El 22 de enero de 1901, el tiempo pareció detenerse en la Isla de Wight. En la residencia de Osborne House, rodeada por el aroma del mar Solent y el silencio sepulcral de sus descendientes, la Reina Victoria exhalaba su último suspiro a los 81 años. La monarca que gobernó más de seis décadas sobre un cuarto del mundo moría, marcando no solo el fin de su reinado, sino el ocaso de un siglo que transformó la industria, la moral y la geopolítica global. Aunque los médicos habían advertido sobre su estado—con microinfartos cerebrales y complicaciones de la edad—, el impacto emocional en Gran Bretaña fue inmenso. Victoria no era solo la cabeza del Estado, era el hilo conductor entre un pasado agrario y un imperio industrial mecanizado.

El ocaso en Osborne y el protocolo del duelo imperial
Los últimos días de Victoria estuvieron cargados de solemnidad y ritual. Según los registros de la época, fue asistida por su médico personal, Sir James Reid, y acompañada por su hijo mayor, el futuro Eduardo VII, y su nieto, el Káiser Guillermo II de Alemania. La presencia de estos familiares anticipaba la compleja política europea que desembocaría en la Primera Guerra Mundial. Su muerte activó un protocolo de luto sin precedentes: desde Delhi hasta Melbourne, las ciudades del Imperio se cubrieron de crespones negros.
Victoria había pedido que su funeral fuera una "procesión de soldado", rompiendo con la tradición del negro absoluto. Su féretro se trasladó tanto por mar como por tierra, en un recorrido que mostraba su estatus como Comandante en Jefe del Ejército Británico. Este estilo marcó un precedente en los funerales de Estado, combinando pompa militar y solemnidad pública para reafirmar la estabilidad del sistema monárquico frente a las tensiones.
Sombras del pasado y la soledad de una vida dedicada al deber
Para entender la magnitud de su partida, es necesario recordar la muerte de su esposo, el Príncipe Alberto, en 1861. La reina entró en un duelo que duró cuarenta años, vistiendo siempre de negro y limitando su participación en eventos públicos, hecho que reforzó la moral victoriana y su influencia cultural en Inglaterra y el Imperio. Victoria falleció dejando instrucciones precisas para que en su ataúd se colocaran objetos personales de Alberto y de su confidente escocés, John Brown, revelando la dimensión humana y vulnerable detrás del mito.
Su entierro, celebrado el 4 de febrero de 1901 en el Mausoleo de Frogmore, junto a Alberto, cerró un ciclo de melancolía que había marcado la política exterior y la vida de la corte durante la segunda mitad del siglo XIX. El impacto cultural de su muerte se comparó décadas después con el de su tataranieta, Isabel II, mostrando cómo estas figuras femeninas se convierten en anclas de identidad nacional en momentos de transición.
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Con Victoria se enterraba un mundo de certezas victorianas: la industrialización plena, la expansión imperial y la moral rígida de una era que comenzaba a ceder ante la modernidad fragmentada, acelerada y más imprevisible del siglo XX. Su legado político y personal continuó influyendo en el Reino Unido y en el mundo, recordando que una vida dedicada al deber puede sostener un imperio, pero nunca detener la marcha del tiempo.