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OPINIóN / Análisis
lunes 6 julio, 2020

La esclavitud y la supervivencia de sus efectos

Los recientes actos de racismo que comenzaron sacudiendo a parte de los EE.UU., han puesto de relieve la discriminación y maltrato que continúan sufriendo parte de los ciudadanos norteamericanos y de muchos otros países.

Las protestas por la muerte de un ciudadano negro a manos de la policía se intensificaron en Washington, Nueva York y otras ciudades ante la indignación que generó la orden del presidente Donald Trump de reprimir una manifestación pacífica y su amenaza de Foto: AFP
lunes 6 julio, 2020

A partir de la declaración de derechos humanos proclamada en el Estado norteamericano de Virginia en 1776, y en Francia en 1789, se difundieron ampliamente los principios que establecían la igualdad de todos los seres humanos y la inviolabilidad de sus derechos, y pasaron a integrar el conjunto de creencias que movían a líderes políticos y a sus seguidores en la construcción de sistemas políticos que los resguardaran, tal como el sistema representativo con división de poderes perfeccionado en los Estados Unidos, al que se le iría asociando su definición como democracia representativa.

El texto de Virginia comenzaba estableciendo… “Que todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes, y tienen ciertos derechos inherentes, de los cuales, cuando entran a estado de sociedad, no pueden, por ningún pacto, privar o despojar a su posteridad.” La Declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 afirmaba en su artículo primero que “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común” y en su artículo segundo, “La finalidad de cualquier asociación política es la protección de los derechos naturales e imprescriptibles del Hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.”

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Estos principios de derecho natural, convertidos así en normas de derecho positivo -y, en el caso de los Estados Unidos anexados al texto constitucional de Filadelfia por medio de enmiendas-, entraban en la Historia anunciando un mundo de igualdad y felicidad para los seres humanos. Pero, como sabemos, eso no sucedió.

Aunque las causas de esto son variadas, voy a detenerme en sólo un fenómeno que tiene relación con lo que trato. Mientras que hombres como Diderot y Raynal, entre otros, condenaban el colonialismo y la esclavitud, algunos de los más importantes teóricos políticos europeos que contribuyeron a la instalación de lo que llegarían a ser democracias representativas eran esclavistas. El caso más elocuente es el del filósofo y teórico político John Locke, defensor de la esclavitud y, más aún, inversor de sus fondos en el comercio de esclavos, a través de la Royal African Society de la cual era accionista.

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Por otra parte, el Estado de Virginia era el estado más esclavista de los Estados Unidos. Y entre lo firmantes de aquella declaración, muchos eran propietarios de esclavos, incluido el redactor del borrador, Georges Mason. También lo eran fundadores de los Estados Unidos como Washington, Madison y Jefferson, entre otros. Evidentemente, tomando al pie de la letra la declaración de Virginia, los esclavos no eran seres humanos.

Entre los siglos XVI y XIX alrededor de doce millones de esclavos africanos fueron transportados a América. Recién a partir de las críticas de pensadores de la Ilustración del siglo XVIII y de la condena de cuáqueros y otros grupos evangélicos, se comenzó a combatir el tráfico.“Europeos, percataos de lo que sois -escribía uno de ellos-. Desde hace tres siglos los tigres y las panteras son menos terribles que vosotros en África; desde hace tres siglos Europa, que se proclama cristiana y civilizada, tortura sin piedad, sin tregua, en América y en África, a pueblos que considera salvajes y bárbaros. Ha difundido entre ellos la depravación, la miseria y el olvido de todos los sentimientos de la naturaleza, para aprovisionarse del añil, del azúcar y del café.”

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Pese al movimiento abolicionista iniciado en Inglaterra por los cuáqueros en 1783 mediante una petición al Parlamento y prolongado por los cuáqueros de Pennsylvania en las colonias angloamericanas, el tráfico de esclavos recién comenzó a ser prohibido por uno de los países que más habían lucrado con él a lo largo de más de dos siglos, Inglaterra, mediante el acta de 1833 que, inmediatamente, trató de imponer a otros países.

Luego de suprimida la esclavitud en los Estados Unidos como consecuencia de la guerra civil de 1861-65, la situación de los descendientes de los esclavos africanos siguió siendo penosa en muchos de los Estados norteamericanos como lo sacan a luz sucesos como los recientemente ocurridos. Mal que nos pese, parecería estar cumpliéndose el desesperanzado pronóstico de Alexis de Tocqueville, según el cual, el hecho de que la esclavitud moderna, a diferencia de la existente en tiempos de la antigüedad clásica, se haya concentrado en lo que denominaba “una sola raza”, haría imposible erradicar sus efectos. “El cristianismo -escribió en La democracia en América-, había destruido la servidumbre; los cristianos del siglo XVI la reestablecieron; nunca la han admitido, sin embargo, sino como una excepción en su sistema social, y tuvieron cuidado de restringirla a una sola de las razas humanas. Así hicieron a la humanidad una herida menos grande, pero infinitamente más difícil de curar.” Y como prueba de esto, observaba que cuanto más desaparecían las normas legales esclavistas más fuerte era el rechazo de la población blanca hacia los ex esclavos, al punto en que en aquellos Estados norteamericanos que no habían conocido la esclavitud, más intensa era la discriminación.

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Sin embargo, paradoja de la historia, el sistema político creado por aquellos esclavistas creó las condiciones para la supresión de la esclavitud, aunque una supresión muy tardía y que además no logró suprimir los prejuicios raciales que aún subsisten. Porque los recientes actos de racismo que comenzaron sacudiendo a parte de los EE. UU. y repercutieron en muchos lugares del mundo, han puesto de relieve la discriminación y maltrato que, en expresiva negación de la validez de aquellas declaraciones de fines del siglo XVIII, continúan sufriendo parte de los ciudadanos norteamericanos y de muchos otros países debido a lo que habitualmente se consideran sus atributos raciales. No es desacertado observar que esa discriminación posee comunes caracteres con otras como el antisemitismo aún vivo en muchos países. Y, si quisiéramos ampliar el conjunto de rasgos de la especie a la que pertenecen esos actos, podríamos incluir también a las que sufren muchos seres humanos por razones de género o pertenencia a diversos cultos religiosos.

Es de esperar que el pesimista pronóstico de Tocqueville pueda ser desmentido por los hechos, aunque la situación actual no fundamente el optimismo. De todos modos, es alentadora la fuerte reacción que se produjo recientemente en los Estados Unidos y se propagó por el mundo, ante uno de los crímenes contra un descendiente de las víctimas del otro crimen, el de la trata de esclavos.

 

 

Nota: Para un resumen de la esclavitud en la historia de la Argentina, véase mi artículo "La esclavitud no se abolió en 1813", Ñ. Revista de Cultura, 9 de febrero de 2013.


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