OPINIóN
Mil días de Milei en mil palabras

Ordenando el caos: mil días de interregno

A mil días de la llegada de Javier Milei a la Rosada, PERFIL ofrece las miradas de reconocidos políticos, periodistas, historiadores y analistas que recorren precisamente en mil palabras un gobierno que alteró el mapa político, puso en discusión viejas certezas y profundizó otras fracturas.

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| Pablo Temes

Es el 10 de diciembre de 2023. El último dato de inflación publicado es el de noviembre: 12,8% en un mes, 160,9% en un año, y diciembre va a cerrar en 25,5%, el mes más alto en treinta y dos años. Hay quince tipos de cambio, el Banco Central tiene quemadas las reservas, hay desabastecimiento de nafta y de energía, ese año se volvió a importar gas. Los movimientos sociales y los piqueteros tienen tomada la 9 de Julio y cortan las rutas cuando quieren. Argentina está en un no lugar geopolítico, hablando de “Juan Domingo Biden” y visitando a Putin semanas antes de que invadiera Ucrania. Milei asume con la minoría parlamentaria más reducida de la historia democrática reciente. Enfrente queda un peronismo que sacó 36% en las generales, con cerca de cien diputados y la primera minoría y control del Senado. Un amigo peronista me dijo por esos días “toda la vida representamos el orden económico y el orden social, ya no representamos ninguna de las dos cosas”.

Hoy se cumplen mil días de eso.

Un profesor de Santiago Bulat le explicaba que hasta el 6 o 7% anual es inflación estándar, que dos dígitos ya es alta, y que con tres dígitos ya no hablás de inflación: rompiste el sistema. En diciembre de 2023 el sistema estaba roto.

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Imaginemos otra cosa. Milei escucha a sus detractores y a algunos “políticos expertos”, y decide ponerse de acuerdo con todos y desandar sus ideas. ¿Cuánto hubiera durado? La respuesta no necesita ser dicha en voz alta, pero cualquier argentino la sabe.

Ahí está lo que estos mil días nos obligan a pensar a los que venimos de otra tradición: si a la moderación, entendida como equilibrio, se llega siendo moderado cuando el contexto de la discusión es que una de las partes y que de hecho si pudiera te eliminaría.

Un mes antes de asumir, casi el 56% de los argentinos lo había votado en un ballotage frente a un peronismo unido en lo electoral, pero que si es por hablar de formas, parece interesante pensar cuán normal fue que la Vicepresidente le propinara un golpe de palacio al Presidente Alberto Fernandez, que el Ministro del Interior lo desautorizara, y que el Presidente de la Cámara devenido en Ministro de Economía fuera el Presidente de facto y después el candidato. Eso sí, con unas formas humanas muy amables, ciertamente. Mujica decía que eso que llamamos peronismo no es un partido sino una mística, sino no se explica cómo salir primero en una elección general con esa inflación.

Nosotros salimos terceros, habíamos empezado ese 2023 pensando que a fin de año íbamos a ser gobierno, y peor aún, a los problemas que tenían los argentinos les agregamos los nuestros: pretendíamos ser el partido de la moderación y el consenso y nuestro propio espacio no tenía adentro ninguna de las dos cosas. En casa de herrero, cuchillo de palo.

En estos mil días se discutieron cosas que se habían convertido en vacas sagradas. Los cortes y los piqueteros, los planes sociales, la propiedad privada, la reforma laboral, el tamaño del Estado, el equilibrio fiscal, la idea de vivir “de lo nuestro”, aislados del mundo, y el rol del Banco Central. Me pregunto si en democracia deberían existir vacas sagradas. Creo que no, que no hay tema que no se pueda poner arriba de la mesa, o bien al revés, explicar específicamente qué cosas sí deberían ser “indiscutibles”, como Malvinas, por caso. Pero abrir una discusión no es lo mismo que ganarla, y ahí sí importa el cómo. Lo vimos con la ley de tierras, se puede tener razón en el fondo de querer reformar la ley y perder igual. Nunca se explicó qué problema concreto venía a resolver y por lo tanto porqué la solución era la solución. Cuando no explicás el problema, lo único que quedan son consignas del tipo “la patria no se vende”.

En estos mil días se discutieron cosas que se habían convertido en vacas sagradas.

Hay algo más que a los que acompañamos nos toca decir. Tensionar el sistema tuvo un precio y sería deshonesto no ponerlo en la cuenta. A los que creemos en los límites al poder nos puso en un dilema, entre lo que consideramos que era necesario para salir del agujero y que ciertos mecanismos institucionales de emergencia no se convirtieran en norma. Eso no invalida lo hecho. Lo pone en su lugar, fueron herramientas de emergencia. Hoy ya no se gobierna de la misma forma.

Hay dos ideas que fueron destructivas para nuestro sistema político: que estamos condenados al éxito y que peor no podemos estar. La primera supone que inercialmente nos va a ir bien. La segunda se resuelve viajando: siempre se puede estar peor. Al fracaso económico hay que sumarle otros dos. El educativo es más complejo, lleva más tiempo y depende de veinticuatro estados desde la descentralización menemista. El de la seguridad, que es más delicado y profundo todavía. Cuando las instituciones judiciales y represivas se rompen en la cotidianeidad del ciudadano, o son cooptadas por organizaciones criminales, se rompe también la noción básica de para qué existe el Estado, o más específicamente “para qué sirve la democracia”.

Pablo Knopoff planteaba al inicio de esta presidencia si Milei no era una figura de interregno, parafraseando a Gramsci: lo último de algo que no termina de morir o lo primero de algo que no termina de nacer. Lo que está naciendo tiene un tamaño que ya podemos medir. En tres años Argentina va a tener otro campo con la energía, el mismo país que llegó a importar gas. En diez va a tener otro campo con la minería. Eso no pasa solo: pasa con votaciones como la del RIGI, que les dan a esos sectores veinte años de reglas a salvo de nuestra propia oscilación institucional. Lo que no termina de morir tiene nombres, lo que no termina de nacer todavía no lo tiene, pero lo va a tener.

Salvo el kirchnerismo, que propone deshacer todo, hoy no abundan quienes digan qué harían muy distinto, qué dos teclas tocarían para que las cosas estén mágicamente bien sin romper lo logrado. El problema no es que no haya cosas para hacer de otra manera. Es que hay una secuencia y prioridades: un país que gasta más de lo que tiene no puede discutir nada en serio. Desde el PRO acompañamos en nuestras diferencias porque entendimos eso. Milei nos hizo pensar a algunos cómo se alcanza la moderación, y si siendo moderado se alcanza. Para poner sobre la mesa ideas sencillas, estándares en el mundo, hubo que tensionar a todo el sistema político, y en minoría. Pero eso ordenó una etapa. Y sobre lo nuevo que no termina de nacer, “si no me lo preguntan lo sé, y si me lo preguntan lo ignoro”.

*Miembro de la Cámara de Diputados de la Nación.