Nos encontramos transitando un momento crucial donde los datos de la realidad económica golpean con una dureza incontrastable. En este contexto, resulta imposible obviar una estimación sumamente preocupante publicada por el periodista Francisco Jueguen: para este año se calcula que podrían cerrar unas 3.000 empresas más, lo que conllevaría la destrucción de al menos 105.000 puestos de trabajo adicionales a los que ya se han perdido en el último tiempo.
Estas proyecciones no surgen de la nada; cuentan con el respaldo y las advertencias de entidades clave como la Unión Industrial Argentina (UIA), que ven en este escenario una posibilidad trágica pero absolutamente real si no se corrigen ciertos aspectos de la dinámica actual.
Ahora bien, frente a un panorama de semejante gravedad, lo lógico, lo saludable y lo indispensable en cualquier democracia madura sería la apertura de un debate profundo. Yo celebro que existan estas discusiones, porque contrastar visiones es la única forma razonable de corregir el rumbo antes de que el daño sea irreversible.
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Lo que resulta incomprensible —y profundamente preocupante— es la postura que ha adoptado el Gobierno: una suerte de grande fobia a los debates públicos.
Uno se pregunta sinceramente qué es lo que pretenden. ¿Un silencio de radio absoluto? ¿Que nadie opine, que nadie señale una inconsistencia, que absolutamente nadie diga una sola palabra? Porque la dinámica que han impuesto es letal para el diálogo: quien se atreve a formular una crítica o a mostrar un dato desfavorable, queda sometido de inmediato a un ataque sistemático. Se lo acusa de ser un conspirador, un subsidiado, un "hijo de su madre" o directamente un tarado.
Es una metodología francamente triste. Y resulta doblemente contradictoria en un espacio político que embandera la defensa de las libertades. Pareciera ser que el marco de convicción oficialista defiende fervientemente ciertas libertades económicas, pero le tiene un terror absoluto a la libertad de expresión y a la confrontación de ideas. La libertad, si es real, no puede ser selectiva.
MEG