sábado 18 de septiembre de 2021
OPINIóN
23-07-2021 07:00

Heidegger y lo inhumano

El humanismo le ofrece al hombre la perfección, el temple y el albedrío. Sin embargo, el problema del ser no está puesto explícitamente en las aspiraciones del humanismo. Si quisiésemos decirlo en términos heideggerianos, el ser se oculta en el afán del hombre por dejar atrás una dimensión suya innoble y repulsiva.

23-07-2021 07:00

En respuesta a una carta que le había enviado con anterioridad el profesor y estudioso de la filosofía alemana de nacionalidad francesa Jean Beaufret, Martin Heidegger escribe en 1946 Carta sobre el Humanismo.

En su carta Beaufret le hace a Heidegger la siguiente pregunta:“¿Cómo volver a dar un sentido a la palabra Humanismo?”. Heidegger contesta si es necesario quela palabra “humanismo” aún siga siendo retenida.

Para Heidegger el hombre tiene que dejar que el ser le dirija nuevamente la palabra y no al revés. Lo contrario es el imperio de la subjetividad. Puede ocurrir que el hombre embargado por el ser no tenga nada que decir o muy rara vez, lo que devuelve a la palabra su preciosismo. Embargado por el ser el hombre se encuentra con su esencia, que para el hombre significa volverse humano.

Heidegger da su propia definición de humanismo: un meditar y un preocuparse (Sorge, cuidado) de que el hombre sea humano y no inhumano, esto es, extraño a su esencia. Heidegger se pregunta pues en qué consiste la humanidad del hombre.

Un humanismo vigente y con una agenda de urgencias

En los términos que Heidegger plantea la cuestión, sólo la remisión a la historia del ser podría responder acabadamente esta pregunta. Si el humanismo tiene un comienzo, o en sentido más heideggeriano, un origen histórico, tal historia se desenvolverá en paralelo y en correspondencia con la historia del ser. 

Pero la historia del ser que nos ha sido remitida es, de manera dominante, la historia de la metafísica. Heidegger lo reafirma cuando se refiere a la técnica. Así dice: “En cuanto figura de la verdad, la técnica se funda en la historia de la metafísica. Y esta misma es una fase destacada, y hasta ahora la única abarcable, de la historia del ser”. Por lo tanto, la única historia de la que podemos valernos para conocer la historia del ser del humanismo, la historia que ha preponderado hasta el presente es la historia de la metafísica del humanismo. Pero advirtámonos de un peligro: esta historia conlleva el olvido del ser. 

El humanismo le ofrece al hombre la perfección, el temple y el albedrío. Sin embargo, el problema del ser no está puesto explícitamente en las aspiraciones del humanismo. Si quisiésemos decirlo en términos heideggerianos, el ser se oculta en el afán del hombre por dejar atrás una dimensión suya innoble y repulsiva. 

 

 

En otras palabras, el ser se pierde en un movimiento humano que oscila entre lo que primariamente es y lo que ulteriormente quiere ser. El hombre se ve a sí mismo de cierta manera, desea ser de cierta manera, pero tiene que dejar de lado un costado monstruoso. No obstante, este costado no se pone al descubierto en el pensar metafísico de primera intención. La historia de la metafísica y del humanismo no muestra inicialmente la ferocidad de la naturaleza humana, sino la pertenencia del hombre al género de los seres vivos o animales, género que a su vez es realzado por la correspondencia del hombre a la especie racional.

La metafísica no develó la posición del hombre frente al ser, sino al ente “hombre” en su ser definido por su animalidad (género) y su racionalidad (diferencia específica). Pero tampoco remarcó de primer momento la tendencia bestial de la animalidad humana, sino que, valiéndose del humanismo -el que también resultó ser “metafísico”- lo que hizo fue poner distancia entre lo que es auténticamente “humano” y lo que fue calificado de “bárbaro”, reservando para esta designación el atributo de la crueldad. En otras palabras, para subrayaren el hombre el carácter racional y ponderar su preeminencia frente a todos los demás seres de la naturaleza, el humanismo “metafísico” debió oponer a lo “humano” todo aquello que, relacionado con la animalidad, significase violencia, ferocidad, brutalitad, salvajismo. A todas estas atribuciones aterradoras se le asignó el nombre de inhumano.

"La ópera es la catedral del humanismo"

Heidegger se pronuncia expresamente contra el humanismo, porque por esta vía está vedada la apertura, el claro del ser al hombre. Sin embargo, Heidegger intuye que una negación del humanismo podría ser entendido como una concesión a lo inhumano, que de tener vía libre las consecuencias podrían ser demoledoras. Así afirma Heidegger: “… el pensamiento de Ser y tiempo está contra el humanismo. Pero esta oposición no significa que semejante pensar choque contra lo humano y favorezca a lo inhumano, que defienda la inhumanidad y rebaje la dignidad del hombre. Sencillamente, piensa contra el humanismo porque éste no pone la humanitas del hombre a suficiente altura”.

En primer lugar, Heidegger parece no querer aceptar la conclusión de que si se está en contra del humanismo la consecuencia indefectible sería la irrupción de lo inhumano. Heidegger no podía ignorar las horrorosas experiencias vividas por la humanidad. Se puede conjeturar que, con su crítica al humanismo y su postura sobre la esencia del hombre en orden al ser, Heidegger quiere llamar la atención sobre el cuidado que debe tener el hombre si espera superar el extravío al que ha llegado por obra del pensamiento metafísico: el poder absoluto de la voluntad. No se puede disimular que éste es uno de los mayores ideales del humanismo moderno. Pero a más insistencia en el poder de la voluntad más se acentúa el olvido del ser.

En segundo lugar, la afirmación -casi culposa- de Heidegger de que estar en contra del humanismo no significa defender la inhumanidad parece denotar una suerte de descargo implícito de que en el fondo nunca compartió la atrocidad del nazismo, que los nazis estaban equivocados y que se perdieron en una guerra sostenida en el poderío técnico-militar cuando estuvieron a punto de corresponder al claro del ser y no lo hicieron. Heidegger se presenta como un “defensor” de la dignidad humana y por si queda alguna duda, haber participado expresamente -como está documentado- en actos del partido nazi, no desacredita su tarea filosófica de llevar la esencia del hombre a las mayores alturas. No obstante, Heidegger -pese a sus adscripciones políticas inexcusables- no deja de ser el filósofo más importante del siglo XX ni la metafísica disminuye la dignidad del hombre.

Por un humanismo planetario

Ahora bien, cuando parece haberse despejado la idea de que estar en contra del humanismo no supone estar a favor de lo inhumano, Heidegger vuelve con el tema, como si la cuestión de lo inhumano lo acechara a punto tal de no poder encontrar una respuesta concluyente. Heidegger afirma: “Como se habla contra el ‘humanismo’, se teme una defensa de lo in-humano y la glorificación de la brutalidad bárbara. Pues, en efecto, ¿qué más ‘lógico’ que a quien niega el humanismo sólo le quede la afirmación de la inhumanidad?”. Heidegger afirma que lo inhumano se caracteriza por la brutalidad y la barbarie. No importa si la “brutalidad bárbara” es o no glorificada. Lo que interesa es que la historia del “ser” del humanismo ha estipulado que la “brutalidad bárbara” -como la denomina Heidegger- pertenece al orden de lo inhumano. Y es contra esto que se alza el humanismo. No va a ser tan fácil convencer de que se puede estar en contra del humanismo y al mismo tiempo en contra de lo inhumano, a pesar de que Heidegger se obstina en que es necesario dar cabida a otras perspectivas del pensar.

Lo “inhumano” no es exactamente equivalente a “no humano”. Lo no humano es aquello que es ajeno al hombre, totalmente distinto de la esencia humana. Por ejemplo, podemos decir que una piedra es “no humana” porque la naturaleza de la piedra no tiene relación alguna con la naturaleza del hombre, pertenecen a órdenes distintos y tienen propiedades distintas. Sostener que el humanismo anhela que el hombre sea “humano” en vez de “no humano” no es del todo correcto. En última instancia puede significar que el hombre viva la vida que se merece por su condición humana, en vez de vivir como un insecto, un vegetal o un ripio. Ninguno de estos tres casos, comparten rasgo alguno con el hombre. Y aunque el hombre degrade sus condiciones de vida, jamás podrá llegar al estado de los ejemplos mencionados.  

 

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Pero si el humanismo busca que el hombre sea “humano” en vez de “inhumano”, “inhumano” tiene un sentido totalmente diferente al sentido descripto en el párrafo anterior. El prefijo “in” tiene el significado de negación, privación, carencia. Pero también invierte el sentido del término del que antecede. De esta manera, lo inhumano es la inversión de lo humano, lo humano en sentido contrario. Lo inhumano es como un negativo de lo humano, al igual que una placa de rayos X o el negativo de una cinta cinematográfica. ¿Lo inhumano es humano? La respuesta es sí. ¿Lo inhumano es lo contrario del humanismo? La respuesta también es sí. Lo inhumano no pertenece al humanismo, no alberga ninguno de sus valores ni de sus fines. Lo inhumano no desaparece sólo por acción del humanismo. Pero sí ganaría más espacio si el humanismo decayese. No hay garantías de que el humanismo perdure. Si el humanismo -como ya se intuye- va camino a su declinar entonces su contrario -lo inhumano- estaría en condiciones de instalarse en toda su extensión. Deberíamos preguntarnos si esto no sería el preanuncio de una transformación del hombre que requerirá de actitudes más agresivas para actuar en un mundo más turbulento.

Si como interpretamos nosotros lo inhumano es lo humano invertido, entonces lo inhumano no considera a los saberes eminentes y a las virtudes excelsas del humanismo como un bien sino como un mal. Lo inhumano no fomenta el apaciguamiento en la vida sino la ferocidad, la furia y el ensañamiento. Heidegger dice lo siguiente: “Con lo salvo aparece el mal en el claro del ser. Su esencia no consiste en lo malvado de los actos humanos, sino en la pura maldad de la ferocidad. Pero ambos, lo salvo y lo feroz, solo pueden estar presentes en el ser en la medida en que el propio ser es la causa de litigio”. Y más adelante sigue diciendo: “Sólo el ser le concede a lo salvo alcanzar la gracia y a la ferocidad el impulso hacia el mal”. Más allá de las muchas interpretaciones a que puede dar lugar estas dos citas, nos vamos a detener en la atribución de “pura maldad” que Heidegger le endilga a la ferocidad, o en una traducción más literal, a la furia. A nuestros propósitos tanto la ferocidad como la furia resultan lo mismo. En primer lugar, tanto la ferocidad como la furia son dos condiciones de lo inhumano. En segundo término, la ferocidad y la furia son dos impulsos que conducen a la maldad pura, al mal puro. La maldad de la que aquí se trata no es una cualidad de los actos humanos, no pertenece al campo de las acciones subjetivas, sino parece ser una maldad “ontológica”.

La maldad revelada

Podemos interpretar que la maldad y la ferocidad son ontológicamente lo mismo, que la ferocidad y la furia son lo inhumano en cuanto “ser”. Y si lo inhumano es la inversión de lo humano, es también la inversión de lo humano como “ser”, que no significa su negación. Lo feroz en por esencia malvado. Y lo feroz pertenece a la animalidad del hombre. Lo llamativo de lo que sostiene Heidegger es que el mal aparece en el claro del ser juntamente con lo que salva. Que se dé en el claro del ser explica que sólo en la correspondencia con el ser el hombre encuentra su respuesta a su ser como (ente) animal racional. Lo que refuerza la posición heideggeriana de que el hombre “es” hombre en la apertura al ser. Podemos decir que la animalidad del hombre se coloca en el horizonte del ser gracias a dicha apertura. Pero lo que la apertura revela como perteneciente ontológicamente al hombre es la ferocidad como maldad. Esta ferocidad malvada nada tiene que ver con la subjetividad. La subjetividad ninguna respuesta puede dar al respecto.

La esencia del hombre es -para Heidegger- más que la de un ser vivo dotado de razón. No es falsa pero sí insuficiente o como dice Heidegger “condicionada por la metafísica”. Entonces ¿cuál es la esencia del hombre en toda su magnitud? La esencia del hombre es ex-sistencia, morar ex-tático en la proximidad del ser, así la define Heidegger. Otro modo de decir -que es muy conocido- ex-sistir es la guarda del ser, el cuidado del ser.  De esta forma estará más allá del humanismo y no quedará cautivo de la especulación metafísica y su método. El hombre como ex-sistente responde a la llamada del ser, a pensar la verdad del ser y a cuidar de dicha verdad. Es el ser que convoca al hombre, el que debe estar atento a su llamada, a andar con cuidado para que la verdad del ser tenga lugar. Esta verdad tiene que llegar a lenguaje para que así el pensar alcance el lenguaje del ser. Esto le resulta a Heidegger más digno para el hombre que las premisas del humanismo conocido o las proposiciones del biologismo, el psicologismo y el logicismo. Si se produce esa suerte de “giro” en la historia del hombre, puede ser que la palabra “humanismo” redefina un nuevo sentido, más elevado. Si Heidegger parece conceder la posibilidad de que el término tenga un nuevo sentido, lo sería esta vez según la idea que Heidegger tiene acerca del destino del hombre: humanismo sería ex-sistencia. De este modo, en la vecindad del ser (que es de lo que se trata en definitiva la “esencia” de la ex-sistencia) el hombre podría tener alguna garantía de no hundirse en lo inhumano.

 

* Egresado de Derecho. Filósofo. Docente. Investigador académico. Ha publicado en la sección “Clases magistrales” de la revista Noticias.