OPINIóN
Posibilidades de la izquierda

¿Puede el comunismo gobernar la Argentina?

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Bregman. Mide arriba del 10% y es la política con menor imagen negativa. | cedoc

Es el ocaso de la era Milei? Puede ser. Trump y Orbán son datos preocupantes, pero internamente no todo es tan grave. Por ahora, el tema se reduce a los malos números que traen las encuestas, como el visible afianzamiento de la candidatura de Kicillof. Para quien esté tratando de atisbar algún giro copernicano en la política nacional, tal vez el asunto más relevante es otro: Myriam Bregman mide arriba del 10% y es la política con menor imagen negativa. Quizás estemos frente al fin del clima derechista que comenzó a armarse hacia 2008. Un escenario harto hipotético todavía, pero que habilita pensar el problema: ¿podría el “comunismo” gobernar la Argentina? Digo “comunismo”, no keynesianismo, como el del gobernante de la mayor provincia del país. Como se sabe, digan lo que digan Márquez, Kaiser o Laje, Keynes era un egregio defensor del capitalismo, en las antípodas de una “trotskista” como “la Rusa”.

La respuesta es negativa, no por alguna incapacidad congénita del socialismo, sino porque la izquierda argentina no quiere gobernar. Si el lector presta atención a sus campañas electorales se encontrará con una vocación más bien modesta: se trata de tener “una voz” en el Congreso, dar una banca a un “representante” de los trabajadores que te ayude “a luchar” por tus derechos. Así, el programa “de gobierno” se reduce a un recitado de medidas genéricas sin aplicación posible, dado el contexto. No es extraño entonces que, en relación a esta pregunta, la misma Bregman se haya pronunciado en contra.

Esta izquierda no cree posible gobernar porque supone que el Estado burgués no puede ser dominado mediante el voto: la democracia burguesa es una farsa y la conquista del Ejecutivo es fuente de ilusiones que desembocan siempre en Salvador Allende. No se prepara para gobernar porque una posibilidad así solo se da en medio de una crisis terminal y como resultado de una insurrección masiva de los trabajadores. Mientras la democracia burguesa se mantenga firme, no haya ninguna revolución mundial en marcha y los trabajadores no piensen en insurrección alguna, no hay mucho más que hacer que sindicalismo. Es una izquierda que hace política una vez cada treinta años: en los 70, en el 2001 y tal vez, en la próxima crisis, si la hay. En el fondo, solo se acepta un modelo de cambio social: la Revolución Rusa. Que la Argentina no es la Rusia de 1917 y que la democracia burguesa ha resultado más dura de lo pensado como modo de dominación son datos que se pasan por alto. Estas lecturas religiosas de la realidad llevan a la marginalidad política y a la pura reivindicación moral. Se entiende por qué los trabajadores prefieren siempre al peronismo o a cualquier fórmula patronal que les prometa algo más que “principios”: con los principios no se come. La pregunta obvia es, entonces, para qué se presentan a elecciones de cargos ejecutivos. Pregunta inquietante: ¿qué pasaría si los votan “demasiado”?

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La cuestión se vuelve crucial porque es posible que Myriam Bregman pueda calzarse la banda presidencial en 2027. Sobran ejemplos y el más importante está hoy en el Gobierno. Sobre todo, con un Kicillof “hablándoles a los mercados”, como Lula, y con un Milei que ya no representa disrupción alguna. Ese mismo “Que se vayan todos” que representó Milei en 2023 puede girar brutalmente y volver a su punto de partida, el 2001. Pero si esta izquierda se niega a abandonar la infancia mística y no avanza a la edad de la razón, es decir, si no toma una vía socialista creíble para las masas, en el mejor de los casos, perderá una oportunidad única. En el peor, se irá a casa temprano, al otro día de anunciar el no pago de la deuda y la jornada de seis horas, como consecuencia del descalabro evidente que produciría un gobierno de improvisados peor que el que hoy ocupa Balcarce 50.

*Docente e investigador. Director del Ceics.