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OPINIóN / Análisis
lunes 30 marzo, 2020

Las propuestas para una economía con coronavirus del padre del Plan Gelbard

Afortunadamente hoy están ganando espacio las críticas a la dominante organización de la economía mundial que ha generado desigualdad social al interior del progreso económico.

Carlos Leyba*

Conferencia de prensa en la residencia de Olivos de los ministros de Economía, Martín Guzmán, y Trabajo, Claudio Moroni. Foto: NA
lunes 30 marzo, 2020

Pieter Brueghel, El Viejo (1568), ilustró una parábola de los Santos Evangelios: una procesión, seis ciegos,el primero cae en un pozo y todos lo seguirán.

La “moral”: no dejarse cegar por lo que no ilumina, lo que brilla y ciega. Afortunadamente hoy están ganando espacio las críticas a la dominante organización de la economía mundial que ha generado desigualdad social al interior del progreso económico; que, dominada por la multinacionales, ha convertido en dependientes a las economías maduras; y ha evidenciado el impacto ecológico peligroso de una economía voraz sobre los recursos naturales. Hasta ayer el espacio lo ocupaban los supuestos “sabios”, “expertos”, “personas serias”, verdaderos ciegos, que difunden y sostienen  -consciente o inconscientemente- intereses privados a pesar de sus evidentes y nefastas consecuencias. No el Bien Común. Los cuestionamientos estuvieron alejados de la audiencia porque advertían el agujero negro de la Desigualdad, la Dependencia, la Degradación del ambiente al que los ciegos “sabios” nos llevaban. ¿Quién duda que en las últimas décadas ha aumentado la desigualdad al interior de los países, la dependencia o la degradación ambiental? ¿Por qué los “sabios, y serios” insisten en repetir las políticas que nos llevan a esos agujeros?

 

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Advertencias. Eric Hobsbawm veía en San Juan Pablo II a la figura mundial que señalaba la inmoralidad en que había recaído el capitalismo de los ´90. La Laudato Sí de Francisco sintetizó la crítica científica al modelo dominante por sus costos sociales. Ahora, sin palabras, el coronavirus ha puesto en evidencia las consecuencias de la desigualdad, de la dependencia y de la degradación ambiental. Emmanuel Macron pronunció un discurso programático e imperdible, por el compromiso de reconocer el pasado, de actuar sobre el presente y de imaginar otro futuro en el que la desigualdad, la dependencia y la degradación, serán revertidas con políticas del Bien Común.

En ese marco hay que leer los disensos de por acá. Disensos sobre el presente y la manera en que la política debe y puede, conducir la crisis. A ese disenso lo nutre uno sobre el pasado, las razones de los males que nos angustian. El tercero es sobre el futuro que debemos construir después del virus. 

El disenso sobre el presente es entre quienes priorizan la cuarentena sanitaria y quienes la cuestionan por la parálisis económica que provoca.

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En la cuarentena la producción de los sectores no esenciales se reducirá y aumentará la de los esenciales. Auguran trimestres golpeados en una economía de una década estancada, en recesión previa al virus, y acumulando un empobrecimiento colosal en los últimos 45 años.

El gobierno y la oposición apoyan la cuarentena sanitaria que implica la económica. Hay quienes cuestionan la cuarentena económica porque los sectores económicamente menos registrados y marginados, por la manera en que logran su sustento, no podrán lograrlo. Los pagos de transferencia existentes o futuros, dicen, no les llegan, son escasos y, dicen, generarán más déficit fiscal y una gran emisión. 

Sostienen que muchas empresas acudirán al despido y cortarán la cadena de pagos. Sostienen que, en la economía de mercado, todo eso ocurrirá, “el remedio será peor que la enfermedad”: habrá mas pérdidas. Dicen “achiquenla cuarentena y pongamos la economía de mercado a trabajar”.

Los sanitaristas, salvo excepciones, sostienen que la cuarentena es la vía para aplanar la curva de contagio y evitar la catástrofe sanitaria. La alternativa es la eutanasia de los ancianos y la muerte de muchos jóvenes.

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Pero ¿es posible hacer compatible la cuarentena sanitaria con evitar que ese remedio sea peor? ¿Cómo?

El Estado debe financiar, subsidiar, acomodar –con déficit y emisión monetaria– para que nadie atraviese una penuria como consumidor ni como empresario. Ningún despido, ninguna quiebra.

Lo único que habrá de compatibilizar esa política, de mano estatal abierta financieramente, es la economía de control. De control de precios, salarios, tarifas, importaciones. Sí.

El verdadero disenso es entre “economía de control” con la mayor seguridad sanitaria; o el retorno al mercado para administrar los muertos.

Los que reclaman el “retorno del mercado” lo hacen en nombre de los pobres que acaban de descubrir. Almas tiernas. La inmensa mayoría de quienes sostienen ese retorno son los mismos que han producido o sostenido durante 45 años, la organización económica de la miseria.

Ese es el disenso: la muerte hoy y la profundización del modelo; o privilegiamos la salud (el Bien Común) e instalamos, hasta que aclare, una economía de control.

El disenso del pasado no es ajeno a esta discusión del presente. De un lado los que creemos que la sociedad impresentable en que vivimos, con la mitad de los chicos en la pobreza, se fue construyendo desde hace 45 años cuando –Dictadura Genocida  por medio– se terminó con el Estado de Bienestar que gobernó, con éxito indiscutible cifras en mano, desde 1944 hasta 1975. Como en todo Occidente.

Para refutar los “treinta gloriosos” hasta adulteran las cifras.

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Los que inventan la decadencia de 70 años son los que gobernaron los últimos 45; los ministros de la Dictadura Genocida y los que le sucedieron sin animarse a detener, en democracia, el modelo de construcción de deuda social, deuda externa y destrucción del trabajo y la industria.

Ese disenso también es del presente porque los que defienden cualquiera de los programas de estos 45 años, son los que quieren evitar que sea una economía de control la que permita hacer compatible la cuarentena sanitaria con la económica.

Llegamos al disenso del futuro. Sin empleo no hay modelo de distribución posible.

Hoy hay que “darle de comer” a millones: ¿es eso una economía capitalista? Increíble.

El futuro a construir es una economía en que la distribución se realice mediante el trabajo que agrega valor con productividad y eso lo puede hacer el sistema capitalista que necesita de un Estado promotor y emprendedor. Solo no lo hace.

Sustituir importaciones es la primera fuente de agregación de valor; crear Polos de Desarrollo en el interior para cambiar la ocupación del territorio; cancelar el empleo público como mecanismo de subsidio al desempleo; transformar el agro en industria de proteínas animales; etc.

Lo que sugieren esas líneas programáticas es todo lo contrario de lo que piensan los que construyeron esta economía en los últimos 45 años que, en general, son los que hoy priorizan la economía de la “inteligencia artificial”, el teletrabajo y todas las esdrújulas griegas. Escapismo de la quimera.

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Realismo. Dar trabajo a los millones de argentinos que viven de la changa y el subsidio, para que agreguen valor y eso se llama industria.

La industria que consumimos y no producimos. Tenemos un déficit de 30 mil millones de dólares al año por importaciones industriales. Y tenemos 300 mil millones de dólares en el exterior y muchos millones de argentinos sin trabajo ni dignidad.

El disenso sobre el futuro ya está. No debemos perder de nuevo. Pero lo temo. ¿Por qué?

Los autores del desastre de estos 45 años siguen siendo, para muchos, “sabios”, “expertos”, “gente seria”. Pero son ciegos que nos ciegan y que acaban de descubrir la pobreza que sus políticas engendraron.

* Profesor Emérito (FCE-UBA).


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