lunes 02 de agosto de 2021
OPINIóN Compartir la cama con los padres
13-06-2019 17:30

Colecho: ¿Moda o necesidad? ¿Instinto o reflexión?

Los especialistas se dividen entre quienes están a favor y quienes están en contra de que los bebés duerman con los padres. Qué dice cada tendencia.

13-06-2019 17:30

El colecho (compartir la cama el hijo con los padres) es una práctica cuya difusión se ha multiplicado en los últimos tiempos. Esta difusión lo volvió un tema controvertido ya que hay tantas opiniones a favor como en contra de este hábito y es difícil que pueda encontrarse un punto medio de acuerdo a las discusiones que surgen.

Entonces, lo importante sea conocer el funcionamiento del psiquismo tanto del hijo como de los padres y/o el entorno, para determinar si una conducta es saludable o contraproducente.

Las opiniones a favor argumentan, entre otras cosas, que se disfruta con el contacto piel a piel, que se goza de los masajes y caricias tanto el niño como el adulto, que esto puede ocurrir tanto de día como de noche, que los hijos tienen derecho a dormir acompañados, que al nacer lo ponen en contacto con la piel de la madre y que esa costumbre es bueno repetirla ya que también los padres se benefician con este tema.

El colecho (compartir la cama el hijo con los padres)  es una práctica cuya difusión se ha multiplicado en los últimos tiempos

Asímismo, el poco tiempo disponible de los padres para con los chicos y el sentimiento de culpa que trae aparejado, conllevan la “necesidad’ de abrir estas áreas de comunicación y contacto.

Sabemos que en el curso de la crianza de los niños ya desde la concepción misma se transmiten mandatos y deseos más allá de las palabras, por más desconocidos que parezcan. Así inciden en el proceso del desarrollo del niño. Esta situación implica que también los aspectos ligados a la sexualidad transiten dichas vías.

Al compartir la cama, sucede un exceso de estimulación a través de la piel, que el bebé registra como aumento de tensión corporal por lo cual puede comer más, o dormir mal, con cierta molestia e intranquilidad o desasosiego, por designar sólo algunas expresiones de esta carga. Ello implica una necesidad de descarga del exceso de tensión por vía muscular que puede manifestarse también como inquietud y llanto frecuente. Además las estadísticas muestran un aumento del riesgo de asfixia en estos casos. También a los adultos les resulta incómoda esta costumbre por el temor que revelan pues piensan que pueden aplastarlo.

Sin embargo lo más importante a mi entender es que el lecho de los padres es un  ámbito privado propio de ellos, que es el espacio y el tiempo de intimidad y de caricias y contacto de la pareja, que también padece la celeridad de lo cotidiano. Cuando se carece de esta zona de encuentro, ambos miembros, al cabo de un tiempo, lo sienten como falta y nace la creencia que el hijo se interpone así en la relación.

Por otro lado, a medida que el niño crece, va registrando las diferencias de tamaño de alguna parte del cuerpo lo cual le genera ansiedad. Muchas veces, llevar al hijo al lecho matrimonial implica ocultar dificultades en el encuentro entre los adultos.

Sostenemos la importancia de establecer ciertos límites y especialmente tener en cuenta la cuestión de las diferencias y la asimetría propia de los vínculos afectivos de cuidado y amor.

En ocasiones, a raíz del incremento de ansiedad el niño tiene dificultades con determinadas conductas, como dije antes. Ni que decir si nace un hermano y el niño mayor es desplazado de ese “lugar preferencial”.

Otra cuestión es que el bebé se “acostumbra” al olor o a la textura de las ropas de la madre, en cuyo caso los desenlaces pueden ser inconvenientes por la adicción que provoca ese aroma tan sensible a los órganos de los sentidos.

Es por ello que sostenemos la importancia de establecer ciertos límites y especialmente tener en cuenta la cuestión de las diferencias y la asimetría propia de los vínculos afectivos de cuidado y amor.

CP

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