rol de empresario.
Su vida familiar se destacaba por un clima de alegría, cercanía y atención. Shaw entendía el matrimonio como una vocación de entrega, y la familia, como un ámbito privilegiado para aprender a amar y confiar. Para el futuro beato, el hogar no era el lugar al que se regresaba después de cumplir con las obligaciones, sino una de las responsabilidades más importantes de su existencia y de su proyecto de vida.
Esa misma mirada se proyectaba sobre su concepción de la empresa, entendida como una comunidad de personas. Para el venerable empresario, una organización no podía reducirse a capital, producción, tecnología o rentabilidad, porque detrás de cada trabajador había una persona, una familia y una historia.
Shaw no concibió su vida familiar y empresarial como dos mundos que debían conciliarse permanentemente, sino que buscó integrarlos desde una misma concepción de la persona. Esa integración es la enseñanza más actual de su testimonio.
Su experiencia invita a pensar de otro modo. La persona es una sola. El trabajador no deja de ser miembro de una familia cuando atraviesa la puerta de la empresa, y el empresario tampoco deja de ser hijo, esposo o padre cuando ingresa a su oficina. Integrar la vida supone reconocer esa unidad.
Su próxima beatificación pone a las puertas de los altares a un esposo, padre y empresario, y desafía la idea de que la santidad exige apartarse de la vida cotidiana: Shaw la buscó en la mesa familiar, en la escucha de cada hijo, en las decisiones empresariales y en el cuidado de cada trabajador. Ese es el legado que deja este aniversario: la trascendencia no espera a que termine la jornada, se la busca cada día, en cada gesto ordinario en el que elegimos poner amor y mirada de eternidad.
*Profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.