OPINIóN
Análisis

Obama, Mujica y el síndrome de abstinencia del poder

El primer presidente negro de la historia de Estados Unidos eclipsó a Joe Biden cuando hizo un mea culpa por la violencia en Israel y criticó la inteligencia artificial que apoya el actual mandatario. ¿Un ex presidente debería guardar silencio? Sí, sí sólo es para ganar titulares en la prensa.

Barak Obama y Joe Biden
Joe Biden fue un asesor indispensable para Barak Obama. | AFP

Barack Obama tuvo durante sus ocho años en la Casa Blanca un colaborador clave: Joe Biden, mientras que José Mujica convivió con la enemistad peronista en su tiempo, cuando el gobierno argentino bloqueó el tránsito entre ambos países.

Hablemos del estadounidense. Recientemente el ex presidente traicionó a su compañero por un poco de atención mediática.

Por un lado, habló de que todos somos cómplices por la violencia en Israel en un evento de su fundación en Chicago. Esto colocó un halo de duda sobre la diplomacia estadounidense tras los ataques terroristas del 7 de octubre, al tiempo que logró un nuevo titular de prensa.

Durante el Foro Democrático de la Fundación Obama, también advirtió sobre los riesgos de la adopción de la inteligencia artificial, poco después de que la administración Biden emitiera una orden ejecutiva -o decreto- reglamentando el tema. Si bien Obama fue consultado para la regulación de esta tecnología emergente, ahora parece ubicarse en otra vereda.

Cuando figuras que otrora disparaban titulares pasan a la irrelevancia, aparece el costado menos atractivo de estos líderes. Para obtener otra dosis de la adictiva atención, deben aumentar el tenor de sus declaraciones.

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Son pocos los que se auto limitan. Angela Merkel es un ejemplo. El listado de opuestos tiene varios exponentes notables.
En Sudamérica ¿a quién realmente interesa por quién votaría en la Argentina un ex presidente uruguayo? Las declaraciones de José Mujica a favor de Sergio Massa antes de la votación hablan más del uruguayo que sobre cualquier argentino. Este, a pesar de la capitalización política buscada en el peronismo y recordemos, es el mismo sector que instigó un bloqueo a papeleras uruguayas.

En Argentina, Raúl Alfonsín y Carlos Menem no pudieron abandonar la escena. Curiosamente, María Estela Martínez de Perón, a pesar de ser una líder fácilmente criticable, supo retroceder a una vida lejos de la vista pública. Sin embargo, la lista se puede engrosar con las diferencias entre Felipe González, de España, y Mariano Rajoy. El primero no para de llamar la atención marcando el contrapunto con fuerzas de su mismo signo, y el segundo está entregado a la discreción.

Esta administración de la relevancia no sólo encuentra nexos con la adicción al poder, sino también con la envidia.

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En el caso citado de Obama queda claro: si bien el ex presidente sabe que su fiel aliado tiene su popularidad en baja, no pudo resistirse. Mujica, tampoco pudo evitar la intoxicante viralidad a pesar de traicionar a su país.

Y lo cierto es que la política y la envidia están cada vez más unidas en la sociedad actual. Ahora es aceptable reclamar como derechos adquiridos lo que son diferencias económicas naturales y aceptables.

Si un grupo de gente accede a un auto, es justo que otros lo tengan, sin importar cuánto estén dispuestos a esforzarse para obtenerlo. Si un ex presidente necesita atención, puede lanzar una bomba noticiosa, sin importar los daños colaterales.

Los discursos de “expansión de derechos” en la ciudadanía y de “expansión de funciones” en personas que deberían tener la sabiduría para retirarse son reflejo de la envidia en un estado puro.

Las cosas como son.

* Filósofo y analista internacional, autor de “Desilusionismo”