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POLITICA / Sindicalismo
jueves 18 octubre, 2018

Las malditas corporaciones

El exceso de corporativismo se da en todas partes, pero Argentina, en particular, es un país atravesado por él.

por Eduardo Reina

Pablo y Hugo Moyano Foto: Web
jueves 18 octubre, 2018

‚ÄúLa gente del mismo oficio rara vez se re√ļne, incluso para festejar o divertirse, sin que la conversaci√≥n termine en una conspiraci√≥n contra el p√ļblico‚ÄĚ. Esto lo escrib√≠a, hace m√°s de doscientos a√Īos, Adam Smith, uno de los grandes te√≥ricos del liberalismo. Este era, para el autor, uno de los principales obst√°culos a la libre competencia.

Si las corporaciones son necesarias, porque permiten que grupos de personas o de empresas funcionen como una sola entidad jurídica, el problema ocurre cuando crecen a tal punto que ya no hay quienes compitan contra ellas; es decir, cuando se forma un monopolio. Otra posibilidad igualmente negativa, como marcaba Smith, es que esos mismos grupos, sin ser una entidad legal, conspiren para crear un monopolio informal, o sea un cartel.

Esta realidad tambi√©n se da, evidentemente, en pol√≠tica. En el fondo, es uno de los grandes bugs (errores de dise√Īo) de la democracia. El sistema deber√≠a garantizar la representaci√≥n de todos, pero el poder de los grandes n√ļmeros permite que grupos bien organizados impongan su voluntad, o conspiren para beneficiarse a costa del resto de la ciudadan√≠a.

El exceso de corporativismo se da en todas partes, pero Argentina, en particular, es un pa√≠s atravesado por √©l. Todo funciona seg√ļn la misma l√≥gica. Desde los grandes supermercadistas que deciden, a puertas cerradas, el aumento de precios, hasta los gremios capaces de paralizar parte del pa√≠s por el problema de un solo afiliado. Pasando por un periodismo que maneja la informaci√≥n y la agenda p√ļblica en forma monop√≥lica, y por la corporaci√≥n judicial, tan en boca de todos en estos momentos.

Esos mismos grupos que nacieron con un buen propósito terminan convirtiéndose en sectores de poder

En un país tan habituado a los excesos del poder, la creación de frentes comunes es casi un imperativo para poder defenderse y sobrevivir. El problema es que esos mismos grupos que nacieron con un buen propósito terminan convirtiéndose en sectores de poder.

Pongamos un ejemplo. Si un m√©dico es acusado de mala praxis est√° bien que el conjunto de la profesi√≥n lo apoye y le brinde los medios para defenderse legalmente, con el objetivo de determinar si es responsable o no de lo que se lo acusa. Pero si toda la comunidad m√©dica defiende a un corrupto que se adue√Ī√≥ de los fondos de un hospital, y ah√≠ amenaza con hacer un paro nacional a menos que se lo exima de los cargos, ese corporativismo ya no es bueno. Esta defensa a ultranza puede terminar en que una persona corrupta sea defendida por m√©dicos honestos, inocentemente y por esp√≠ritu de cuerpo .

La realidad del sindicalismo puede no estar muy lejos de este escenario. El gremio de los Camioneros, por ejemplo, est√° pronto a defender a su dirigencia incluso cuando se trata de problemas no relacionados con el sindicato en s√≠. Ante la posible detenci√≥n de Pablo Moyano, relacionada con su gesti√≥n en el Club Independiente, su padre, Hugo, amenaz√≥: ‚ÄúSi atacan a mi familia, yo tambi√©n los voy a atacar a ellos‚ÄĚ. Le falt√≥ decir que lo har√° por medios judiciales, y no mediante un paro de camioneros, lo que ya ser√≠a mezclar algo en el orden de lo privado con el sindicalismo.

Hugo Yasky: "Si detienen a Pablo Moyano nos vamos a movilizar en la calle"

Antes de defender la inocencia de su hijo, Moyano recurre a la amenaza. El mensaje, en √ļltima instancia, es que √©l y su familia pueden hacer lamentablemente lo que quieran, dado que cuentan con el respaldo de uno de los gremios m√°s poderosos que paralizarian el pa√≠s. Ahora, si sos un simple ciudadano y no te banca nadie, est√°s a la buena de Dios. No hay que olvidarse de que la gente recoge estos mensajes impl√≠citos y act√ļa en consecuencia; ah√≠, muchas veces, est√° la explicaci√≥n de que se vote de una determinada manera.

Este caso es solo una muestra de los extremos a los que puede llegar un corporativismo sin control. Desde el punto de vista de los trabajadores, tampoco hay otra opción más que seguir al sindicato, por lealtad o porque no quieren perder su apoyo (porque, en definitiva, nadie respeta al salario espontáneamente desde el lado del gobierno ni de los empresarios ). Para el Estado, el costo de ir contra estos grupos puede resultar tan alto que en general prefieren no hacerlo.

En este camino, en lugar de buscarse el contexto entre diferentes grupos, el país queda convertido en un polvorín, en un enfrentamiento entre facciones que tironean a la sociedad -y a veces a sus propios miembros- para salvarse ellos, sin importar si perjudican a todos los demás.


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