Se viven momentos de tensión en la Quinta de Olivos. Hace dos semanas, Florencia Kirchner rompió un televisor LCD de su cuarto. Tiene la pantalla partida de lado a lado y los empleados de la residencia oficial tuvieron que conseguir uno nuevo e instalárselo de urgencia para que la hija presidencial no se quedara sin tevé.
Su madre, Cristina Fernández, también vive días de agitación. El 8N la puso contra las cuerdas. Ese día, mientras se movilizaban casi 30.000 personas en la puerta de la Quinta de Olivos, la Presidenta intentó mostrarse indiferente. Por la tarde, se reunió con intendentes, ministros, gobernadores y funcionarios chilenos en Jefatura de Gabinete, el área residencial reservada para las reuniones de trabajo, y hasta se sacó una foto con la hija del presidente venezolano Hugo Chávez.
En la imagen también posaban su hermana Giselle, su hijo Máximo, su nuera María Rocío García y los diputados camporistas Eduardo “Wado” De Pedro y Andrés “Cuervo” Larroque. En ese instante, las cacerolas empezaban a sonar cada vez más fuerte sobre la Avenida Maipú.
Por la noche, comió en familia dentro de la residencia oficial y siguió de cerca las imágenes de las protestas. El menú fue light: carnes blancas y verduras. Y aunque intentó mostrarse desinteresada por la movilización, la orden de reforzar la seguridad de la Quinta estaba dada: una guardia extra de granaderos selló todas las puertas de entrada.
Desde el comedor de la casa principal se escuchaban los ruidos de las cacerolas. Los empleados del hogar presidencial que tuvieron que atenderla la notaron más alterada que nunca.