jueves 17 de junio de 2021
OPINIóN 25 DE MAYO Y COMUNICACIÓN POLÍTICA
30-05-2021 01:15

Peras con bananas

La proclama “Primero la salud y la vida, después la deuda”, es un ejemplo de propaganda y manipulación de la opinión pública: simplifica lo que son temas complejos, identifica enemigos y elude responsabilidades.

30-05-2021 01:15

Como todos los años, cada 25 de mayo se celebra en Argentina el día de la Revolución. En esa fecha de 1810 y en nuestro territorio, que días atrás era el Virreinato del Río de la Plata, los “criollos” -aquellos hombres actuando como representantes del pueblo-, se reunieron en un cabildo abierto a discutir la situación. En la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) el pueblo se reunió esperando definiciones. Todos los hechos de la llamada “semana de Mayo”, desembocaron en la Primera Junta de Gobierno, considerada hoy en día como el primer gobierno patrio de nuestro país. 

Y como cada año, las familias recordaron estos hechos y disfrutaron del día feriado que representa la conmemoración. 

Pero en 2021, el onomástico también contó con un evento particular: la difusión de la proclama “Primero la salud y la vida, después la deuda. El Presente y el futuro están en juego”; una carta firmada por más de 2.000 dirigentes políticos, empresarios, sindicalistas y líderes religiosos que, mediante la misma, solicitaron la suspensión de pagos al FMI y al Club de París “hasta que se resuelva la pandemia”.

La misiva, de evidente tono militante, agrupa un conjunto de consideraciones, algunas de ellas muy válidas (“en épocas de crisis las sociedades se ponen a prueba”, “en plena pandemia, los desequilibrios del mundo se han profundizado”); y también otros conceptos generales de sospechosa confección (“los poderosos y quienes especulan con la crisis incrementan sus riquezas”). Tanto el analista avanzado como el lector novato encontrarán esto como algo simple de identificar y reconocer.

Pero hoy le proponemos al lector hacer una pregunta previa. Una cuestión que sobrevuela el título de la carta. ¿Por qué se oponen ambos términos? ¿Son salud y deuda conceptos antónimos, elementos contrapuestos? ¿Estamos hablando de ideas que efectivamente entran en conflicto o se trata de–otra- forzada lectura de la realidad socioeconómica argentina?

Lo obvio y lo obtuso. Lograr simplicidad y precisión en un único movimiento es un difícil arte. En ciertas ocasiones, el gran Albert Einstein indicaba: “todo tiene que ser tan simple como sea posible pero no más simple de lo necesario”. Esta frase parece algo críptica, pero tiene un sentido bien concreto: las ideas simples son más fáciles de comprender y recordar. Tal vez este sea uno de los principios más fundamentales de la comunicación política y de la comunicación humana en general. Pero esa simplicidad no debe ser tan extrema como para distorsionar el acontecimiento que representa. El primer gran experto en la manipulación de la opinión pública fue Joseph Goebbels, el ministro de la propaganda de Adolf Hitler. Experto en lenguas comparadas (estudió filología en la universidad de Heilderberg), se 

le debe a Goebbels gran parte del éxito del nacional socialismo en Alemania. No era un ministro de firma y sellos: utilizó activamente todo su conocimiento y desarrolló técnicas para influir en el gran público. Porque también es sabido que, para ganar una guerra, hay que tener el apoyo de la audiencia.

Goebbels prohibió todas las publicaciones y medios de comunicación que estuvieran fuera de su control, y orquestó cuidadosamente un sistema de contenidos para ser transmitido mediante un poder centralizado a través del, cine, la radio, el teatro, la literatura y la prensa. Y allí, ejerció sistemáticamente el arte de la simplificación.

Estadísticamente, un mensaje simple, directo y conciso tiene altas probabilidades de ser comprendido y recordado por mayor cantidad de personas. Por eso, el recurso de la simplificación ha sido tan utilizado a través de la historia de la comunicación política. Permite proponer -e imponer- una única idea, un único símbolo. Y de paso, también facilita que todos podamos individualizar al adversario en un enemigo único. La frase “primero la salud y la vida, después la deuda”, pone en juego el recurso. Con bella sencillez evita cualquier disposición a la duda: es primero la vida, el resto que quede a la espera.

Ahora bien, que sucedería si un padre dice a su hijo: “primero la educación, luego la vida”, para justificar una buena golpiza “aleccionadora””. ¿No resultaría más justo conocer el costo de dicha actividad “formativa”? Al simplificar al extremo los problemas sociales de complejos (como es una pandemia global), se encubren aspectos de la realidad que necesariamente tienen que ser tomados en cuenta y que quedan en el terreno oscuro de lo obtuso.

¿Hay un costo para la salud cuando no honramos nuestras deudas económicas? ¿No pagar puede tener un impacto en la economía, y por consiguiente en la salud de las personas? El problema de las afirmaciones absolutas es que ya no dejan espacio para realizar preguntas importantes. No hay forma de identificar costos y beneficios.

Atractores extraños. Es posible que cada uno de nosotros sea parte del problema. Y también de la solución. Esto es algo que no es fácil de asimilar por la mayoría de los seres humanos, porque implica dos cuestiones: por un lado, responsabilidad de comprender que los problemas no se ubican fuera de nosotros, ya que somos parte de ellos. Y, por otro lado, el desafío de encontrar la salida en el laberinto de los desafíos cotidianos. Implica el famoso miedo al libre albedrío. A la libertad de elegir. 

Así, cuando alguien señala con el dedo a un enemigo, todas las ansiedades se evaporan mágicamente. Ya sean los runners o los jóvenes que van a fiestas clandestinas; al encontrar un agente causante de los contagios, creamos un deus ex machina 

que nos aclara el conflicto para poder tranquilizarnos. Si la carta dice que hay que dejar de pagar las deudas para tener vida, así debe ser. Ya identificamos al enemigo y por nuestra parte, podemos salir indemnes del problema, sin rasguño alguno. Sin esfuerzo.

Lo cierto es que la proclama del 25 de mayo mezcla temas. Confunde -o intenta confundir- a una mayoría agotada por el contexto. Asocia la pandemia por Covid 19 con un “estado de necesidad (del país) que le impide 

afrontar los compromisos de deuda asumidos”; como si de alguna forma, la monumental carga pública que empezó a instituirse casi desde los albores mismos de la democracia en Argentina fuera el simple resultado de los últimos diez o doce meses. Nuevamente aquí las estrategias de simplificación. Goebbels indicaba: “hay que cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.

Pero…¿en qué medida el gran público también desea realizar esa transferencia de responsabilidad? ¿Hasta qué punto está dispuesto a reflexionar acerca de las complejas relaciones de causas y consecuencias que como pueblo hemos realizado en nuestra corta historia y que nos han llevado al actual status quo político y económico? Umberto Eco decía que los medios de comunicación social eran “ventanas abiertas a un mundo cerrado”, porque funcionan como espejos de la sociedad. Y hoy, los argentinos miran absortos su reflejo a través del filtro de la pandemia. ¿Qué nos devuelve esa imagen?

Apologías. Tal vez el problema mayor de la proclama no sea la refinada -y en algunos segmentos no tan refinada- utilización de las estrategias de la manipulación de la opinión pública. Al descubrir el artificio, el mecanismo queda expuesto y hasta el lector novato sabrá calibrar la calidad del texto. La cuestión radica en sustratos más profundos: el texto invita a continuar arraigando esos malos hábitos que los argentinos supimos conseguir. 

Porque por lo general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de enconos y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas. En un ejercicio de abstracción, la carta culpa a maniobras del gobierno anterior, a los ricos y poderoso, a los especuladores. Inclusive declara que los líderes mundiales nada han realizado para salvar a Argentina de su destino, como si de factores externos dependiera su suerte.

No se habla del largo y mediano plazo. No se habla de responsabilidades compartidas de gestión. No se utiliza método lógico probatorio. Se intenta comunicar argumentos a partir de fuentes diversas, a través de informaciones fragmentarias, reasignando compromisos. Se aplican los mecanismos de derivación, la deformación y la proyección. Como confirmando que en eso de tirar la pelota para afuera y deslindar responsabilidades, somos campeones del mundo.

Sin embargo, son pocas las sociedades que suelen hacer mea culpa. La autocrítica exige un equilibrio y una madurez que, como cuerpo social, todavía estamos a una cierta distancia de alcanzar. Somos una democracia aún bastante joven, lo cual no nos exime de la tarea de poner en perspectiva nuestros actos; pero nos da tiempo para crecer, y empezar a entender que debemos comenzar a separar las cosas y a tener claridad acera de lo que tenemos que hacer como sociedad. Al menos para dejar de confundir peras con bananas.

*Decano, escritor y experto en comunicación.

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