26 sep 2020
OPINIóN |Análisis
miércoles 4 diciembre, 2019

El irlandés: el poder real y nuestra insignificancia

Scorsese parece decir: "sí, este es el maldito mundo y estos son los que mandan" y nos invita a suplantar los nombres y establecer las coordenadas revisionistas para encontrarlos hoy.

LUCHA. Al director le costó mucho concretar su gran proyecto. Foto: Netflix
miércoles 4 diciembre, 2019

La nueva película de Martin Scorsese se parece mucho a un legado. El director parece estar despidiéndose del cine y elige hacerlo con un elenco de monstruos –Robert De Niro, Joe Pesci y Al Pacino– que no decepcionan, y con una historia que parece revelar asuntos incómodos del pasado norteamericano, desnudando lo que todos sospechamos pero nunca sabemos: ¿Dónde está efectivamente el poder?

El relato de El irlandés, Frank Sheeran, un matón a sueldo, se parece mucho en su derrotero a esa metáfora  de  Robert Zemeckis que impactó a la humanidad en 1994: Forrest Gump. Pero el viejo “Martin” elige meter el cuchillo a fondo y se propone explicarle al mundo las verdaderas razones del crimen de Kennedy, los verdaderos intereses detrás del intento de invasión a Cuba y la resistencia en Bahía de los Cochinos, el funcionamiento de un suprapoder transversal a republicanos y demócratas, las razones y las maneras en las que se sucedieron los hechos alrededor de la desaparición de Jimmy Hoffa, y finalmente, sí, el humanísimo remordimiento de los hombres en el final de la vida, cuando los daños son irreparables.

Nada de lo que transcurre en la película, nos impide asociar los hechos con el presente, ni con las realidades políticas y sociales del convulsionado mundo de hoy. Scorsese parece decir: “ sí, este es el maldito mundo y estos son los que mandan” y nos invita a suplantar los nombres y establecer las coordenadas revisionistas para encontrarlos hoy. Y la principal virtud del libro cinematográfico es la inexistencia de buenos y malos, de santos y demonios puros. Todos, con la solitaria excepción de una hija que juega el papel de la conciencia irreductible. Esa mirada que no puede ser eliminada a balazos.

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Es curioso cómo muchos pretenden ver en la película una especie de documental y detenidos en los detalles sobre la veracidad o no de lo expresado por el protagonista, eluden encontrarse con la más dolorosa verdad: el mundo, o la parte del mundo que toma decisiones, está dominado por un grupo de personas que son capaces de matar, de desaparecer y de extorsionar a quienes hagan falta, para sostener los negocios y ese entramado de poderes invisibles que financian lo que vemos en la superficie.

Entonces era el juego, hoy es el narcotráfico. Entonces eran las armas, y hoy también. Entonces era la información que circulaba a través de los buchones y los micrófonos, hoy es la Big Data, y allá, muy lejos de todo eso, una sociedad que sigue mirando al mundo desde un lugar ajeno a los hechos.

¿Quién mató a Hoffa? No importa ya. Como tampoco nos importa ya quien mató a Nisman.

¿Quien mató a Kennedy? No importa ya, como tampoco importa quién voló la AMIA o la Embajada de Israel.

Como nos dejó de importar si el hijo de Carlos Menem murió a causa de un atentado o como consecuencia de un accidente. Ni recordamos la voladura en Río Tercero, ni las circunstancias obvias de su “necesaria” explosión.

Los resultados de esos acontecimientos consiguieron los efectos buscados. Y después del impacto inicial, de los horrores colectivos y de la sensación de que “no habrá” impunidad, lo que viene -siempre- es una nebulosa en la que ya no nos importa la verdad, porque surgen decenas de versiones, y todo es posible, o imposible, según se quiera o no se quiera ver.

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Lo importante es que para algunos todo sigue en pie. Y los verdaderos nombres que toman decisiones, cuentan con Irlandeses que se hacen cargo del trabajo.

Reitero. Importa poco la rigurosidad del relato, porque lo que realmente importa es la descripción de un mundo que sigue siendo más o menos el mismo. Y el velo sigue protegiendo a los responsables de los crímenes, sean quienes sean, en el país que se quiera.

Scorsese parece haber juntado toda la energía que le quedaba y escribe, produce y dirige una película genial, en la que se atreve a decir todo lo que vino diciendo en algunos de sus films anteriores, en una especie de grito final.

La puerta entreabierta, esa metáfora que nos convierte en espectadores de lo que queremos ver y en los cobardes que no elegimos mirar.

El Irlandés, una película que será historia del cine, pero especialmente el retrato de la humanidad del siglo XX. O de parte de ella, que es la que decide por todos los demás.


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