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OPINIóN / Opinión
miércoles 16 octubre, 2019

¿Cómo podrían ser los futuros debates presidenciales?

Definir la agenda de temas es importante para toda campaña, y establecer reglas que realcen las cualidades de uno u otro candidato también motiva interés.

Augusto Reina

Los seis candidatos en el primer debate electoral. Foto: AFP
miércoles 16 octubre, 2019

Los debates se pararon como el evento aislable de mayor alcance de toda la campaña electoral. Con 29 puntos de audiencia acumulada, el debate presidencial fue uno de los 3 mayores ratings en lo que va del 2019. Sin embargo, el formato de la discusión fue casi tan discutido como su propio alcance. Se mencionó la falta de interacción, la escasez de tiempo, la estructura acartonada de las intervenciones, y la acción de los moderadores.

Cómo debatir es una cuestión mayúscula. ¿Habrá una intervención libre de los candidatos o tendrá moderación profesional? ¿Se dejará participar al público de alguna manera? ¿Quiénes decidirán qué temas se debaten y cuáles no? Definir la agenda de temas es importante para toda campaña, y establecer reglas que realcen las cualidades de uno u otro candidato también motiva interés.

Los distintos formatos de un debate presidencial tienen su propia dinámica y condimentos particulares, como ocurre con cualquier otro programa de televisión. Optar por un modelo u otro responde a variables diversas, como la cantidad de los candidatos, los acuerdos pautados previamente entre ellos, e incluso los requisitos de participación de los moderadores.

Más allá de las particularidades, se reconocen tres grandes modelos generales para la realización de debates: tenemos el debate “de atril”, el debate “Town Hall” y el debate “de mesa. El primero de estos modelos es el más familiar para el público argentino y, también el más empleado en Latinoamérica y EEUU. Es el que vimos en el debate del 13 de octubre y veremos de nuevo el 20.

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En este modelo, se plantean distintos bloques temáticos, y los candidatos cuentan con un tiempo preciso para exponer sus perspectivas sobre cada cuestión. Los candidatos están parados detrás de un atril y miran directo a la cámara. Psicológicamente, los candidatos son presentados al público en una situación presidencial. Esto puede resultar exigente, especialmente a los más inexpertos, ya que los obliga a estar en el spotlight durante sus intervenciones.

Luego del tiempo individual de cada uno, suele haber un tiempo de preguntas y repreguntas e incluso un espacio de tiempo libre y abierto, aunque no siempre se da esta condición. La idea central del modelo atril es que los candidatos se dirijan al público y nunca o casi nunca a sus contrincantes. Podría decirse que es el menos “deliberativo” de los tipos de debates.

En el debate Town Hall (un nombre que hace referencia a las asambleas de Nueva Inglaterra que dieron origen a la democracia estadounidense) la diferencia fundamental es el modo de interacción. En este formato, es la audiencia la encargada de hacer las preguntas a los candidatos, mientras que estos se sientan en sillas altas y pueden moverse con más libertad por el escenario. Esta interacción directa con la audiencia suele hacer los temas más personales y difíciles para los candidatos. Es común encontrar preguntas del estilo “Estoy sin trabajo hace 6 meses, ¿cómo hará para recuperar nuestra economía y generar puestos de trabajo?”, o “Mi hija nació prematura y tuvimos que estar 3 meses en un hospital público; sin embargo, mi hija se salvó gracias a los médicos. ¿Cómo plantea reconstruir el sistema de salud público?”.

El Town Hall es un formato que se presta para momentos inesperados y, a veces, bizarros, no solo en lo que se refiere a las preguntas de la audiencia sino también a la forma de interactuar de los candidatos. En 2000, por ejemplo, el entonces vicepresidente (y candidato demócrata) Al Gore trató de intimidar al republicano George W. Bush parándose al lado suyo cuando este estaba a mitad de una frase. Unos años después, en otro de estos debates, el senador McCain se refirió a su contrincante Barack Obama como “that one” (“ese de ahí”), lo que fue visto como un gesto despectivo e irrespetuoso.

El Town Hall sin dudas se presta para dar un buen espectáculo, aunque a veces juegue en contra de los candidatos. Su uso se limita prácticamente a las campañas estadounidenses: más recientemente, lo hemos visto en el último cruce entre Hillary Clinton y Donald Trump en 2016. También fue usado el mismo año en Filipinas y en uno de los tres debates de la elección mexicana en 2018.

¿Para qué sirve un debate presidencial?

Finalmente, el debate de mesa es el formato más libre de intervenciones externas. En su extremo, se procura que los candidatos lleven adelante una discusión libre y abierta sobre los temas que enfrenta el país. La puesta en escena evoca un duelo clásico: los participantes están enfrentados, con una mesa separándolos. El mayor exponente de este modelo es Francia. La duración suele ser más larga que en otros formatos; por ejemplo, Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy debatieron durante dos horas y media. No se permiten los cortes publicitarios y se espera un intercambio directo entre los oradores la mayor parte del tiempo con la asistencia de dos moderadores en simultáneo.

Es difícil prever, durante la organización del debate, qué formato será el más beneficioso para los candidatos. El debate más estructurado, aunque minimiza los imprevistos, genera una baja interacción que se presta a un debate algo más lento y cansino. La ley que establece la obligatoriedad de los debates presidenciales en Argentina, no determina la utilización de ningún modelo en particular. De manera que sí queremos que los debates presidenciales perduren y mantengan su alto impacto, deberíamos abrir la posibilidad para algunos con cambios, que le den mayor interacción, autenticidad y fluidez.

* Politólogo, Investigador. Coordinador de Pulsar.UBA


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