En los últimos años, la incorporación de plataformas automatizadas que combinan robótica e inteligencia artificial ha transformado la dinámica del trabajo experimental. Existen hoy laboratorios altamente automatizados capaces de ejecutar técnicas rutinarias y procesos estandarizados con niveles de precisión y repetibilidad difíciles de alcanzar manualmente. En el campo de la biología molecular, por ejemplo, estos sistemas han permitido optimizar procesos como la síntesis y purificación de proteínas, incrementando su eficiencia de manera significativa.
Una de las grandes ventajas de estas tecnologías radica en su capacidad para realizar cientos o miles de experimentos en paralelo, bajo condiciones estrictamente controladas y con variaciones sistemáticas de parámetros. Esto no solo acelera los tiempos de trabajo, sino que amplía el rango de condiciones exploradas, facilitando la identificación de resultados óptimos con mayor rapidez.
Frente a este escenario, surge inevitablemente el debate: ¿reemplazarán la IA y la robótica a los científicos? En mi opinión, la respuesta no se encuentra en los extremos. No se trata de una sustitución, sino de una transformación.
Estas herramientas están redefiniendo el rol del profesional científico. Al delegar en las máquinas los ensayos repetitivos y procesos rutinarios, se libera tiempo para actividades de mayor valor agregado: el análisis crítico de resultados, el diseño experimental, la interpretación de datos complejos y la actualización permanente en un entorno de conocimiento en constante expansión.
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Lejos de desplazar al científico, la automatización puede potenciar su capacidad intelectual y estratégica.
Sin embargo, es importante reconocer que la automatización no sustituye completamente el trabajo experimental tradicional. Existen técnicas específicas y situaciones imprevistas que requieren criterio, experiencia y capacidad de adaptación del profesional. La intuición científica, la toma de decisiones ante resultados inesperados y la formulación de nuevas hipótesis siguen siendo competencias especialmente humanas.
En este contexto, también emerge un desafío para la formación académica. Aunque muchas técnicas hoy sean ejecutadas por sistemas automatizados, resulta indispensable que los futuros profesionales comprendan en profundidad los fundamentos de los procedimientos.
Conocer cómo se realizan manualmente ciertas prácticas no es un anacronismo, sino una condición necesaria para interpretar correctamente lo que hace la máquina, detectar errores y diseñar mejoras. La tecnología puede automatizar procesos, pero no reemplaza la comprensión.
En definitiva, la robótica y la inteligencia artificial no vienen a reemplazar a los científicos, sino a modificar la manera en que trabajamos. Nos obligan a evolucionar, a adquirir nuevas competencias y a reconfigurar nuestras tareas.
Bien integradas, estas herramientas pueden hacer el trabajo científico más eficiente, más preciso y potencialmente más innovador. El desafío no es resistir el cambio, sino liderarlo.