viernes 03 de febrero de 2023
OPINIóN Fernando Báez Sosa

Perversa impunidad criminal

20-01-2023 23:55

Recuerdo palabras del capitán de la selección nacional de rugby “Los Pumas”, Hugo Porta, allá por los años 70, cuando decía “hay que cuidar al rival”. Éstas le dieron otra dimensión al ejercicio del deporte colectivo.

El jugador, más allá de si tuvo la intención explícita de lastimar al adversario, descargó toda su humanidad y furia sin medir consecuencias, algo tan grave que produjo una vértebra quebrada en su columna vertebral (Neymar año 2014). El cuerpo de nuestro adversario deportivo es “sagrado”, y en los deportes de contacto colectivos, como el fútbol, rugby o hockey, esa debe ser una condición ética insoslayable con la que un jugador entra a la cancha, porque forma parte de la preparación que debe brindar el técnico. También los dirigentes.

En otra dimensión, no menor en responsabilidad, está el rol del árbitro deportivo, que debe tener como primera tarea proteger a jugadores y al mejor juego, y que éste se encuadre dentro de unas reglas que no hacen otra cosa que favorecer a los más habilidosos. ¿Cómo se logra? Realizando un arbitraje “preventivo”, que supone no ser permisivos ante los pequeños gestos violentos, porque luego se transforman en grandes problemas. Las reglas nos habilitan para cobrar, sin esperar que ocurra lo peor. El violento no puede formar parte del juego.

Somos animales mamíferos. La violencia nos habita. Una forma sublimada de la guerra es la contienda deportiva. En ella medimos nuestro coraje, habilidad, energía, entrega, compromiso con la camiseta, compañerismo, honestidad como deportistas. Pero entonces ponemos esa violencia al servicio del juego, y sólo es posible con esos límites que nos imponen las reglas y esa condición ética que tiene el juego en sí mismo.  

El juego no persigue utilidad alguna, se encuentra antes que la cultura, lo compartimos con los animales. Los perros sólo muestran los dientes y se vuelven destructivos cuando marcan su territorio, al igual que quienes pelean por fronteras –geográficas, étnicas, religiosas, económicas– y terminan en las masacres inútiles más cruentas y despiadadas, perdiendo todo rasgo de humanidad.

¿Hay algo más inocente que meter un gol? Sigamos protegiendo la belleza del juego deportivo, su pureza. Esa que nos muestran los Messi y Neymar hoy, Maradona ayer. Tienen en común el encanto del más puro talento. En nuestra condición humana, la envidia busca destruir aquello que no puede tener. Rescatar esta esencia en el deporte, así como en la vida, es tarea de los adultos –sean padres, familia, educadores–, formar a quienes vienen detrás de nosotros con estos valores.

La muerte de Fernando Báez Sosa a manos de jóvenes violentos – hoy se juzga a los atacantes, no a los “rugbiers”– da testimonio de la falta de registro del otro al violentar su cuerpo sin límite, descargando una violencia que entra en una condición infrahumana, sin ley. Es la práctica de la opresión, el poder de matar, por sobre las prácticas de libertad que implican vínculos humanos sanos, donde está el respeto por el otro, no meternos con el cuerpo del otro. Es un límite preciso que no podemos ni debemos transgredir. Hoy, a tres años de su muerte, es imprescindible el rol de la Justicia para sancionar, dar ejemplo de aquel mandamiento elemental en la raza humana: “no matarás”. Es indispensable hacer responsables a los criminales de las consecuencias de sus actos. Ningún participante de ese crimen es inimputable, sería perverso pensar alguna justificación de carácter psico-social; deberán ser castigados por haber asesinado una vida en pleno crecimiento. La Justicia y la Ley deben restituir el valor sagrado de la vida, apenas un homenaje mínimo para esos padres que la gestaron con amor.  

Si protegemos el juego, tendremos la esperanza de recuperar lo mejor de nuestra cultura y condición humanas. Por ahora, con niveles de violencia y degradación crecientes en nuestras sociedades, observamos que hemos olvidado ese contrato social elemental que implica perder o ceder algo de nuestra libertad, a cambio de “no matar” ni “ser matados”. Hace falta terminar con la banalidad del mal.

¿Seremos capaces de volver a la ley? La sociedad argentina espera este fallo judicial, indispensable para reparar tanto daño, tantas vidas aniquiladas en el cuerpo cruelmente destruido de Fernando Báez Sosa. Las instituciones de la República deben rescatarse de tantos años de degradación, recuperar la dignidad para todos los argentinos.

*Exárbitro oficial. Socia Fundadora Asoc. Arg. de Árbitros de Hockey sobre Césped.