OPINIóN
Tercera Guerra Mundial

Inteligencias de destrucción masiva

La nueva guerra santa y vacía de dioses será ya sin los remordimientos de Robert Oppenheimer, en 1943. Su punta de lanza es Alexander Karp, “CEO tecno-filósofo, cuya misión es identificar, cazar y aniquilar individualmente los cerebros, cuerpos e instituciones que acechan a Occidente” esgrime el autor. Qué los une.

Robert Oppenheimer y Alexander Karp 11092026
Robert Oppenheimer y Alexander Karp. | Collage

La aniquilación de la humanidad es algo que solo ocurre en una ficción, guionada y producida en Hollywood, rebosante de súper héroes, dispuestos a dar sus vidas para proteger a los hombres de bien y de buena voluntad que habitan la Tierra, judeocristianos preferentemente .

Pero la realidad no es tan así.

La crisis entre Israel e Irán se mide en pánicos nucleares. Intermedia Pakistán con bombas nucleares, que a su vez vive en permanente conflicto con la India, que también tiene bombas nucleares. Cada tanto, Rusia nos recuerda que está a un click de hacer saltar a Europa por el aire. Todo gestionado por Donald Trump que convirtió el Panteón de la Democracia moderna, la Casa Blanca, en un estadio de UFC.

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La geopolítica vive de mentiras, amenazas y traiciones pero sobre todo de un relato que no acepta matices, porque el poder no acepta matices. Al terminar la Segunda Guerra Mundial la cosa era muy clara: los buenos ganamos y los malos perdieron.

Y en líneas generales fue así. Pero enterrar detrás de esta verdad sin pliegues los 70 millones de muertos que dejó la parte final de esa guerra que comenzó en 1914 es cuanto menos hipócrita, porque, entre otros detalles, los buenos tiramos dos bombas atómicas sobre los muy malos para ahorrar vidas de los muy buenos.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial la cosa era muy clara: los buenos ganamos y los malos perdieron"

El tema es que los muy malos se habían rendido unos meses atrás (Alemania e Italia) y los japoneses estaban negociando con la URSS las condiciones para hacerlo. De cada diez soldados alemanes que murieron en el frente, ocho fueron en manos de los soviéticos, los mismos que estaban negociando con Japón su rendición.

La URSS no podía arrancar con esa ventaja sobre los EEUU la repartición de un mundo de convidados de piedra, y de daños colaterales. Las dos bombas atómicas no fueron para terminar una guerra que ya había finalizado, fueron un escarmiento por anticipado, en ese largo y oscuro camino que fue la Guerra Fría. La excusa, creíble en un mundo agotado y azotado por el demonio nazista, era que había que desarrollar la gran bomba antes que lo hicieran los alemanes.

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La verdad fue para amedrentar a Stalin, porque Alemania no tenía ni el tiempo ni los recursos humanos (los había exterminado o se habían exiliado en su gran mayoría) y económicos para hacerlo. El Tercer Reich estaba implosionando. En los hechos, los alemanes destinaron a ese proyecto un equivalente de US$ 27 millones y varias docenas de personas. Los EEUU, casi US$ 27 mil millones y 130 mil personas de manera directa y casi 500 mil de forma indirecta.

Después de Hiroshima y Nagasaki (y por supuesto del Holocausto), la humanidad quedó habilitada para todo y erradicó “esas malas costumbres” llamadas culpa y remordimiento.

En 1943, Robert Oppeheimer, el físico brillante devenido en líder del proyecto que aniquiló en un suspiro dos ciudades y regó de horror a la Tierra, para proteger a la humanidad.

2004, Alexander Karp, el CEO tecno-filósofo deslumbrante, devenido en la punta de lanza de esta nueva cruzada, cuya misión es identificar, cazar y aniquilar individualmente los cerebros, cuerpos e instituciones que acechan a Occidente, comenzando por el sistema democrático liberal.

Quizás sea apenas una casualidad la que une estos dos proyectos minuciosamente programados de destrucción masiva.

Pero parafraseando a Shakespeare, algo huele muy mal en Dinamarca, y mucho más cuando todo es justificado con ese latiguillo devenido en el lema de esta nueva guerra santa vaciada de dioses y abrumada de paranoicos inescrupulosos e ignorantes que repiten sin pudor: esta vez estamos del lado correcto de la historia.

*Escritor, autor de “Atractores extraños”, columnista en Radio del Sol (Uruguay) y en Radio Splendid de Argentina