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OPINIóN / polémica
sábado 23 mayo, 2020

Ramón Carrillo no era nazi, pero uno de sus asesores sí

Pese a haber nombrado a un médico de las SS que experimentaba con homosexuales, el ministro de Salud de Perón no simpatizaba con Hitler, pero su veneno lo contaminó.

Clave. Durante el primer gobierno de Perón llegaron criminales nazis al país, como el danés Carl Værnet, que arribó en 1947 y fue contratado como “médico fisiológico”. Foto: cedoc

En 2007 presenté Odessa: Die wahre Geschichte, la traducción al alemán de mi libro La auténtica Odessa, en la Universidad de Frankfurt. Pensé que vendrían 15 personas. Asistieron cientos. El entusiasmo se palpaba en el aire. Mientras firmaba libros tras la charla, noté a un hombre alto, apuesto, espalda recta, muy alemán, luciendo un gabardín de cuero realmente envidiable, quien aguardaba pacientemente que terminara el ritual de autógrafos.

Finalmente se acercó, y me dijo, en perfecto porteño: “Hola, mi nombre es xxxx xxxx”. Quedé estupefacto. “¡Entonces vos sos el hijo de xxxx xxxx!”.

Su padre había sido un médico SS fugitivo que no incluí en mi libro pero cuyo caso había estudiado. “Vine de Alemania después de mi padre siendo niño. También tuve pasaporte con nombre falso. Me alojé en distintas iglesias y en conventos en Italia. Hice todo el viaje solo, con 9 años de edad. Viví en Buenos Aires hasta los 21 años. Yo me considero porteño”.

Explicó que no había podido hablar con su padre sobre ciertos temas.

Había venido a la charla con la esperanza de que le pudiera ayudar a reconstruir su propia historia. “Mi padre murió y desgraciadamente nunca, a pesar de haberle preguntado varias veces, llegué a saber si estaba implicado en forma directa, y hasta qué punto, en la persecución de los judíos”.

El hombre, al que llamaré Berend, es uno de la larga serie de hijos, hijas, nietos y nietas de nazis que se han acercado a mí a lo largo de estos años, contándome sus historias y compartiendo documentación. Me he adentrado con paciencia y cautela en sus vidas.

Algunas personas acuden con enojo, queriendo salvaguardar el nombre de su padre o abuelo. Otras mezclan el cariño natural con un profundo rechazo de sus crímenes. Todas, las que defienden y las que lamentan el apellido que cargan, están profundamente afectadas.

Conozco la agonía de ser nieto de alguien rozado por la locura del nazismo. Mi abuelo fue diplomático argentino y negó visas a judíos que escapaban del Holocausto

Los nietos de uno de los peores criminales que llegaron a la Argentina se acercaron a mí por primera vez en 2005. Fue recién hace dos años que lograron aportar la documentación que poseían a una institución que podrá ser de beneficio a historiadores.

En otro caso, una persona de Alemania, pariente de un nazi que vino a Argentina, me citó por mail y cayó directamente con una bolsa llena de documentos, fotos y cartas. Otras me han mandado scans de los pasaportes de la Cruz Roja con nombre falso con los cuales viajaron a Argentina como niños tras la guerra.

Karma. No todos logran superar el karma heredado. Berend, de Frankfurt, después de aquel acercamiento inicial, se guardó mayormente a silencio.

Cuando en 2011 encontré cartas de su padre en el archivo del obispo Alois Hudal en Roma, el obispo alemán que ayudó a varios nazis a huir con documentos de la Pontificia Commissione di Assistenza, las compartí con él y se abrió un poco más. Pero por respeto a la dificultad con el tema sigo guardando reserva de su nombre.

Lo mismo ocurrió con familiares de argentinos que ayudaron a nazis a escapar o a hallar empleo en Argentina. Algunos enfrentaron el pasado de sus familiares con coraje. En otros casos primó la furia. El sobrino del ministro de Educación 1949-50 Oscar Ivanissevich, cuya hermana Magda Ivanissevich figura ayudando al criminal belga Jean Jules Lecomte a entrar en Argentina en el correspondiente legajo de Migraciones, escribió a Página/12 una furiosa carta confirmando que no solo su madre, sino él mismo, había ayudado a rescatar nazis, luego de que el diario informara sobre mi hallazgo.

En carne propia. Conozco la agonía de ser nieto de alguien rozado por la locura del nazismo. Mi propio abuelo, Santos Goñi, fue diplomático argentino en Viena, Génova y luego La Paz, Bolivia, durante las décadas de 1930-40. En La auténtica Odessa relato cómo mi abuelo cumplió a rajatabla una orden secreta del año 1938 prohibiendo a diplomáticos argentinos otorgar visas a judíos escapando del Holocausto.

Encontré documentos en Cancillería en los que mi abuelo rechaza visas en aplicación de la Circular 11, firmada por su amigo y entonces canciller, José María Cantilo. ¿Fue fácil confrontarme con esa documentación? No. Incluso encontré al magnífico Wolfgang Levy, a quien mi abuelo rechazó una visa varias veces en 1940, hasta que Wolfgang, entonces un joven judío escapado de Berlín, logró engañarlo para entrar en Argentina.

En 2003 hallé una inesperada ayuda en mi búsqueda de documentación sobre el escape nazi a Argentina. El presidente Néstor Kirchner, a través de su ministro del Interior, Aníbal Fernández, ordenó a la Dirección de Migraciones que abriera los documentos de ingreso de nazis en su archivo. Aníbal Fernández me recibió en Casa Rosada. Me disculpé, diciendo que yo sabía que mi búsqueda podía agregar una mancha al uniforme del general Perón. Me dijo que los tiempos habían cambiado y que había que aceptar tanto lo bueno como lo malo de Perón. Y el 8 de junio de 2005 Kirchner mismo presidió una ceremonia en la Casa Rosada, con Fernández y el entonces canciller, Rafael Bielsa, y se disculparon en nombre del gobierno argentino ante la comunidad judía y ante la historia por aquella orden de 1938 prohibiendo otorgar visas a judíos.

Me tocó hablar y dije que la Circular 11 era “un secreto de Estado que con el paso del tiempo se convirtió en un secreto de familia, lo cual nos convirtió a sus descendientes en custodios totalmente involuntarios de un hecho abominable que hasta el día de hoy no figuraba en los libros de nuestra historia”.

Contaminados. ¿Pero mi abuelo era nazi? No. Todo lo contrario. Era furiosamente antinazi. El canciller Cantilo también era pro aliado. Pero eran hombres de su época aplicando políticas del Estado argentino. Por eso me he disgustado con las acusaciones que intentaron pintar de simpatizante nazi al otrora ministro de Salud Ramón Carrillo. Porque entiendo desde adentro esta problemática familiar. Algunos la resuelven, como quienes se han acercado a mí para decirme que han amado a su abuelo o su padre, pero que quieren trazar una línea en la arena del tiempo que los separe de sus actos. Otros persisten en la negación, ofendidos, rechazando ver la documentación y buscando alguna institución que les certifique el buen nombre de su antepasado. Otros, como Berend, permanecen en la línea intermedia. Quisieran saber, pero no se atreven. 

Carrillo no era nazi, pero pertenecía a una generación que profesaba ciertas ideas filosóficas o científicas hoy largamente descartadas y quedó contaminado, como mi abuelo, por el veneno del nazismo, que se extendió por recónditos rincones del planeta.

Værnet. El médico SS danés Carl Værnet llegó a Argentina el 17 de marzo de 1947, huyendo de una condena segura en Europa por sus experimentos para hallar una “cura” para la homosexualidad operando sobre seres vivos en el campo de concentración de Buchenwald. Al mes siguiente, el 28 de abril, para ser exactos, firmó un contrato con el doctor Carrillo para prestar servicios con un salario de 1.500 pesos por mes en la entonces Secretaría de salud.

En diciembre de 1943, Værnet había firmado otro contrato, con el Reichsführer SS Heinrich Himmler, por el cual Himmler financiaba los experimentos de Værnet y lo proveía de homosexuales prisioneros en Buchenwald para probar la eficacia de su “cura”, a cambio de una participación en los réditos económicos del supuesto invento.

Y el 8 de marzo de 1948 Carrillo dictó una resolución especial para Værnet: “Atento a que se refiere disponer en forma frecuente y directa a la información que, acerca de su especialidad científica, posee el funcionario técnico contratado, doctor Carlos P. Værnet, el secretario de Salud Pública de la Nación resuelve: adscribir a las órdenes directas del suscrito al funcionario técnico contratado doctor Carlos P. Værnet, que actualmente presta servicios en la Dirección de Medicina Tecnológica. Firmado: Carrillo, secretario de Salud Pública”.

Por aquella época Værnet, con un socio también ex SS y con su hijo también médico, Kjeld Værnet, ambos en Dinamarca, intentaba venderle su invento ya no a Himmler, sino a compañías farmacéuticas norteamericanas e inglesas. Suena improbable que Værnet no haya intentado venderle su “cura” también a Carrillo.

Pero está en cada uno, en cada descendiente, cómo maneja este pasado. Durante aquella gira de charlas en Alemania, muchos nietos se enojaban conmigo. En la Universidad de Götingen un joven me increpó: “¿Por qué yo debo seguir escuchando sobre cosas que hizo mi abuelo? ¿Por qué debemos seguir pagando reparaciones a los judíos?”.

Tuve que pensarlo, y dije: “A tu altura de la historia, es opcional hacerte cargo o no. Pero si te hacés cargo, el tema termina con vos. En cambio, si decidís eludir aquella responsabilidad, incluso por algo en que no tuviste ninguna parte, el tema quedará para los que te siguen. Porque la verdad, hasta que sale, no descansa”.

*Autor de La auténtica Odessa.


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