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POLITICA / se cumplen 35 años
lunes 10 diciembre, 2018

De Alfonsín a Macri: cuáles son las deudas de la democracia

Tres décadas y media atrás Raúl Alfonsín llegaba al poder con una promesa: "con la democracia se come, se cura y se educa". Cómo evolucionaron estas variables a través de los años.

por Mariana Sarramea

35 años de democracia. Foto: Cedoc
lunes 10 diciembre, 2018

Hace 35 años y en medio de la euforia por el retorno a las urnas, Raúl Alfonsín asumía el poder con una promesa: "con la democracia se come, se cura, y se educa". Tres décadas y media después, se podría afirma que la democracia argentina está lejos de cumplir con esa máxima. En primer lugar, porque hubo un deterioro relativo y absoluto de las tres problemáticas. En segundo lugar, porque los avances y retrocesos en términos de seguridad alimentaria, salud y educación más que atado a las bondades del sistema político siguieron el ritmo de los continuos vaivenes económicos del país. Visto de este modo, es probable que el expresidente le haya pedido a la democracia más de lo que podía brindarnos.

"Las políticas sociales de la democracia no parecen estar a la altura de las demandas de la sociedad, pero no tanto por las fallas en esas políticas, sino por las fallas en materia económica, financiera, inflacionaria y laboral", asegura Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA. Siguiendo ese razonamiento describe que "hay que entender que los problemas de alimentación, salud y educación no solo involucran la prestación de asistencia estatal. Gran parte de la capacidad de la sociedad para resolver estos problemas depende de su desarrollo económico-productivo y laboral".

¿Cómo se evidencia esto en cifras? De acuerdo a datos de la consultora Orlando Ferreres, en 1980 la pobreza alcanzaba al 8% de la población. La cifra ascendió a 15% a mediados de los años ochenta y tuvo un pico de 40% a comienzos de los noventa con la hiperinflación. A partir de 1995, y hasta el día de hoy, se mantiene por encima de los 25% con un máximo histórico de 55% en 2002, tras la crisis del 2001. Para el 2018 se espera que cierre por encima del 30%, lo que indica que en estos 35 años, la pobreza en Argentina prácticamente se cuadruplicó.

Una democracia desde las ideas

Respecto a la desocupación, cuando Alfonsín llegó al poder la tasa alcanzaba el 3,9%. Durante la presidencia de Carlos Menem llegó por primera vez a los dos dígitos con un pico de 18,6% a comienzos del 95, según cifras del Indec. El máximo histórico se registró en 2002, cuando alcanzó el 21,5%. De ahí comenzaron a bajar: desde 2007 se ubicó en torno al 7%, y ascendió al 9,1% durante la crisis del 2009. Este año, volvió a ubicarse muy cerca de los dos dígitos, en 9,6%.

"Hay mínimos de seguridades que se garantizan a través de las políticas públicas y que el Estado fue mejorando con muy buenos resultados a través de los años. Sin embargo, no han habido condiciones económicas y sociales capaces de apropiarse de esas mejoras e incluso superar desde la propia dinámica social sus efectos positivos", afirma Salvia en referencia a las políticas sanitarias, educativas y asistenciales como la Asignación Universal por Hijo (AUH) y las pensiones no contributivas. Según explica el investigador, estas transferencias condicionadas permiten a los hogares más vulnerables tener un mínimo de ingresos que los aleja de la indigencia, pero no les permite salir de la pobreza.

En cuanto a las políticas de salud, se puede decir que legalmente el 100% de la población tiene algún sistema de protección dado que los servicios que brinda el sector público son de acceso total e irrestricto. Sin embargo, en este punto la deuda tiene que ver con la accesibilidad y la calidad de los servicios. En este aspecto, las diferencias regionales y de clase social son notables. En esa línea, Aldo Neri, médico y exministro de Salud durante el gobierno de Alfonsín, señala que “si bien en estos años ha progresado mucho la medicina, incluso la medicina argentina, el problema de la accesibilidad no mejoró. Siguen vigentes las barreras administrativas económicas o geográficas que tiene la población, más allá de que legalmente haya un acceso universal al servicio de salud pública”.

El país está dividido en tres sistemas de cobertura: el prepago o privado (25%), el social o gremial (40%) y el público, que atiende a más de un tercio de la población (35%). Al ser un sistema descentralizado, la calidad de las prestaciones varía de acuerdo a las provincias, lo que aumenta la vulnerabilidad de las poblaciones más pobres. Según cifras del Ministerio de Salud, mientras que en la Ciudad de Buenos Aires hay 7,3 camas en hospitales cada 1000 habitantes, en la provincia de Misiones, por ejemplo, esa cifra desciende a 1,1.

“La Nación ha perdido gobernanza en salud. Las provincias y los municipios son responsables de su territorio. El sector está muy fragmentado y hoy en día no existe una política global para todo el sistema. Hay una diáspora de poderes”, explica el médico sanitarista.

Una encuesta de "Salud percibida" realizada por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, arroja otro dato alarmante. Cerca del 15% de la población padece alguna enfermedad grave o crónica y se encuentra con mal estado de salud. Sin embargo, el porcentaje se dispara al 28% en los sectores más pobres, y baja a un 5% en sectores medios, lo que deja en evidencia la profunda desigualdad social en la salud argentina.

El gran problema, sostiene Aldo Neri, es que la salud “no es una preocupación ni del ciudadano, ni de la dirigencia política”. Incluso advierte que en las encuestas tanto la salud como la educación no figuran dentro de las principales preocupaciones de la ciudadanía. “Lo indispensable es un proyecto político global. Desde hace varias décadas Argentina tiene una mentalidad cortoplacista y Salud y Educación tardan en mostrar resultados”, afirma.

En el ámbito educativo quizás sea donde los avances se hacen más evidentes. A pesar de la poca continuidad de las políticas del sector, en estos 35 años se experimentó una progresiva mejora en los indicadores de acceso y escolarización. En cuanto a la educación primaria, Argentina es uno de los países de América Latina que alcanzó mayor escolarización más rápido. Para 1997, por ejemplo, en el nivel preprimario la escolaridad creció hasta la incorporación total de los chicos en la edad correspondiente. En tanto que para el año 2000, el índice de analfabetismo marcó un 1%, lo que puede considerarse un error estadístico, según cifras del Ministerio de Educación.

"En ese sentido se avanzó mucho. Más que nada por decantación y por el funcionamiento del sistema que tiene una cierta autonomía, casi todos los habitantes de la Argentina hicieron la escuela primaria. Eso es automático, más allá de los gobiernos", explica Adriana Puiggrós, pedagoga y doctora en Educación.

Momento crítico de la enseñanza pública

En este marco, el principal desafío se presenta en la educación secundaria donde a pesar de haber pasado de una tasa de escolarización de 62,8% en el año 1980 a una del 87,2% en el 2010, las trayectorias siguen siendo disímiles dependiendo de la clase social.

En 2006 se sancionó la Ley Nacional de Educación que declaró la obligatoriedad de la educación secundaria. De acuerdo a cifras del Ministerio de Educación, ese mismo año el 40% de los chicos que iban al secundario eran la primera generación en ese nivel. Sin embargo, esas mismas cifras demuestran que de 100 chicos que entran a primer año de la secundaria, solo la mitad llega a quinto. Y de esos 50, solo 27 termina con la edad correspondiente. El resto, repite. En tanto, en la población de entre 18 a 24 años, solo 5 de cada 10 personas de los sectores más pobres terminaron los estudios secundarios, mientras que en el sector más rico, el número asciende a 8 de cada 10.

"Es realmente necesario que se entienda el problema que hoy existe en la secundaria y cómo eso después repercute en el desarrollo social y económico de nuestro país", explica Alejandra Cardini, directora de Cippec y especialista en Educación al tiempo que propone que el principal desafío consiste en crear políticas que tiendan a lograr que estos chicos completen su escolarización de forma completa.

Por su parte, Puiggrós alerta sobre las consecuencias de la crisis económica actual en las escuelas. "Ya se empezó a ver deserción de los chicos en las escuelas. Sobre todo por causas económicas. Gran parte de las escuelas de la provincia de Buenos Aires, el conurbano bonaerense y muchas provincias han tenido que agrandar espacios para comedores escolares", describe.

"El sistema educativo siempre sigue funcionando y se va deteriorando muy de a poquito. No se ve. En educación vos empezás a sacar la plata, el financiamiento, le pagás menos a los docentes y no lo vas a ver inmediatamente, pero a largo plazo va a ser muy doloroso para nuestro país", agrega en este sentido Cardini.

Con una desigualdad creciente que comenzó en la década del 70 y terminó de afianzarse ya entrado el siglo XXI, de forma paulatina, Argentina fue aumentando su brecha de ingresos para ubicarse en valores más similares a los de Brasil, Chile y Paraguay, que fueron históricamente las economías más desiguales de la región. Si bien el proceso se cristalizó en democracia, la erosión del tejido social poco tiene que ver con el sistema de gobierno sino que está más ligada a la imposibilidad de generar políticas públicas a largo plazo y a la fragilidad económica.

"El agravamiento de las condiciones de vida, entra en contradicción con lo que ha sido una mejora en las políticas", reflexiona Salvia, pero agrega: "Si bien parece paradójicamente una contradicción, detrás de esa paradoja lo que está es la ausencia de un modelo económico, social y laboral capaz de generar empleo para millones de personas que hoy por hoy vive en el sector informal de los programa sociales o con changas o actividades de muy baja productividad".

Quizás Winston Churchill no haya estado muy errado cuando afirmó: "La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás".


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