Hay algo que el poder hace muy rápido.
Te aleja.
No es algo que pase de un día para el otro. Es más sutil. Empieza con pequeños permisos. Con cosas que “no son tan graves”. Con decisiones que parecen prácticas, cómodas e, incluso, justificables.
Y cuando te querés dar cuenta, ya no estás viendo la realidad como la ven los demás. La ves literalmente desde arriba.
Yo lo viví.
Cuando fui gobernadora de la provincia de Buenos Aires tenía a disposición un helicóptero, secretarias, acompañantes de protocolo, una residencia oficial y embarque prioritario en el aeropuerto. Todo estaba ahí. Y todo tenía una explicación: seguridad, agenda, responsabilidad.
Pero entendí algo con el paso del tiempo: el problema no es que existan esos recursos. El problema es qué hacés vos frente a ellos. Cuánto los cuestionás o cuánto los aceptás.
Porque el poder no te cambia. Te desnuda.
Te muestra cómo sos cuando nadie te pone límites.
Todo empieza con pequeños permisos, y cuando te querés dar cuenta, ya no ves la realidad
Por eso siempre intenté hacer algo que puede parecer simple, pero no lo es: incomodarse. No naturalizar. No siempre lo logré. Quien diga que no le pasó miente. El helicóptero en una provincia que tiene el tamaño de un país garantiza llegar a más reuniones en un día. El protocolo ahorra tiempo y evita errores. Los demás te miran distinto, te cuestionan menos y te halagan más. Y, así, uno va cayendo en la trampa. Todos, cuando estamos en un cargo público, deberíamos preguntarnos si eso que estamos haciendo lo puede hacer cualquier argentino.
Si la respuesta es no, entonces lo tenés que pensar dos veces.
Hoy vemos discusiones sobre vuelos privados, privilegios, beneficios. Y muchos se apuran a discutir si es legal o no, si corresponde o no según una norma.
Para mí, la pregunta es otra: ¿está bien?
¿Está bien en un país donde la mayoría hace cuentas para llegar a fin de mes?
¿Está bien cuando la política tiene una distancia cada vez más grande con la gente?
¿Está bien cuando los ciudadanos nos piden eliminar esos privilegios?
Durante años escuché a muchos decir que estos temas son menores. Que lo importante es otra cosa.
No estoy de acuerdo. Porque ahí empieza todo.
La distancia. La bronca. La desconfianza.
La gente cree que la política es un mundo aparte, de unos pocos privilegiados. Y cuando eso pasa, después es muy difícil reconstruir el vínculo.
La gente no espera políticos perfectos. Pero sí espera algo básico: sentido común, cercanía y límites.
La política no puede ser un lugar cómodo.
Si se vuelve cómodo, deja de servir.
Yo creo en otra forma de hacer las cosas. Más incómoda, sí. Más exigente también. Pero más honesta.
La política no puede ser un lugar cómodo; si es así, no sirve; hay otra forma
Hoy que ya no ocupo ningún cargo electivo, decido no quedarme con un sueldo seguro en algún recoveco del Estado, sino salir al mundo privado a hacer mi camino. Corriendo riesgos tomando responsabilidades. Una política que no se crea especial.
Que no viva mejor que la gente a la que representa.
Que no se dé permisos que los demás no tienen.
Ese es el camino más difícil.
Pero también es el único que vale la pena.