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OPINIóN / Política
jueves 30 mayo, 2019

La “patada histórica” de Néstor Kirchner y Cristina Fernández a Eduardo Duhalde

Sobre presidentes y vices. ¿Se repetirá la historia entre Fernández- Fernández?

por Eduardo Conesa

Acto de Campaña CristinaKirchner y Alberto Fernandez Foto: Marcelo Silvestro

La historia argentina, y la de todos los países, demuestra el desagrado con que los Presidentes en ejercicio rechazan la noción popular de que son “hijitos políticos” de quienes los precedieron en el uso del mando, o de quien influyó decisivamente en el triunfo de su candidatura.

En nuestro país, un caso clásico fue el conflicto ocurrido entre el Presidente Miguel Juárez Celman y su concuñado y mentor, el General Julio Argentino Roca. Este último terminó su presidencia con un inmenso prestigio. Durante su mandato, la economía nacional creció a un promedio del 10% por año y durante los seis años de su mandato el PBI per cápita de casi se duplicó en términos reales. Construyó 10.200 kilómetros de vías férreas. Duplicó también el territorio nacional. Hizo un importante tratado de paz con Chile por el cual Argentina se quedaba con la Patagonia y Chile con el estrecho de Magallanes. Hizo dictar por el Congreso la avanzada ley de educación común 1420, hoy admirada por todo el mundo y considerada por un historiador nacional como “comunista”. Los salarios que se pagaban en la Argentina eran el doble o el triple del que recibían los trabajadores españoles o italianos. Por ello la importante inmigración europea que llegaba a nuestras tierras.

Pero Juárez no quiso ser Chirolita de su concuñado. Desechó ser sucedido por su exitoso predecesor y propició abiertamente la candidatura presidencial de su joven ex secretario privado Ramón J. Cárcano para el período siguiente de 1892-98. Lo designó, mientras tanto, Director de Correos y Telégrafos, un cargo importantísimo en aquellos tiempos. Para diferenciarse de los criterios nacionalistas y de eficiencia estatal de Roca, entró en la vorágine de un  liberalismo desenfrenado de privatizaciones y endeudamiento público. Privatizó la moneda haciendo sancionar por el Congreso “La Ley de Bancos Garantidos” por la cual los bancos privados y los de las provincias podían emitir su propia moneda con tal que suscribieran como capital títulos públicos en oro del gobierno nacional. Todo ello terminó en la sextuplicación de la emisión monetaria, la suba del oro, la inflación, el default de la deuda externa y la crisis económica de 1890. Esta crisis desembocó en la revolución militar de 1890, promovida por la Unión Cívica Radical, y en la renuncia del presidente en agosto, dos años antes de terminar su mandato. Juárez Celman, “el burrito cordobés”, tuvo que renunciar siendo reemplazado por su vicepresidente, el Dr. Carlos Pellegrini, un estadista cabal.

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En 1898-1904 tuvo lugar la segunda Presidencia de Roca. También un gran éxito institucional y económico. El PBI per cápita creció en un 40% desde 1898 a 1904. Roca propuso al Congreso la sanción una ley electoral de voto de diputados nacionales  por circunscripciones uninominales, con voto voluntario y, sobre todo, secreto, como exigía la Unión Cívica Radical para evitar fraudes electorales. Era un sistema similar al existente en Estados Unidos y Gran Bretaña. Lamentablemente, el Senado, con un concepto de liberalismo extremo, eliminó lo del voto secreto con el argumento de que si un ciudadano quería alquilar su libreta cívica, ello no tenía nada de malo. El prestigio de Roca no le alcanzó para imponer su correcto criterio, coincidente con los intereses de la UCR. Tampoco pudo imponer a su candidato a presidente, Marco Avellaneda. 

Salió electo por el Colegio Electoral Manuel Quintana, un presidente mediocre que murió en 1906.  Pero Roca pudo influenciar a favor de la candidatura del vicepresidente, el cordobés José Figueroa Alcorta, el que una vez en el poder, desde 1906 a 1910 se negó a ser Chirolita de Roca: le dio la patada histórica, frenando el paso de su mentor hacia una tercera presidencia, y abriéndole el lugar a Roque Sáenz Peña, quien patrocinara luego el voto secreto y obligatorio, pero lamentablemente por “listas partidocráticas” y no por circunscripciones uninominales, como se hace en las democracias mas exitosas. 

Al estallar la primera guerra mundial en agosto de 1914 se frenó la inversión extranjera hacia la Argentina porque Inglaterra, Francia y Alemania, los principales  países inversores, necesitaron sus recursos para aplicar a sus fuerzas armadas. La tasa de inversión local cayó fuertemente en nuestro país, y el vicepresidente a cargo, Victorino de la Plaza, sumergido en el liberalismo clásico de laisser faire, no encaró medidas anti-cíclicas. En consecuencia, el PBI cayó en un 30% entre 1914 y 1916 con lo cual se favoreció, sin querer, el triunfo de la oposición radical. 

En la convención nacional de la UCR reunida para la elección de candidato a presidente y vice de 1916, Hipólito Yrigoyen, propuso la abstención revolucionaria, postura ya tradicional del radicalismo. Pero Marcelo T. de Alvear convenció al jefe que en esa oportunidad convenía presentarse a elecciones.  Así fue que Yrigoyen resultó electo presidente de la república para el período 1916-1922 en elecciones libres y democráticas, por el voto secreto y obligatorio.

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Al terminar la primera guerra mundial en 1918 nuestro país reanudó su ritmo histórico de crecimiento al 6% por año: Yrigoyen reafirmaba que la política económica argentina era la misma establecida en la Constitución liberal de 1853-60. El crecimiento económico resultante prestigió al radicalismo y al presidente ante el pueblo. Por ello, en 1922, una vez reunida la Convención Nacional del partido para elegir nuevos candidatos a presidente y vice para 1922-1928, se decidió consultar a Yrigoyen. El inescrutable jefe escribió en un papelito “Marcelo y Elpidio”. La Convención votó por unanimidad al embajador argentino en París, Marcelo T. de Alvear como candidato a presidente y al amigo íntimo del presidente saliente, Elpidio González, como vicepresidente.

Don Hipólito pensaba que don Marcelo, acostumbrado a viajar por Europa y a darse la gran vida de millonario, no se iba a interesar en los entresijos del gobierno y en los nombramientos menores. Así fue que Hipólito empezó a redactar decretos de nombramientos antedatados desde la casa particular de su ex ministro de Hacienda, Salaberry. Cuando Don Marcelo se enteró, no hizo viajes por Europa, nunca delegó el mando en su vice, designó a los mejores expertos de la época como ministros y se aferró fuerte al sillón de Rivadavia durante toda su presidencia: aplicó “la patada histórica“.

El ejemplo más reciente de “patada histórica” fue la que le dieron Néstor y Cristina a Eduardo Duhalde. Los Kirchner le deben a Duhalde el sillón de Rivadavia. Eduardo podría haber favorecido a Juan Manuel De la Sota, a Roberto Lavagna, a sí mismo, o quizá a Carlos Reutemann. Pero optó por Néstor y Cristina. La patada histórica será lamentada durante toda su vida. 

La pregunta que surge de la historia es ¿Qué pasará entre Alberto y Cristina si el primero llega a la Presidencia?


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