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Los usos de Huntington: notas sobre la identidad y la política exterior

Se han cumplido 20 años desde la publicación en la revista Foreign Affairs de un artículo escrito por el politólogo estadounidense Samuel Huntington (SH), en el que bosquejó las ideas principales de su posterior libro The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order.

Guerra Fría
Guerra Fría | Istock Photo

El artículo de SH fue publicado en una coyuntura particular y como respuesta a un texto célebre. El fin de la Guerra Fría fue un breve escenario histórico en el que asistimos al apogeo de la democracia liberal y la imposición de la economía de mercado a escala global, una era que parecía alejar definitivamente los peligros de una confrontación bipolar y limitar los eventuales futuros conflictos bélicos a meras causas regionales.

Sobre el fin de la historia

Esta coyuntura tuvo su clímax académico en la conocida tesis de Francis Fukuyama sobre el Fin de la Historia. La tesis sostiene que al advenimiento de la democracia liberal a nivel global podría significar el punto final de la evolución de la Humanidad y el acceso a la forma más acabada de gobierno. Fukuyama partió del concepto hegeliano de evolución histórica, en una lectura de Hegel en clave de Alexandre Kojéve. Esta postura generó una reacción política y académica internacional, acusando a Huntington de producir conceptos justificadores de la hegemonía internacional de los EE.UU. y del modelo americano de vida.

Una de las respuestas académicas (y políticas) más claras a la tesis de Fukuyama sería particularmente premonitoria y generaría asimismo un debate intelectual sin fronteras. Samuel Huntington responde al optimismo de Fukuyama con una obra que sostiene que la aparente tregua ideológica y política del escenario internacional será reemplaza por una profunda brecha entre las civilizaciones.

Esta tesis supone el regreso a una confrontación más antigua en la que la fuente fundamental de los conflictos internacionales futuros no será tanto ideológica o económica como cultural: “Los estados-nación seguirán siendo los actores más poderosos del panorama internacional, pero los principales conflictos de la política global ocurrirán entre naciones y grupos de naciones pertenecientes a diferentes civilizaciones. El choque de civilizaciones dominará la política global”.

La obra de Huntington generó una literatura que sostiene que su tesis no es otra cosa que la legitimación teórica de la versión estadounidense del inveterado imperialismo cultural occidental sobre el resto del mundo. Edward Said -en su obra The clash of ignorance- afirma que esa tesis desconoce el grado de interdependencia cultural alcanzado por el mundo, parte de un universo cerrado de valores culturales, se basa en prejuicios racistas sobre el destino de los pueblos y funciona como un atajo intelectual para la expansión imperial estadounidense.

El artículo de Huntington cumple 20 años. Los acontecimientos políticos internacionales pueden, aún, ser analizados a través de su texto, bastante más criticado que leído. La permanente crisis de Medio Oriente, así como la invasión rusa a Ucrania parecen constituir otros capítulos de este malentendido.

Quizás algunas preguntas hechas en los años 90, sigan sin obtener una respuesta. ¿Hay un choque civilizatorio entre el Occidente liberal y otras matrices culturales? ¿La idea del choque civilizatorio aplana matices dentro las culturas que parecen antagónicas? ¿Occidente tiene una mirada paternalista de otras construcciones culturales? ¿Hay un uso político de la noción del choque civilizatorio para esconder ambiciones políticas y territoriales? ¿Es relevante la identidad cultural en la política exterior?

Identidad y política exterior

Un notable trabajo académico publicado en 2016 por Federico Merke afirma que la identidad puede configurar los intereses estatales y, de este modo, orientar la política exterior de un Estado. Merke propone distintos tipos de relaciones entre la construcción de identidad y las prácticas sociales, pensando a la identidad como una herramienta que los sujetos utilizan para darle sentido al mundo que los rodea y por lo tanto clave para moldear las acciones.

Este enfoque enfatiza –en clave constructivista- el vínculo entre las prácticas políticas y el discurso; la construcción de la identidad de un sujeto como variable relevante en el proceso de toma de decisiones de la política exterior a partir de su relación con el ‘otro’, en base a la distancia social, la imagen pública y la proyección política de ambos.

¿Puede una convicción –cualquiera sea: el mundo se está tornando ineluctablemente multipolar; nuestro país es occidental o el islamismo radical es enemigo de la libertad individual- tener influencia en la toma de decisiones de la política exterior? Si la respuesta resultara afirmativa, nos preguntamos asimismo cuál es el rol que juegan las ideas y de qué forma interactúan con las dimensiones tangibles.

Goldstein y Kehoane abordan la cuestión afirmando que las ideas son factores clave en la formulación de la política exterior. Estos autores no sostienen la primacía de las ideas sobre los intereses concretos (militares, comerciales) sino que apuntan al balance de los roles de ambas dimensiones. Consideran que tanto el realismo/neorrealismo como el liberalismo, partiendo de la convicción de que el Estado toma sus decisiones de manera racional, relegan a las ideas a un rol insignificante.

Las ideas, afirman Goldstein y Kehoane, cumplen un triple rol: proveen una suerte de cartografía en el diagnóstico inicial, afectan las estrategias cuando el escenario es inestable y penetran significativamente las instituciones políticas: “Las ideas reducen el número concebible de alternativas, enfocando la acción en ciertos caminos y no en otros, sirven al propósito de guiar el comportamiento bajo condiciones de incertidumbre, estipulando patrones causales o proveyendo motivaciones éticas o morales para la acción”.

Así, las ideas tienen un rol exógeno al proceso de toma de decisión, brindando un orden predeterminado a las alternativas sobre la mesa del responsable de la estrategia. Goldstein y Kehoane también abrevan en la cuestión de las creencias, como paradigmas o marcos de referencia que –penetrados en un ambiente cultural- están imbricados con la misma identidad y evocan lealtad epistemológica.

Si estas creencias, como afirman estos autores, tienen un gran impacto en la vida política y otorgan inmunidad a ciertos conceptos (la soberanía en el mundo Westfaliano, por ejemplo), eso podría explicar la manera de comprender el mundo, de percibirse y, por tanto, de actuar. Todavía más, una a vez tomada la decisión, las ideas sirven además al ejercicio legitimación frente a una comunidad determinada, contribuyendo a dotarlas de sentido y al diseño de las agendas políticas.

Por todo lo mencionado, consideramos que resulta clave generar un debate sobre la identidad político cultural de la Argentina y su relevancia en el proceso de toma de decisiones en la política exterior. En tal sentido, se podrían pensar algunos elementos básicos en un intento muy preliminar de definir esa identidad político-cultural:

  • Argentina es un país occidental, por lo que su política exterior debe procurar el respeto por las libertades civiles y políticas, el estado de derecho, la convivencia étnico-religiosa y el pluralismo ideológico.
  • Argentina es un país periférico, inserto geográfica y culturalmente en América Latina, por lo que su vinculación al mundo debe iniciarse a partir de la región.
  • Como miembro de la periferia occidental, en calidad de país subdesarrollado y en su condición de miembro del G-20, Argentina debe vincularse pragmáticamente, bregar por el comercio internacional libre y justo, así como darse una estrategia de inserción múltiple, valorando ventajas según la temática en cuestión, con foco en los intereses nacionales.